septiembre 12, 2009

FRANCISCO DE MIRANDA

UN MUERTO SIN TÍTULOS, SIN GLORIA Y SIN DEUDOS
.
.
Discurso de orden pronunciado el 28 de marzo de 1980 en el Templo Masónico de Venezuela, en Caracas, con motivo del 230º aniversario del nacimiento del Generalísimo Francisco de Miranda.


“Francisco de Miranda, particular, causa pendiente. Reo de Estado”. Es el título del expediente que quizás concluía con una vida pero no con un ideal, y menos con una conciencia americanista y universal de lucha por la libertad. Quién diría que por desidia de sus conterráneos sus retos se perderían, entre otros muchos, sin santo y seña, en la huesa común.

Llegaba al final una existencia humana. Ya se volvería polvo y se confundiría con la materia informe. Sin embargo se consolidaba el desandar de una alma libre por el camino real y por las trochas de las colonias españolas en América. “El catorce de julio de mil ochocientos dieciséis -anotó el amanuense- falleció en el Hospital del real Arsenal de La Carraca, el particular de causa pendiente y reo de Estado, Francisco de Miranda, hijo de Sebastián, natural de Venezuela en Caracas, de estado soltero… no textó, recibió el Santo Sacramento de Extremaunción y su cadáver fue sepultado en el Campo Santo de este distrito de que certifico”.

Un muerto cualquiera en la larga lista de víctimas de Las Cuatro Torres, Presidio de La Carraca, en Cádiz, España. Un muerto sin títulos, sin gloria y sin deudos. Un muerto más.

Acaso la fatalidad dentro de una geo-política de conquista y las actividades de aquella Santa inquisición oteadora de turbulencias revolucionarias, borraba en esos instantes la magnificencia de aquella criatura que había luchado por la España y por el Rey, por la tierra del padre y de los abuelos, por la luz en Francia, en la patria de Washington y en medio de la fe enaltecedora del varón diáfano y circunscrito al desvelo creador.

La hora suprema le marchitó la fuga. Apenas tres meses antes de aquella, logró reunir el dinero que necesitaba para evadirse y había hecho todos los contactos imponderables. Sin embargo tenía Miranda desde mucho tiempo atrás signada la desgracia. Apenas a una semana, o menos, del hecho arriesgado que le devolvería la libertad, el cuerpo se resiente y el 25 de marzo de 1816 el derrame cerebral lo postra.

Empezó un nuevo viacrucis: vivir sin la vida misma. Si una sola vez había sucumbido, ahora en las postrimerías de sus tareas, no podría cerrar los párpados, sin hablar de libertad. Así, en un momento de lucidez, ya en mayo, le ruega en enmarañada textura criptográfica, a una mujer que fue su compañera, amante, madre de su descolgarse hacia el futuro y hermana en el estoicismo, que pusiera a salvo sus diarios y su archivo, pues bien lo dice Lavretski, un historiador soviético, que “al despedirse de la vida estaba seguro de que sus diarios y su archivo llevarían a las generaciones venideras la verdad acerca de él, y entonces sus compatriotas sabrían en aras de qué había vivido, luchado y padecido”.

“La muerte anduvo rondando largo tiempo a la cabecera del enfermo. Y, clemente, le permitió vivir hasta el 14 de julio, día de la Toma de La Bastilla”… Se cumplían veintisiete años de aquella escena de parís. El pueblo había derribado entonces la pared inexpugnable de la monarquía. ¿Acaso aquello no podría ser también un triunfo de este interfecto que apenas, sólo de vísceras, de dación volitiva y de miradas, se moría en 14 de julio de 1816, onomástico también de otro suceso definitivo? En Caracas, en esa fecha de 1811, domingo de guardar, se publicaba por bando el Acta de la Nacionalidad, “y por medio de solemnísima función religiosa en la Catedral, se habían bendecido las nuevas banderas, en la oportunidad de proclamar formalmente la independencia del pueblo”.

