septiembre 08, 2009

LA REIVINDICACIÓN DEL PRESIDENTE MEDINA ANGARITA

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Era imprescindible buscar una salida a la ferrea dictadura que agobiaba al país desde 1913, pues históricamente, en los años anteriores, había existido una exigua libertad, derechos ciudadanos no conculcados, aunque quiera hacerse ver que la tiranía surgió desde 1899. Después de 1914 los exiliados y quienes tenían sagacidad y coraje suficientes como para conspirar dentro del país, forjaron la frustrada rebelión del capitán Luis Rafael Pimentel en 1919 y la sublevación cívico militar del 7 de abril de 1928 que encabezó el capitán de artillería Francisco Alvarado franco. El éxito no fue el aliado, pues se estrelló contra la dinastía imperante y la conformidad de muchos.
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Sobrevino la muerte del general Juan Vicente Gómez, el de la dura represión, pese a que hubo objetivos vitales para el país en su gobierno dictatorial. No comparto la versión de muchos historiadores -y especialmente aquellos que manejan el prurito de la democracia como factor personal de ellos para sus negociados y hasta para la corrupción- que el siglo XX comenzó en Venezuela en 1936. Eso es desconocer los valores tácitos de la nacionalidad, los hombres del intelecto que estuvieron sirviéndole a Venezuela en el régimen “oprobioso”; eso es ignorar la lenta transformación del país prácticamente incomunicado por vía terrestre antes del siglo XX, con manadas salvajes de aventureros que querían jefaturear su feudo con una macolla de intrigas y aprovechamientos económicos. Allí están las obras de los historiadores Manuel Caballero, Tomás Polanco Alcántara y Carlos Siso entre otros más, en las cuales está patente la luz de la dignidad nacional frente a factores externos y ambiciones terrófagas de muchos cuadillos. Gómez fue un tirano, pero no una bestia en el poder; hizo lo que pudo, aunque en muchos casos a costa de vidas y sufrimientos de familias enteras, acosadas y torturadas por las huestes infames de “La Sagrada”, horda de criminales de todo género.
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Se justificaron las acciones contra el General Gómez, no solamente las ya dichas, sino las invasiones por mar y por tierra y los levantamientos, una y otra vez, con insistente inclemencia, de los guerrilleros Emilio Arévalo Cedeño y Rafael Simón Urbina, la frustrada empresa de los generales Román Delgado Chalbaud y Pedro Elías Aristeguieta, con el “Falke” y la toma de Cumaná, así como tantos otros intentos revolucionarios; pero vino la dación sublime en 1935 al morir el tirano. Resurgió la libertad, y si hubo restricciones y severidad, el general Eleazar López Contreras las manejó, ampliando, alargando y refortaleciendo el camino de una democracia palpitante y participativa que lo sucedería con el gobierno popular del general Isaías Medina Angarita, régimen de amplísimos fundamentos, sin un preso político, sin un periódico coaccionado y menos clausurado, sin raciones de odio para aplacar protestas. Nada. Fue el gobierno de un militar civilista que amaba la democracia plena con la palabra de Bolívar por ideario y norma.
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A ese hombre, pletórico de estos atributos, que había abierto las puertas para la participación de Venezuela entera en el ejercicio del Poder, que llamó a hombres de todas las parcialidades políticas a cooperar en su gobierno; a ese hombre, repito, le dieron el zarpazo infame, de traición sin mengua alguna de fechorías y que los inadaptados a la verdad histórica han tenido la desfachatez de llamar “revolución de octubre”, cuando no fue más que una asonada vulgar de ciertos lideres políticos incipientes, adornados más de ambición de figurar que de dignidad de pueblo, quienes se confabularon con militares que, al secundarlos, dieron pie a otra tiranía y como antecedentes una etapa que logra salvarse en los anales patrios con la promulgación de la Constitución de 1947, que sectaria en parte, le dio amplia participación a la mujer venezolana y la invitó a la plazas públicas, a los cuerpos deliberantes y a la intervención directa en la política que estaba ya concebida, analizada y prácticamente en ejecución dentro del período constitucional del general Isaías Medina Angarita.
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Ese golpe artero contra el dignísimo Jefe de Estado fue humillante; se le expatrió y como complemento se le sometió a un tenebroso y amañado juicio de “responsabilidad civil”. Con qué admirable compostura, que fue su norma vital, se residenció en el exterior, y bien se puede decir de él lo que el escritor René Luard, apuntó sobre el rey Alfonso XIII: “nada hay que hiera tanto como la soledad, y cuando la soledad se convierte en la ausencia del medio propicio, en el destierro, en el exilio, la soledad se hace lacerante como una llaga abierta. La soledad es todo el padecimiento físico y moral de la distancia sin remedio”.
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Los hombres del partido blanco, en elecciones libres, llevaron al poder, dos años después, con respaldo popular, al connotado novelista don Rómulo Gallegos, pero el 24 de noviembre de 1948 calcaron en su persona y su gobierno, lo que le habían hecho los militares al General Isaías Medina Angarita: lo mandaron al ostracismo y ratificación que con aquel acto del 18 de octubre habían horadado la libertad, la democracia y la moral en el ejercicio del poder.
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Mas el General Medina Angarita no aceptó una invitación para regresar a Venezuela, y mucho menos cuando los “civiles” de la asonada que lo privó del ejercicio de la Presidencia de la República estaban encarcelados o deambulaban por varios países que generosamente les dieron hospitalidad, y aún cuando los presos políticos del nuevo régimen no eran otros que los que ayudaron a su derrocamiento.
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Es que el General Medina Angarita amaba la paz y llevaba en la sangre, como don Mario Briceño Iragorry “dolor de patria”. De nuevo pisó tierra venezolana cuando seguían usufructuando el poder un grupo de militares de los que contra él habían insurgido en 1945, pero regresó casi en agonía, y a su muerte a los pocos meses, el pueblo de Caracas, silencioso, pero admirándolo, lo condujo en larga caravana hasta el cementerio General del Sur. Era la respuesta del soberano a las bayonetas y a los corifeos del 18 de octubre.
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Ahora, y por primera vez en 54 años desde la mal llamada “revolución de octubre” el general Medina Angarita ha sido mencionado, a voz de trueno, a grito de pueblo, para con ello romper el velo del silencio en que había sido sepultado su nombre; las citas oficiales por primera vez, son muy dicientes, porque corresponden al discurso del Jefe de Estado, Comandante Hugo Chávez Frías, rindiéndole el tributo que merece una personalidad de la dimensión democrática de él. Esperamos de la magnanimidad de todos y de la mejor condición ética, que llegue la hora de la reivindicación total de este gran venezolano. Es necesario también que el Palacio de Miraflores y a al avenida que lleva el nombre del Presidente Medina Angarita convoque el dinámico Presidente de la república, a un acto de masas en el cual se le explique a las nuevas generaciones que en Venezuela hubo, entre otros, un Primer Magistrado incólume, diáfano, honesto y justo que fue aventado del Poder por los escultores de la falacia y las desvergüenzas, el 18 de octubre de 1945 y que ahora quieren dentro del subterfugio de su propia corrupción, con careta de “independientes” llegar a la Asamblea Nacional Constituyente, cuando todos los conocemos como transgresores de la idiosincrasia nacional, de la hombría de bien que alimenta el espíritu y el decoro con que llevamos de frente la honra de ser difusores de la democracia y la libertad que heredemos de los próceres civiles y militares de la Gesta Magna.
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Rafael Ramón Castellanos
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El Globo. Sección Opinión. Caracas, 25 de junio de 1999
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