septiembre 29, 2009

MENSAJE A ROGELIO GIL

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Llegué a Mitón el 15 de enero de 1949 y me hospedé en casa del educador Pablo Luis Zárate, quien era el Director de la Escuela, personaje popular e idóneo que disfrutaba de hacer pregón de su color bastante oscuro. Mis primeros amigos fueron Modesto Román, hombre recio, con un valor a toda prueba; don Andrés González y toda su familia; la señora Leonor Román, viuda de Valera, con sus hijas Aminda y Carmen y sus hijos José Miguel? y Heber Valera Román; allí hacía las tres comidas diarias al igual que otros comensales; Rafael Calderón, el viejo, su esposa y sus hijos Rafael, Pedro Régulo, Etelvina y la menor, Aída? Por cierto que Etelvina quiso enseñarme a bailar sin haber podido lograr su objetivo, pues que no fui favorecido con buen oído musical. Mis inclinaciones de romántico campesino fijaron la mirada en la joven María del Rosario Arráiz, lo que me causó serios problemas con la dueña, ama o protectora de la niña, ya que movió los resortes de sus amistades para sacarme del cargo de maestro de la Escuela Federal Graduada “Roberto Gabaldón Irragory”, lo cual no logró sino más bien la sustituí, en su otro cargo de enfermera del dispensario del pueblo, pues era, además, dinámica educadora, bella y gentil. Yo sabía poner inyecciones, suturar heridas y los elementales mecanismos del caso, tal como aplicar vacunas, así como usar algunos medicamentos calmantes, pues el médico despachaba en Chejendé y acudía a Mitón cada quince o veintiún días.

El Director de plantel, Pablo Luís Zárate, me llamó una mañana, muy preocupado porque alguien había llevado al pueblo un periódico de Valera denominado Crisol, correspondiente al mes de enero de 1948 y allí aparecía mi nombre en una noticia desde Boconó en la cual me felicitaban por mi actividad comunitaria y como integrante de la juventud comunista. No podía negar lo escrito en esa columna de dicho semanario y no atiné a darle al colega Zárate una satisfacción al respecto. En la noche llegué de visitante a casa de don Andrés González, el Jefe Civil, con quién había hecho amistad a primera vista porque se me parecía mucho a don Rafael Antonio Pérez, un médico sin título que de Pampán iba a Santa Ana a ver enfermos y a curarlos; me alarmé cuando me llamó hacia un ventilado corredor detrás de la sala y me dijo “¿Qué le parece? quieren maestro Castellanos sacarlo del pueblo; muchachas hay muchas y es mejor que deje de andar mirando a la niña María Rosario, pues la comadre Cantalicia es muy delicada”.

Traté de hacerle a don Andrés algunas consideraciones sobre el asunto para mí no tenía importancia, pues había tantas muchachas agradables en que el pueblo, pero no concreté nada porque me tenía muy conturbado lo que me había planteado el Director Zárate y comencé a contarle al señor Jefe Civil, quien me cortó al instante para decirme que ya le habían mostrado el periódico Crisol y que él tenía una solución salomónica, que me inscribiera en Copei y así se acabaría el rumor en cuanto a que iban a pedir mi destitución. De su casa salí con carnet verde.

Al Director y amigo Zárate no pude dejar de narrarle lo acontecido; fue a la hora del recreo del siguiente día: “Uy – me dijo – eso está peor que lo otro, qué irá a pensar Cantalicia”. No hablamos más ni de uno ni de otro caso. Las clases, la diversión y mis poemas fueron el gran sedante.

Al poco tiempo se ampliaron mis contactos y formé un equipo de beisbol del cual hacíamos dos bandos y jugábamos, incómodamente en la plaza, pues el declive era muy acentuado hacia la parte de la casa del señor José Trinidad Semprún, pero de allí salimos a un terreno atrás de la escuela, pero a la derecha del camino que conduce del pueblo para La Montaña, La Loma, Bolivia, Las Virtudes y Santa Ana; allí practicábamos y jugábamos los domingos, pero don Andrés González dejó de ser Jefe Civil y lo sustituyó don Enrique Gásperi, quién prohibió el juego de béisbol en ese sitio y me hizo llamar “a su despacho” para amenazarme si continuaba con esas prácticas.

