octubre 06, 2009

JOSÉ CARRILLO MORENO: PALABRAS PARA RECORDAR A UN LUCHADOR INSIGNE

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Innumerables factores me han unido siempre a José Carrillo Moreno. Hablo en este presente que no pareciera pasado porque su espíritu y su voluntad creadora por aquí palpitan con el olor a mastranto y a tierra recién mojada a consecuencia de la ligera lluvia. Entrambos amamos nuestra respectiva tierra natal. Él con más suerte fué cronista oficial de la suya. Los dos coincidimos en una honorífica misión que, por cierto, es única hasta ahora: ya que en el solemne acto del ingreso de una osamenta casi sagrada al recinto de los Próceres hay un solo derecho de palabra y tanto él como yo fuimos oradores de orden el 24 de octubre de 1974 en el Panteón Nacional con motivo del traslado de los restos mortales del insigne maestro de las letras y de la historia Rufino Blanco Fombona desde el Cementerio General del Sur hasta tan elevada y definitiva morada. Para no colidir Carrillo Moreno tuvo la gentileza, una semana antes, de darme a leer su magistral pieza oratoria, lo cual le correspondí con hacerle llegar mi modesta oración laudatoria de aquel gran bolivariano.

Cuando en 1975 inicié el trabajo de recopilación y análisis de la pseudonimia venezolana tuve la anuencia de Carrillo Moreno para incluir dentro de mis apuntaciones su importante ensayo Apodos, seudónimos y sobrenombres que le habían publicado en Caracas en 1970 en las Ediciones Navideñas de Saade Hermanos, y antes cuando apareció en 1973 el fruto de otros de mis esfuerzos, Páez peregrino y proscrito, fué José Carrillo Moreno junto a Luis Herrera Campins, Caupolicán Ovalles, Helí Colombani, Domingo Miliani, Juan Cortés Pérez, Alfonso Marín, Ramón Urdaneta Bocanegra, Salvador de la Plaza, S. Antonio Pérez, José Blanco Adrianza, Miguel Acosta Saignes, Manuel Isidro Molina y Nelson Luis Martínez, entre muchos otros, uno de los más cercanos amigos que me allegaron las voces de apoyo y de estímulo.

Cuántas veces nos reunimos en aquel centro de amistad, de néctares de Baco y de grandes tertulias, denominado Bar Restaurante Llaguno para intercambiar ideas y cultivar prosapias nada comunes con la participación de aquel agigantado periodista, que creó cátedra de dignidad y de decoro, J. Lossada Rondón, el de Miraflores a la vista cuando existía el diario de Puerto Escondido, hoy ya menguado y alquilado a los más oscuros intereses foráneos. Cuántas ilusiones y cuantos proyectos se hicieron realidad de muchas de las proposiciones y quijotadas que allí surgieron, tertulias que en el tiempo mantengo en La Gran Pulpería de Libros Venezolanos donde a suerte mía conocí para enorgullecerme de ello al doctor Alejandro Carrillo, hijo del homenajeado hoy aquí en El Tinaco y seguidor con alma, bríos, corazón e ideales del notable progenitor. En mucho a Alejandro debo el gran honor de estar aquí en conversación tan de mis entrañas, de mi corazón y de mis ideales.

Recordará un común amigo, los proyectos sociales de Carrillo Moreno con respecto a La Blanquera como iniciativa para una Universidad Popular y su entusiasmo ante la idea llevada a feliz término por orden del denso y notable historiador doctor Ramón J. Velásquez, de recoger los artículos de Eloy G. González diseminados en periódicos de la época y hacerlos libro, como lo asumimos desde las Ediciones de la Presidencia de la República, primero con Los Leones se muerden publicado en la Serie historia, colección “Clásicos Venezolanos” Caracas, 1975, libro que salió de los talleres de la Imprenta Nacional, dos días después del trágico instante en que el doctor Carrillo Moreno falleciera repentinamente aquel 5 de abril, horas después de haber compartido en la Embajada del Perú con compañeros y amigos entrañables. De lo que me he sentido profundamente satisfecho es que él había revisado las últimas pruebas de ese volumen.

Así mismo como él había repasado todos los originales de otro título del mismo González que denominamos Ensenadas de la Historia, al cual, por sugerencia suya, se le colocó como prólogo un denso estudio del Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, doctor Virgilio Tosta. Luego continuamos las ediciones con Historias Bolivarianas, que lo adornamos con el discurso de bienvenida a Eloy G. González a la Academia Nacional de la Historia, pronunciado el 16 de mayo de 1909 por el sabio polígrafo Marco Antonio Saluzzo, asunto que había sido acordado así entre los doctores Velásquez y Carrillo Moreno.