Qué mordacidad de la providencia. El cadáver de Miranda bajaba a la yacija ese 14 de julio de 1816; cinco años antes, quizás a la misma hora, del mismo día, en la tierra que lo parió, el tricolor que él había izado en El Leander, en 1806, tremolaba “y a la cabeza de la tropa, precedían el bando que recorrió la ciudad, en medio de frenéticos vivas a la población”, dos adolescentes, José María España, hijo y Prudencio España, los vástagos de aquel mártir que por ventura soñó la idea de Miranda y acarició su ideología y por defender entrambas diademas fue ahorcado en Caracas en 1799.

Pero bien, existe la predestinación y el predestinado. Ya lo vimos, ese 14 de julio de 1816 el cadáver del más grande asesor de la bondad del libre albedrío contra la opresión, cuyas palabras surcaron los aires para estremecer a los tiranos, en las postrimerías del siglo XVIII, era lanzado al fondo de la sepultura, de donde no saldrían esos huesos de hierro y de heroicidad al Panteón de los Grandes en su Patria, sino en 1870, y de esto tiene mucha culpa la Venezuela republicana y olvidadiza, plegada a la comodidad y al oropel, sino, repetimos, a la fosa común, para confundir la osamenta en la suma de doscientos homoplatos, doscientos fémures, mil dedos de manos hacendosas, mil dedos de pies devoradores de caminos que nunca acaban y tres mil doscientas piezas entre dientes y molares. Pero aquel día, en ocupare, el continuador de la tarea, Simón Bolívar, le ordenaba a otro héroe, Juan Bautista Arismendi, “embarcar todo en el bergantín Indio Libre”, que quizás eso formó parte del último suspiro de El Precursor; eso: Indio Libre, que quería decir negro libre, pardo libre, mantuano libre, zambo libre, mestizo libre, en fin Hombre Libre. Por lo tanto, al muerto de La Carraca le trovaba la gloria un hermosos epitafio en el firmamento de Ocumare. Eso, el 14 de julio de 1816, cuando acaso ya habían olvidado su gesto inmarcesible y desgraciado de 1806 y la capitulación imprescindible de 1812, suceso éste de imprecaciones y comidillas que dolorosamente se le cobró a El Precursor, aún ya fenecido; se le cobró sin gallardía histórica y con reconcomio, sin afectos a la pureza de la traslucidez del hombre que no cejó nunca en su infinitud exonerada siempre de sujeciones.

Pero no pasemos por alto esa suerte prístina del más universal de los latinoamericanos de todos los tiempos. De 1816 a 1870 transcurrieron muchos días luminosos para las patrias surgidas de su obra prodigiosa, y sin embargo, el desagradecimiento para con él fue total, no sólo en su tierra, sino en todas las naciones que él contribuyó a formar, desde el Itsmo de Panamá hasta la Patagonia. Únicamente aquel connotado Duque de Chartres, a quien por 1792 se le llamaba el General Igualdad, y era a esa hora, compañero de Miranda, ya con el rango de rey Luis Felipe de Francia, honró la memoria del antiguo camarada de armas e hizo grabar su nombre en 1832 en el Arco de Triunfo de París, junto con todos los Generales de la Revolución Francesa.