Recuerdo que vinieron a acompañarme a la citación los alumnos Omar y Adolfo Vergara, Esteban Palma, y Humberto que vivía entre El Peonío y La Joya y del cual, no se porqué, olvidé su apellido a pesar de ser compañero de excursiones por el campo. He de decir, que estos muchachos y algunas de las damas alumnas, eran para mí algo así como condiscípulos más que alumnos y alumnas, pues cuando llegué al pueblo, tenía de edad 17 años, 5 meses y 8 días. Qué odisea, fue aquella que libré con el admirado profesor Antonio Cortés Pérez, Supervisor Escolar del Estado Trujillo, para que me nombrara, pese a que desde 1946 yo era maestro alfabetizador y luego maestro de aula en el Centro de Alfabetización “Félix Berbecí Pérez” en Boconó. Ya tendré oportunidad de relatar los acontecimientos, pues el joven bachiller que venía del Colegio Federal de Boconó era, además de menor de edad, un participante político extremista que había recibido adoctrinamiento casi familiar de los médicos Humberto González Albano, en Santa Ana, y Héctor Anzola Espinoza en Boconó, así como del ex trabajador petrolero Patricio Valero.

Me he extendido en un preámbulo de evocación después de haber leído las apreciaciones de Aída Vergara, Jesús Valera, Gledys Infante, Alejandro Gil y especialmente Omar Vergara, de cuyo humilde hogar y de su familia tengo vivo el espíritu comunal y el pocillo de peltre para el café, en la cocina, y de la sonrisa pícara y maliciosa de Adolfo, su hermano, que juntos ellos dos, mi hermano Pedro, quien fue a visitarme al pueblo y el suscrito, con otros más bajamos un domingo a un sancochito por allá más hacia el sur de La Callecita, lugar donde estaban las casas de los Perdomo y de los Patiarroy y muy cerca de la del catire Blas Infante. Cómo recuerdo aquellos palos de miche, que para todos creo que eran los primeros y el desarrollo de una borrachera que nos afectó el ágape porque mi hermano sacó a relucir un cuchillito, que no era nada extraño en mi tierra natal y nos costó mucho neutralizarlo, a pesar de la garra muscular de Omar. No digo nada, por ahora, de mi compañero entrañable Pedro Régulo Calderón porque ya tendré oportunidad de hacer, una crónica sobre él, su familia, sus aventuras y su partida de Mitón sin despedida alguna y sin causas aparentes.

Cómo recuerdo también a Carmen Cáceres, su tío Luis, su mamá y sus tías; de ella supe que se desempeñaba como enfermera en el pueblo de La Cejita a donde acudí por allá por el año 1994 a visitarla, pero sin suerte de dar con su persona. Qué grato sería que para el 15 de enero del 2009 pudiéramos hacer una tenida cívico cultural en Mitón, con ciertos visos de retorno. Yo aprovecharía para conmemorar los sesenta años de mi iniciación como docente de escuela graduada, poeta, investigador de la historia, novelista y HOMBRE, que es la única gran profesión que no nos la brinda la universidad. Seguiré evocando al calor del recuerdo de aquella Escuela Federal Graduada “Roberto Gabaldón Iragorry”, personaje del cual hablé en 1961 en Asunción del Paraguay, en un homenaje a su hijo, el embajador y doctor en medicina Francisco Gabaldón Mazzarri, quien terminaba su misión y a quien sustituí, interinamente, por dos años, del 15 de enero de 1960 al 15 de enero de 1962, cuando fui destituido por ya no tener el respaldo oficial del doctor Ignacio Luís Arcaya, quien en gesto notable había renunciado al cargo de Ministro de Relaciones Exteriores.

Se agolpan de pronto los recuerdos, como si se despertaran al compás de la meditación, mientras reflexiono sobre el ámbito de la geografía espiritual que lo mismo exalta los valores humanos o la luz mañanera, o los árboles, los sitios o la alfombra de hojarasca de las haciendas de café ¿Qué habrá sido de aquellos sembradíos entre árboles inmensos en la finca del señor Trompetero en la vía hacia Chejendé, por allí por San Felipe, si no me equivoco? y aquellos cafetales hacia La Montañita, donde vivía y laboraba mi grande amigo Melquíades? Perdomo, de los Perdomo de La Callecita, donde Medardo Perdomo, tenía una pulpería y el viejo Facio Patiarroy también y éste con su casa de habitación en la parte lateral, como también estaba en la otra orilla del camino, de frente, un poquito más hacia el sur, la casa de habitación, de afecto y de cariño imborrable de Francisco Perdomo, de quien tengo que decir que me muerde mi ingratitud hacia él y pido perdón, pues en 1972 siendo yo Cónsul General de Venezuela, pasó por Bogotá su hijo Pedro y no acerté a atenderlo ni siquiera en un apéndice de la cordialidad y de toda aquella bondad con que me trató su padre, a quién le quedé muy mal, pues que en agosto de 1950 me hizo un prestamito para mi despedida y el avío y para pagarle a Horacito Gil que le debía el valor de algunos coroticos. Le quedé mal a Francisco, tan mal que estando yo en Trujillo en 1953 en ejerciciodocente, ya casado, con dos niñas y las necesidades muy prósperas, fue muchas veces a mi hogar el simpático y amable Blás Infante con tanta decencia siempre y simplemente me preguntaba que si tenía algo para Francisco y siempre se iba con las manos vacías.