Resultado de esto, de reuniones y de tertulias entre amigos, siempre, todas y cada una de las conclusiones sumaban algo positivo para la región. Quiero recordar ahora uno de aquellos parlamentos en el cual Carrillo Moreno, Lossada Rondón y otros más, nos empeñamos en hacernos solidarios para apoyar el deseo de impulsar el desarrollo de su pueblo, que exhibía a nuestro lado Luis Montagne, periodista y abogado, generoso señor de la hidalgía que era incesante en la búsqueda de rumbos y mejoras para su tierra natal, Macapo, por la cual vivió, se desvivió y se fué a la eternidad honrándolo. Nos sorprendimos mutuamente, el cronista William García y yo, de cómo y porqué entrambos amamos a Macapo a través de la palabra y el gesto y la alegría de Luis Montagne, como adoramos a El Tinaco en la palabra, en el corazón y en la acción de José Carrillo Moreno.

Este denso escritor, este maestro de la historia y de la historiografía llegó a Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia aupando el criterio por el cual la institución extendiese la posibilidad más democrática de la aceptación de postulaciones de otros venezolanos eminentes que no habían tenido cabida allí. Ello me consta especialmente en cuanto al doctor Juan Bautista Fuenmayor, autor luego de una imprescindible Historia Contemporánea de Venezuela y antes de varios otros estudios aquilatados en la severa investigación; en cuanto al doctor Federico Brito Figueroa con los más categóricos ensayos sobre la afroamericanidad, la socioeconomía y el pensamiento de la Federación; así como también al doctor Miguel Acosta Saignes, abanderado de la lucha contra el latifundio feroz desde todas y cada una de sus obras; al doctor Eduardo Arcila Farías en la búsqueda permanente del Hombre por encima de las penitencias aún desde los albores de la economía colonial venezolana, o el doctor Arturo Cardozo, el licenciado Luis Cordero Velásquez, al gran cronista de Caracas Guillermo José Schael, al doctor Edgar Gabaldón Márquez, todos los cuales no lograron traspasar las barreras “reglamentarias” que a los hombres de pensamiento avanzado le tienden en esa institución.

Ocupó el doctor Carrillo Moreno el Sillón D, que antes le correspondió como fundador al jurista eminente y notable codificador, doctor Julián Viso; sillón para el cual fué electo luego el destacado médico y filósofo, doctor José Manuel de los Ríos, quien no se incorporó y a raíz de la muerte lo sustituyó otro especialista en la ciencia de Esculapio, el doctor Rafael López Baralt, zuliano de Maracaibo; después le correspondió tan alto destino al doctor Andrés F. Ponte con su estudio de incorporación titulado Pérdida de la Isla de Trinidad, leído el 9 de mayo de 1919.

Cuando desaparece físicamente este académico es electo un merideño, el abogado y catedrático, doctor Héctor García Chuecos, quien se incorpora con un tema de trascendencia infinita: Conceptos que a Bolívar merecieron los deberes y derechos de los neutrales en caso de guerra internacional, pronunciado el 7 de junio de 1951. Viajero hacia la eternidad este muy humilde Maestro, es electo el doctor José Carrillo Moreno, quien se incorpora el 20 de septiembre de 1973 concatenando el tema de su antecesor, pues presenta un denso estudio titulado Bolívar y el concepto de pueblo.

Como prebenda introductoria a este su discurso de incorporación el doctor Carrillo Moreno rinde tributo de admiración a dos hijos del Estado Cojedes que “han iluminado con su erudición, con sus virtudes y con su elocuencia el diario quehacer de esta honorable institución”; son ellos el eminente médico doctor Laureano Villanueva, natural de San Carlos de Austria, biógrafo del Gran Mariscal Antonio José de Sucre, del también galeno doctor José María Vargas y de “El Valiente Ciudadano Ezequiel Zamora, General del Pueblo Soberano”: del otro también repasa sus méritos, se trata del escritor Eloy Guillermo González, factor importante en la investigación de nuestros anales, nacido aquí en El Tinaco y quien entre sus muchos extraordinarios ensayos, de los cuales ya mencionamos algunos, dejó para la posteridad el que denominó Dentro de la Cosiata que es el análisis de cuando los mejores, los más grandes, se dejan morder por esa viborita inclemente que inocula el veneno de la deslealtad, de la ambición, de la conculcación de los principios morales y del mancillaje a la ideología bolivariana. Tanto Villanueva como González ocuparon respectivamente los sillones F y O de la Academia Nacional de la Historia.