En el solar nativo, en la gran patria continental que él añorara, ni una mención, ni un homenaje, pese a que la creación de aquella fue su ilusión, su angustia. Recordemos lo que señala Cristóbal L. Mendoza al respecto: “Miranda polariza en su persona las palpitaciones revolucionarias que comienzan a exteriorizarse en el Continente durante la segunda mitad del siglo XVIII. Seducido por los antecedentes de aquella vasta comunidad de pueblos surgidos del mismo fenómeno histórico y formados al calor de métodos e instituciones análogas. El Precursor concibe su gigantesca Colombeia, destinada a reemplazar bajo un régimen federal, pero con similar consistencia y majestad, la formidable armazón de aquel imperio. Se dedica a la empresa con una tenacidad ejemplar. Formula la carta Fundamental de la imponente Entidad, sin ejemplo en la historia del mundo por sus dimensiones y alcances, que hace del conjunto una sola patria para todos sus pobladores. Erigiéndose en el personero de todos los habitantes, presenta al gobierno inglés su plan para la organización del gran Estado y lo interesa en sus proyectos los ámbitos de la férrea estructura la semilla revolucionaria. Agrupa en torno suyo a los conspiradores que vagan por el Viejo Continente en solicitud de apoyo para sus planes de rebelión y se arroja en la hoguera de la Revolución Francesa, de la que espera también obtener la ansiada ayuda. Despierta las simpatías de los políticos norteamericanos y logra de éstos un táctico consentimiento para sus expediciones armadas, cuyo fracaso no lo abate. El pensamiento de la libertad del Nuevo Mundo mantiene en él un fuego sagrado que exalta sus excepcionales facultades y lo erige en el símbolo y las esperanzas de la próxima Revolución”.

Pero volvamos a la referencia. En la América de sus ideales ni una sola manifestación para rememorar al Ideólogo, a El Precursor. La Gran Colombia clausuró su nombre, sin mancillarlo, y sin decretos. Lo habían borrado de la nómina genital. Ni remembranza, ni evocación. El ya aludido doctor Mendoza dice que “la historia registrará como uno de sus más tristes episodios, el de este predestinado, llamado a influir en los destinos del mundo, gracias a una fe de alcances universales, servida por una capacidad privilegiada y por una constancia a toda prueba, eliminado de su función vital y condenado a encierro perpetuo. Los historiadores se mostrarán desorientados y aún contradictorios para explicar el fenómeno. ¿Cómo el personaje que durante casi treinta años ha encarnado el ideal de la libertad de los pueblos, pudo ser cubierto de oprobio y arrojado a inmundas mazmorras? ¿Cómo pudo aprisionársele convirtiendo en un reo de Estado, al hombre que había alimentado su fuego interior con la esperanza de ser el redentor de agrupaciones humanas sometidas a yugo secular?.

Pero aún más. En Caracas, en América toda, de espaldas los sabios, e ignorantes los demás, obnubilados los estadistas y enfermos los mandatarios, dejaron a la aventura del arcano su osamenta, y en el mutismo y las desvergüenzas sólo una mano extraña llevaba flores de cuando en vez a la tumba que esperó cuarenta y cuatro años para ser profanada, lapso largo y tedioso en que la historia de América se enajenaba, para meterse detrás del velo del desinterés, y olvidar al Gran Precursor.

No cabe duda que a las generaciones que surgían le ponían en entredicho el patronímico del Héroe. Ni el Congreso de Angostura, ni el de Cúcuta, ni los de 1823 al 25 en Bogotá, ninguno osó mencionar al proscrito que inspiraba sórdidas discrepancias porque se había equivocado el ordenamiento en aquel gesto histórico de 1812. Después, cuando la diáspora de 1829 José Antonio Páez no sabia nada de el, Juan José Flores tampoco y nuestro Libertador no se había curado de esa aflicción de 1812 cunado el trepidante caudillo fue señalado con el dedo acusador y colocado en el sitial de los traidores, mientras los hispanos seguían refiriéndose al “desafecto”.