El negocio de Horacito Gil – debería haber otro Horacio para que usáramos el diminutivo - y la gallera quedaban al frente de la casa de dos plantas en que vivía esa dulce, amorosa, tierna y sufrida, Betsabé Briceño, la niña Betsabé, que debería tener entonces algo así como setenta años y en donde como yo, era huésped también un magnífico señor de nombre Alfonzo Pichardo, ya casi octogenario entonces; casa de recepciones familiares la de ella cuando para las fiestas patronales de marzo y de agosto venían de los campos petroleros zulianos la familia de don Blás Román y de Barquisimeto la de don Maximiliano Briceño, cuyas esposas eran hermanas de la dueña de la casa, así como eran también hermanas la señora de Gelvis, en El Peonío, madre de Mercedes y Ángel Custodio y doña Sara Briceño de Gásperi, y hermano de ellas el secretario de la Jefatura Civil, Antonio Briceño, de quién contaré en otra oportunidad cuánto nos unía y qué nos alejó en 1958.

A este hogar de la niña Betsabé acudía mucha gente en las tardes o los domingos; recuerdo las dos muchachitas de Manuel Amaya, una Elba y la otra Consuelo; las niñas del señor Aguiar y en especial la mayor Vianney y si no me equivoco otra de nombre Dinaura; el señor Víctor Valera y su montón de hermosas y bellas hijas y entre ellas la catira Zoila y la morena Georgina; pero en toda la esquina era asiduo penitente Ramón ¿Bravo?, hijo de don Andrés González, quién desde allí vigilaba activo e inquieto el hogar del albañil y maestro de obras Miguel Zambrano, padre de la dinámica y ferviente educadora que regentaba la escuela de La Loma, Sacramento Zambrano y de la cual estaba prendado el joven amigo.

Los chismes sobre mis inquietudes bolcheviques y referente a la joven María del Rosario, la cual nunca estuvo cerca de mí, pues la veía apenas cuando salía a la huerta familiar, llegaron a la Supervisión Escolar, en Trujillo, a donde fui llamado, lo cual me preocupó mucho, casi que me desesperó; bien recuerdo que Félix Carrillo, el versado conductor del autubucito que cubría la ruta Mitón-Valera, notó mi inquietud y en la parada para el cafecito mañanero en Las Rancherías, más allá del Chejendé, desde donde comienza el descenso hacia la llanura de Monay, me dijo que qué me pasaba y le conté que yo no quería irme de Mitón, pero sospechaba que me iban a quitar el cargo, “Encomiéndate a Dios y a la Vírgen, y todo te saldrá bien” me expresó. Así fue que cuando el profesor Cortéz Pérez me reprendió por mis acciones políticas comunistoides, me acordé de don Andrés González, el Jefe Civil, y saqué el carnet que me acreditaba como inscrito en Copei, se lo pasé al gran educador, quién lo miró apenas y me preguntó luego que si era verdad que yo “ejercía de chamarrero” y le expresé que lo que hacía era colocar inyecciones a quien me necesitara y le expliqué, además, que era enfermero porque a enfermero también había aprendido con Efigenio Castellanos, mi padre. Me citó para después del medio día y no tuve oportunidad de decirle que el autubucito que manejaba Félix pasaba por La Concepción de Pampanito a las cuatro de la tarde, cuando iba de regreso a Mitón.

La espera fue una gratísima sorpresa: el Supervisor me mandó a la Gobernación, al Despacho del Dr. Parilli, Director de Sanidad y Asistente Social. Este me recibió con gran cordialidad, no me hizo preguntas de ningún género y me indicó que esperara el nombramiento de enfermero en Mitón. ¡Increíble sorpresa! Dos cargos a la vez, pero ello acarreaba un compromiso: llevarle un oficio a la colega Cantalicia Pichardo en el cual se le participaba que había sido reemplazada por mí en sus funciones de enfermería. Sudé frío y me entró una cierta inquietud por misión tan desagradable. A la siguiente mañana emprendí el regreso a Mitón. Me presenté ante la atractiva y bella colega y le hice entrega de la correspondencia. A ella no le preocupó en nada el asunto y me manifestó, con una dulce sonrisa llena de ironía, “muy bien… muy bien, le va a entregar la llave del dispensario el compadre Antonio”, que no era otro que mi amigo el Secretario de la Jefatura.