El doctor Carrillo Moreno ese día de su incorporación, 20 de septiembre de 1973, con pie firme, de liquiliqui blanco, y en el Paraninfo que antes fué de la Universidad de Caracas y ahora de la Academia diría que “Soy, en consecuencia, el tercer hijo de los llanos de Cojedes que ingresa como Individuo de Número en esta Academia”. Esto me conmovió, tanto como el meollo todo de su discurso, porque elogiaba su ancestro provinciano y le vi en su rostro la inmensa alegría del campesino que ha logrado recoger la mejor cosecha en su parcela de la cultura, del ensueño y de la esperanzas. En esa fecha y a esa hora me fui con la evocación hasta Santa Ana de Trujillo, mi terrón natal. Ese 20 de septiembre había llegado este servidor de Bogotá, donde residía, orgulloso de haber presentado en la Academia Colombiana de Historia el ensayo Bolívar crítico de literatura y de historia, y ahora, en esos instantes Carrillo Moreno con su disertación me asusaba hacia un poderoso aliento bolivariano para hacerme sentir realizado. Por esta razón me atrevo a transcribir apenas párrafos de ese ensayo imponente que él leyó:

“Bolívar fue una recia personalidad con los oídos puestos en las voces del pueblo. Eso lo llevó a ser durante su vida el dirigente insustituible de la América hispana y después de su muerte el guía luminoso de las naciones que forjaron su espada vencedora y su genio de estadista. La circunstancia de que no haya logrado todo cuanto se propuso, de que la mayoría de las veces hubiera “arado en el mar”, no disminuyen en nada la categoría de su actuación.

“Bolívar tenía conciencia plena de su condición, de su carácter y de su misión. Sabía que era el guía incorruptible de las masas desposeídas de Hispanoamérica y así actúo en todo momento. Por eso, si algo hay lleno de contenido y trascendencia dentro del pensamiento y la acción bolivarianos, es su concepto de pueblo. El pueblo es el nervio, el eje, la meta de sus grandes luchas por alcanzar la independencia americana y, una vez izadas las banderas del triunfo, el pueblo sigue siendo el elemento fundamental de sus preocupaciones de estadista encaminadas ahora al logro de la liberación de esas grandes porciones del Nuevo Continente desgajadas del Imperio español y ya en trance de constituirse en Repúblicas libres, soberanas e independientes.

“Su concepto de patria (el de Bolívar) tiene la claridad del sol. La patria es aquella donde se protegen los derechos del pueblo sin distingos de origen, raza o condición social. He aquí ese acendrado revolucionarismo suyo que lo hace concebir la patria como el hogar del pueblo en su total integración, sin marginaciones, sin desigualdades ni discriminaciones de ninguna naturaleza. Este es el concepto de patria por el cual Bolívar se desvela y lucha hasta los últimos momentos de su vida, concepto que define y ubica su personalidad y su tarea a la altura del propósito que motorizó su acción en el inmenso escenario del Nuevo Mundo.

“En torno a este concepto, impregnado de esencia popular, elabora toda una teoría jurídico-social en la cual el hombre y el pueblo constituyen el objeto básico de su esquema normativo propuesto a la hora exacta, en el preciso momento en que Hispanoamérica comienza a sufrir las fracturas institucionales producidas por la guerra emancipadora. Bolívar, timón de esa lucha, sabe que tiene la impostergable obligación de reestructurar al Continente dislocado por la dura sacudida revolucionaria, pero sabe también que deberá preservarlo de los riesgos de una futura opresión. Por eso no puede concebir esa reestructuración montado en la nube de la pura doctrina, sino afrontando las realidades objetivas, dándole al pueblo nuevos instrumentos de lucha, instituciones adecuadas a su carácter y necesidades, leyes de protección a sus derechos ciudadanos, en las cuales la libertad, la igualdad, la seguridad social y la propiedad – para indicarlas en el orden en que él las señala – tengan definiciones precisas y orientaciones concretas dentro de la dinámica de estos pueblos recién nacidos a la vida independiente”.

Después de tan aquilatados testimonios en boca de Carrillo Moreno, no creen ustedes, queridos compatriotas, que es necesario darnos por satisfechos de su premonición. Bolívar es ahora más que nunca pueblo, pueblo alfabetizado, pueblo adherido a la medicina preventiva y a la seguridad social, pueblo que reflexiona y medita, pueblo con vigor, para impulsar los cinco motores que giran alrededor de la vía hacia el socialismo del siglo XXI.

