noviembre 09, 2009

MIRAR A CARACAS

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1. Trazado urbano:

Vista de lejos, la Caracas de hoy es una ciudad poco agradable, sin sello propio, igual a cualquier otra metrópoli moderna. No tiene, ciertamente, el encanto de las villas coloniales, pues la etapa de prosperidad iniciada con la explotación petrolera de los años cincuenta del pasado siglo, cercenó todo lo que se consideraba anticuado. Los grandes rascacielos desplazaron a los tejados rojos. Enormes moles de concreto, características de un gigantismo constructivo nunca antes visto, arrasaron la mansedumbre de los patios centrales. Se destruyó a diestra y siniestra, para instaurar una urbe supuestamente más a tono con el progreso.

Vista a media distancia, es una ciudad con dos culturas urbanísticas: una aérea y otra subterránea. Ambas dimensiones tienen sus propias reglas, que el forastero aprende a respetar rápidamente. Hay un modo peculiarmente sinuoso de hacer la cola o fila para subir al Metro en los horarios de mayor congestión; los altavoces continuamente avisan al transeúnte despistado para que cuide sus pertenencias; la seguridad toma sus medidas para evitar los hurtos favorecidos por la aglomeración de público; los trenes se suceden con precisión casi cronométrica, y otro mundo palpita en las entrañas de la urbe, para aflorar a intervalos hacia la superficie.

Vista de cerca, la capital venezolana tiene sitios encantadores, pero hay que buscarlos. Si se sale a la luz en la estación de Sabana Grande, por ejemplo, se encuentra el paseante en el boulevard homónimo, a poco caminar, con una estatua del prócer cubano José Martí, inspirada en una conocida fotografía suya, en la que aparece en un balcón de Tampa, pronunciando un discurso(VER ICONOGRAFÍA). El extenso paseo invita a curiosear: está enmarcado por una gran variedad de tiendas con productos de todo tipo; restaurantes que ofertan platos autóctonos, comida internacional, y también especializados en china, italiana, mexicana, peruana, etc.; bancos, oficinas, librerías… Es precisamente una de ellas, la llamada “Pulpería del Libro Venezolano”, un lugar especialísimo. Con toda la apariencia de un laberinto, poblada de una enorme cantidad de anaqueles cargados de libros, cuadros, objetos antiguos de valor artístico, curiosidades, artesanía, y cuanta cosa se pueda imaginar, hace honor a su nombre, pues allí se puede encontrar de todo. El visitante, lector voraz o no, se ve llamado continuamente de un sitio a otro en pos de los títulos de los libros, ya sean novedades, rarezas, o ejemplares de uso. El olor característico, la coexistencia de varios niveles de profundidad en un mismo espacio, el techo alto, la luz difusa, la disposición de los pasillos interiores, que hay que transitar para llegar al autor solicitado, la sensación de extravío al regreso, hacen pensar que nos encontramos atrapados por unos instantes en la Biblioteca de Babel que ideara Jorge Luis Borges.

Si se emerge, digamos, en Chacao, se tiene la impresión de recorrer cualquier ciudad europea, debido al esplendor y altos precios de centros comerciales lujosos como “Sambil”, al tránsito congestionado en extremo, a la profusión de sucursales bancarias y altos edificios administrativos y de apartamentos, a la profusión publicitaria, a las miles de caras, variopintas y apresuradas, de la multitud. Zona cosmopolita por excelencia dentro de una ciudad diversa y raigal al mismo tiempo.
Levantar la mirada significa encontrarse con el Ávila, montaña emblemática de la zona, con sus majestuosos 2 159 m. de altitud. Su vegetación casi selvática, ha sido sometida a trechos por la mano del hombre, que ha construido carreteras, hoteles, centros recreativos, accesibles además a través de un teleférico. Hacia lo alto, y en casi todas las direcciones, la vista topa con los cerros, que de noche parecen racimos de estrellas caídas, y de día dan fe de la marginación y la miseria que se enseñoreó en ellos durante años. Visitarlos hoy permite constatar la elogiable labor de redención social y de mejoramiento de las condiciones de vida de sus habitantes que desarrolla el Gobierno Bolivariano.
Casi junto a la entrada del Metro Capitolio sorprende al visitante un imponente edificio neogótico, de aire dieciochesco, que contrasta con el resto de sus semejantes. Esta hermosa edificación, de líneas esbeltas y elegante verticalidad, fue sede de la primera universidad venezolana.