Ya yo conocía el cuartico que servía de dispensario, situado debajo del Juzgado del Municipio, cuya sala la había transformado en dormitorio el sargento (retirado) del ejército Pedro Bastidas, quien había llegado al pueblo para ejercer de juez, pero resultó ser más belicoso que nadie, con gran valor personal, arriesgado y arbitrario. En el dispensario había poca dotación de medicamentos y en una escapadita que me hice hasta Santa Ana de Trujillo, traje, de la botica de mi imparangonable papá, Quinina para los enfermos de paludismo, Quenopodio para desparasitar muchachitos barrigones y muchachitas barrigonas, Kavitin para las hemorragias, Etilfen para tranquilizar a los angustiados, gasa, algodón, yodo, mercurocromo, e inyectadoras ¡Cuánta generosidad la del boticario Efigenio Castellanos, quién sin tener recursos económicos se llenó de complacencia porque cada día me parecía más a él en su darse por entero a la comunidad.

Cuando dos semanas después correspondió la visita al doctor, quién llegó de Chejendé, no le gustó mi decisión del surtido que tenía en un estante, como creo que no le había gustado mi nombramiento, pues había llegado a la casa de la colega Cantalicia. Me recriminó y me dijo que mi tarea era exclusivamente cumplir con sus indicaciones. Tenía toda la razón y le presenté excusas, pero seguí atendiendo a humildes habitantes que me pedían ayuda y el médico quién lo supo inmediatamente, fue excesivamente tolerante. Recuerdo que en su segunda o tercera actuación en Mitón tuvo trabajo el doctor, pues que enfermó una de las muchas hijas, bellas y lindas, de don Víctor Valera, viejo conversador muy ameno que sabía tantas historias de las gentes de mi pueblo, de Las Virtudes y de Bolivia que siempre tuve la sensación que si no era santanero, sí debían ser paisanos los padres o los abuelos. Bien, para ver a la paciente el doctor me manifestó que debía acompañarlo y así lo hice, más el joven galeno me obligó, con mucha prudencia, a que le llevara el maletín como si le diera pena recorrer la tierrosa calle con su implemento de trabajo a cuestas. Caminamos al lado de don Víctor, pasamos por el monumento a la Santa Cruz de la Joya y llegamos al sitio ¿Casa alta, de zinc los techos y el nombre del lugar El Chorro, El Chorrito, La Aguada?, realmente ahora no lo visualizo en mi geografía espiritual.

Don Víctor era también el padre de Ángel María Valera, con muy buen negocio en casa contigua a la de la niña Betsabé, pero menos comunicativo que su progenitor; seguidamente de su establecimiento estaba la casa de los Gabaldón que ocupaba don Andrés González y su familia y calle por medio la pulpería de un paisano de allá de mi pueblo, Crisóstomo Rodríguez, padre de Pedrito que creo que era blanco, muy blanco, cuya madre, la esposa del aludido pulpero, la señora Oliva, quien no parecía paisana, pero la cual hablaba, de vez en cuando, de los pomarrosales de La Arenita, en Santa Ana de Trujillo. No sé que relación había entre Crisóstomo y las fiestas patronales del 7 y 8 de agosto en homenaje a Santa Filomena, como no sé tampoco cuales eran los vínculos del viejo gigante aterrador- sólo por la estatura, pues era un San Francisco de Asís – llamado José de la Trinidad Semprun con la celebración de las otras fiestas patronales, las del papá del Niño Dios, la del carpintero San José, pero algo nos unía con estos símbolos de las celebraciones cristianas y apostólicas, así como también ese mismo algo los acercaba cuando se dañaba el motor de la energía eléctrica, que alumbraba el pueblo; constituían un equipo comunal para proceder a soluciones adecuadas, peso que no pocas veces, teníamos que pasar muchos días dándonos luz con velas esteáricas.

Al frente del negocio de Ángel María Valera estaba el caserón donde residía el Director de la Escuela, Pablo Luis Zárate, con su familia integrada por la servicial y humilde María y tres niños; aquellos serían bien pronto mi compadre y mi comadre, pues apadriné a Pablo hijo. A un lado vivía otra familia, muy del entorno de la niña Betsabé y donde Mercedes Gelvis Briceño encontró en un viejo baúl un libro pequeñito e inmenso que yo conocía ya, gracias a haberlo ojeado en mi pueblo en los anaqueles de la biblioteca doña Victoria Villegas Pacheco de Sánchez Pacheco, parienta de mi admirable, recia y piadosa Evangelina Villegas de Castellanos, mi madre. Me lo obsequió y creo que lo conservo: Dafni y Cloe, de Longo, novela pastoral de hace mil seiscientos años. Son tantas y tantas las satisfacciones y los recuerdos que escribiré más crónicas al respecto. Gran abrazo, amigo Rogelio Gil, Extensivo hasta tu familia, las mitoneras, los mitoneros y todos y todas aquellas personas que laboren allí o sean transeúntes. Bolivarianamente.
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Rafael Ramón Castellanos
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