A José Carrillo Moreno sólo una frase le faltó entonces para finiquitar su gran discurso de incorporación: “Hasta la victoria siempre”, pues expresó también lo que me honro en leer, releer y volver a repetir:

“Creemos haber ubicado en el pensamiento y la acción bolivarianos el concepto de pueblo desde el punto de vista histórico, biográfico, germinal, como valor y complejidad, unidad y pluralidad comprensiva de todas las aspiraciones que se movían en el fondo de la protesta reprimida, protesta que orientó su obra revolucionaria, difícil de diseñar por la multiplicidad de sus facetas, pero que trataremos de hacerlo, a grandes rasgos, con el objeto de aproximarnos en lo posible a una idea clara de lo que este hombre hizo en pro de las masas populares venezolanas y americanas, por las cuales triunfó y fracasó, discurrió y legisló, y para las cuales fue a la vez héroe y mártir: héroe cuando saboreaba el licor capitoso de la victoria, que no era únicamente victoria militar, sino también victoria espiritual, victoria de ver satisfecho que su prédica superaba el obstáculo y escalaba la cumbre de la realidad, y mártir, no solamente cuando sus soldados caían en el combate, sino también, y más que todo, cuando lleno de desesperanza, desilusión y desencanto, se daba cuenta de que la incomprensión, el interés sectario y cantonal y la traición al ideal revolucionario enervaban su palabra ductora y la dejaban inerte, petrificada, muerta en el párrafo del mensaje que no quisieron oír u oyeron mal y en el artículo de la ley que no quisieron cumplir o cumplieron a medias; pero para desgracia de sus adversarios, de los que abierta o solapadamente ayer frustraron su ímpetu creador y hoy lo niegan, todo ese caudal de elevados preceptos que no fueron escuchados ni acatados en su tiempo, permanecen vigentes, en el plano rector de los principios y en la alta misión de guiar nuestros pasos hacia la forja de una patria americana donde haya amplia justicia, paz verdadera y libertad sin trabas y donde queden para siempre borradas las huellas de la dependencia, de la explotación y del feudalismo colonial.

“De su prolífica actuación de líder revolucionario, escritor, educador, general de combativos ejércitos, estadista y legislador en el vasto campo de la América hispana, hemos recibido una serie de enseñanzas en el orden judírico-social, político, religioso, moral, educativo, militar e internacional, inspiradas todas en su indeclinable criterio de bien común, de aspiración colectiva, de conquista popular, de redención social, de noble combate por los desposeídos, lo cual da fisonomía clara y contornos precisos a sus conceptos de pueblo como valor central del mundo –la cultura- que trata de sacar del coloniaje para ponerlo a vivir una vida de libertades.

“Toda esta escala ideológica, llena de originales matices y de trascendentales valoraciones, nos va a conducir a la etapa más revolucionaria del pensamiento bolivariano, o sea, a aquella en que, rompiendo las amarras de un tradición trisecular, no vacila en colocar al pueblo como eje fundamental de la vida política y origen natural de todas las instituciones que la conforman. Nada tendrá validez, consistencia, perdurabilidad y sustancia republicana si no se origina en la entraña misma del pueblo. El pueblo es lo que da vida al andamiaje democrático y trascendencia histórica a los hechos que nos circundan.

“En este sentido no hay en su esquema mental ni en su conducta una sola desviación que nos lleve a dudar de sus rectas intenciones y a suponer maniobras en favor de oligarquías o castas contra las cuales siempre estuvo de frente, en lucha sin desmayos. Mas no se detiene la construcción bolivariana en el señalamiento del origen popular del ejército ni en la asignación de recompensas morales y materiales por sus eminentes servicios, sino que va más allá, se remonta al plano esencialmente doctrinario y desde allí comienza a señalar con su innata claridad la alta misión patriótica de los hombres de armas y a delimitar sus fueros en frases llenas de presente y de futuro”

Bien, pues, para agradecer la honrosa distinción que la Asociación de Cronistas de Cojedes me ha dispensado en su nombre, a través de su Presidente, licenciado William García, en el de esta ciudad de El Tinaco y en el de todo el conglomerado cojedeño, nada me ha sido tan venturoso como disertar sobre el pensamiento social y socialista de José Carrillo Moreno, eponimizado en la Cooperativa Cultural bajo la dirección del licenciado Armando González Segovia, Director del Archivo Histórico del Estado y robustecido aún más con el anhelo constante del doctor Alejandro Carrillo en profundizar la actividad y el ejemplo de su padre, cuya tarea ha sido galardonada con la edición de los primeros volúmenes de sus obras, gracias a la participación creadora del doctor Pedro Morejón Carrillo, Ministro del Poder Popular para la Economía Popular.
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Gracias
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Rafael Ramón Castellanos
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José Carrillo Moreno. Obras Completas, Volumen III. Colección Libros y Folletos. Caracas, Miniterio para la Economía Popular. 2007. p. 17-33

Compilación Armando González Segovia. Prólogo Alejandro Carrillo. Estudio Introductorio Rafael Ramón Castellanos.
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