Explorar el entorno lleva a nuevos hallazgos. Si se camina unas cuadras más, llegaremos a la Casa natal del Libertador, muy de finales del XVIII, con su tejado característico, su galería ceñida de columnas, sus muebles de primorosa marquetería. Allí encontraremos objetos de uso personal de la familia y del propio héroe: la réplica de la espada que le regalara el Perú; sus botas diminutas, gastadas por el uso; su baúl de campaña, entre otros, mudos testigos de su ciclópea empresa emancipadora, enternecedores testimonios humanos. Retratos al óleo de él y de varios de sus allegados, expuestos al público en un ámbito acogedor de gran belleza completan la emotiva atmósfera creada en el lugar.

Para el visitante cubano, el lugar preferido e indispensable es, sin duda, la Plaza Bolívar, en cuyo centro se yergue una imponente estatua del Libertador, que transmite con singular dinamismo la enorme talla humana y heroica del retratado. Para nosotros es lugar de peregrinación, pues se sabe con certeza que a ella llegó el cubano José Martí, una tarde de enero de 1881, con devoción de hijo, a venerar al padre fundador. Se siente la doble deuda con ambos próceres, e inmediatamente se busca el modo de llegar al sitio. Hay magia en el lugar, ciertamente. Se emociona el paseante frente al pedestal, la vista busca respuestas en el bronce, y huellas que ya no retiene el pavimento.

Cuando se le contempla al amanecer, desde alguno de los balcones aledaños, se escucha el piar de las aves que parten desde los “árboles altos y olorosos de la Plaza” a iniciar su día en zonas más propicias. Luego vendrá el despertar de las fuentes, fácilmente audible en esa hora; le siguen los pregones de la avena caliente, el fororo, “—¡su marroncito aquí!”, la empanada o la arepa del desayuno veloz de los madrugadores.

La campana de la Catedral quiebra las voces llamando a misa o marcando las horas; entre el verdor emerge la multitud, cada vez más copiosa y diversa, procedente del Metro Capitolio para asaltar los bulevares a toda prisa. Hay quienes beben café sin perder el paso, a la vez que contestan la llamada telefónica y observan de soslayo a las mujeres, elegantes, airosas, cuidadosamente maquilladas, escudriñando los secretos que ocultan el cabello ladeado, los modales suaves y la mirada huidiza. A quienes sólo ven hacia dentro, buceando en sus propias preocupaciones, se les escapan la belleza de la hora, la esbeltez de los faroles que custodian el boulevard Panteón, el rechinar de la santamaría liberando las fachadas de los comercios. Hay un ritmo de joropo que la premura marca sobre los adoquines, en pos de la avenida Urdaneta, una de las más populosas de la urbe.

2. Entramado humano:

Cruzada la arteria citadina, en la que algún motorizado irrumpe sin respetar las luces del semáforo, se llega a la Casa de Nuestra América “José Martí”, una de las escasas edificaciones del siglo XIX que han sobrevivido hasta hoy. Allí estuvo enclavado otrora el Colegio Santa María, de Agustín Aveledo, en el que el Apóstol de la independencia de Cuba dictara clases de Gramática francesa y de Literatura en 1881. Aunque sólo se ha recuperado la mitad de la edificación, emociona saber que transitamos el mismo espacio que el Maestro. La labor que se lleva a cabo en esta institución honra su empeño por mejorar el futuro de Venezuela y del continente. Allí se exponen obras de arte, se imparten ciclos de conferencias, se hacen presentaciones de libros, se organizan peñas musicales, se conmemoran fechas significativas para la historia de nuestros países, se estudia muy en serio la tradición cultural latinoamericana y se desbroza camino hacia el futuro.

Muchos profesionales de diversas especialidades se han superado en esa institución a través de cursos de Diplomado en pensamiento bolivariano y martiano. Con ello no sólo se aprestan a desempeñar su trabajo con niveles más altos de calidad, están dispuestos a ser mejores ciudadanos y seres humanos, a continuar esforzándose para que su país, con todas las contradicciones de un pueblo decidido a cambiar radicalmente su destino, sea cada vez mejor; para que superiores sean también los nuevos derroteros de Nuestra América.

El pensamiento de Bolívar y de Martí también ha comenzado a ser motivo de estudio en varias universidades venezolanas, entre las que sobresalen la Universidad Bolivariana y la Universidad Simón Rodríguez. En ambas funcionan sistemáticamente cátedras dedicadas a asunto tan importante para la formación de los jóvenes educandos, que en breve serán profesionales al servicio de su patria. Sin esas armas teóricas es muy difícil concebir un pensamiento latinoamericanista verdaderamente coherente, como lo exigen las actuales circunstancias internacionales. Se trata hoy, más que nunca, de fortalecer la unidad de la que José Martí llamó Nuestra América, frente a los embates de la globalización neoliberal y las amenazas imperialistas, pero insertándonos cada vez más, con luz propia, en el acontecer universal.

El vínculo de estas instituciones docentes con la Casa de Nuestra América “José Martí” es fundamental. Es importante el empeño hondamente humano que asumen, en el que el trabajo en equipo es un ingrediente decisivo. De hecho, muchos alumnos del Diplomado en Pensamiento Bolivariano y Martiano recién concluido, se aprestan como voluntarios a impartir conferencias al respecto, a estudiantes de primer año de la Universidad Simón Rodríguez. La Casa se puede fortalecer aún más como centro irradiador, y los estudiantes y profesores pudieran aprovechar mejor su entorno y facilidades para el acceso a la información.

Pero no se puede tener una idea aproximada de una ciudad solo a partir de su entorno arquitectónico o sus instituciones. Hay que ahondar en la gente, en su modo de ser, sentir, ver y hacer la vida en el día a día. Una breve estancia no basta a abarcar todo el diorama de expresiones de la idiosincrasia de un pueblo, pero aventuraré, aún a riesgo, someras pinceladas al respecto.

Como en casi todas las grandes urbes, una buena parte de los caraqueños no son nativos de la ciudad, proceden de muchas zonas del país, sin contar los inmigrantes, que otorgan otra dimensión al asunto. Se distinguen fácilmente la multiculturalidad y el profundo mestizaje que nos identifica a los latinoamericanos; pero sin perder su rostro propio, el caraqueño transpira el aire de familia que nos confiere el Caribe. Es locuaz, afectuoso, impuntual, hospitalario, alegre, generoso, cortés, galante. En los hombres se notan, al mismo tiempo, el machismo y la caballerosidad hacia la dama, y en estas una mezcla de sumisión y seguridad en sí mismas. Disfrutan cuando el forastero gusta de la gran variedad de platos venezolanos, son capaces de llorar penas ajenas como si fuesen propias, de compartir lo que tienen, sea poco o mucho, tanto en humilde almuerzo como en cena suntuosa; de sentir la compañía del visitante como si fuese amigo de siempre.

Se me dirá que en Caracas hay también violencia y corrupción. Sí, pero no más que en otras grandes ciudades de otras latitudes. Habrá zonas oscuras, supongo, como en todas partes. Prefiero recordar las luces, que son las predominantes, y confiar en la sabiduría y firmeza de un pueblo de profunda tradición libertaria, que será capaz de salvar las contradicciones propias de todo proceso revolucionario, para consolidarse en un futuro de paz y prosperidad que no es sólo suyo, es también garantía de la estabilidad de Nuestra América.
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Marlene Vázquez Pérez
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Cortesía de Mónica Álvarez.
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