Pasan los años. Repatrían los restos del Forjador de cinco Repúblicas Caracas los recibe desde Santa Marta. Es el año de 1842. Por España desfilan agentes y plenipotenciarios venezolanos, como Tomás Jesús Quintero, Mariano Montilla, Alejo Fortique, Pedro Gual, Carlos Soublette, Rafael María Baralt y muchos otros. Todos le cierran la puerta a la mención sobre Francisco de Miranda. Quizás Antonio Leocadio Guzmán, José Laurencio Silva y Manuel María de las Casas entretejían murmuraciones desmoralizantes en la otra orilla. Y al final, la Guerra Federal y la desmemorización en la otra orilla. Y al final, la Guerra Federal y la desmorización alrededor de El Precursor. Llega el año de 1870. Muere el General Soublette, y también el Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, cuyo féretro es traído desde Martinica, inmediatamente. Entre tanto en el Cementerio de La Carraca el progreso, el desarrollo urbanístico, dá pauta para desenterrar unos huesos, entre muchos, y lanzarlos a la fosa común. Jamás una casualidad, sí, una desconsonancia con la vida de quien se dio por entero a la lucha por mil patrias en ascuas, pudo engendrar la disensión histórica. Y esto se debió al desatino y la desidia de sus compatriotas, así como también a una incomprensible actitud de sus dos hijos, pues Leandro Miranda Andrews, el primero, nacido en Londres en 1803, podría haber solicitado una dispensa para su progenitor, una remembranza siquiera, pues tenía poder para hacerlo, ya que en 1824, aún muy joven, dirigía en Bogotá un gran periódico bilingüe, El Constitucional; en 1829 era poderoso Oficial Mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores de Gran Colombia; de 1839 a 1849 Director del Banco Colonial Británico en Caracas; luego Cónsul de Venezuela y viajero entre elevados personajes del mundo europeo, por todo el viejo continente, hasta el día de su muerte, en 1886. ¿Por qué dejó que la incuria llevara hasta la fosa común los restos de su padre que, además, siempre soñó con la libertad y con él, como derroteros en su existir; si nó que lo diga el barco y el mástil y la bandera tricolor que entraron por La Vela para impregnar de fe los corazones esclavizados. Y si Leandro no pensó en esa contingencia por qué entonces tampoco Francisco de Miranda Andrews, también londinense, nacido en 1806, y que fue Teniente del Batallón Vargas en la Gran Colombia hasta 1827; del Batallón Carabobo de La Guaira en 1828; y partícipe de muchos sucesos en Nueva Granada hasta el 26 de junio de 1831 cundo fue fusilado después de la batalla de Cerinza?

Hemos dedicado todo el contenido de la intervención, el ámbito del discurso, a la apología del difunto en el día de su muerte, y en cambio, se nos queda relegado el ser viviente, sin calendario de trance, porque Francisco de Miranda lapidó su permanecía en la tierra -vivo de costado y de frente, pero sobre todo vivo en ideas- para que la eternidad pueda bufarse siempre de los déspotas, de los opresores y de cuantos astriñen la palabra del hombre que es palabra de Dios cuando tañen las campanas de la autonomía con el rubro saludable de la democracia. Recordemos que encerrado en lóbrego calabozo, el espíritu y la voluntad de miranda se elevan por sobre los tormentos y humillaciones que lo aquejan, para hacer la defensa de sus compatriotas perseguidos; formula un escrito digno de admiración, dirigido a la Audiencia de Caracas. Es una pieza histórica que realza de modo singular las altas prendas de su amor: su buena fe, su nobleza, su amor por aquella patria que en hora fatal y por un error al cual lo arrastran sus propios compatriotas y las circunstancias que lo rodean, entregó a un indigno enemigo. Sus palabras, bajo el peso de las cadenas que lo sometían a inenarrable humillación, tiene el valor de la reivindicación de su carácter, de su hombría, de su sensibilidad humana: “Nobilísimo documento, exclama Baralt. Ninguna queja se ve en él contra sus personajes enemigos; ni una palabra, ni la más pequeña alusión a su arresto en La Guaira o a las personas que lo hicieron. Si habla de violencias, deplora sólo las que sus conciudadanos han sufrido; si pide repración, es para ellos; si se indigna, es contra el miserable que los ha oprimido: olvidado de sí, generoso, magnánimo, fue en las cadenas, como todas las almas fuertes, más grande de lo que jamás había sido”.

Sin embargo, es todavía necesario regresar al extinto, que en su calidad de tal, cayó rígido de toda rigidez, al oscuro hueco bordeado de tierra impregnada de lágrimas sólo de presidiarios. Volvamos a él. Lo mató el despotismo que adornaba la servicia en contra de los que pretendían y los que habían logrado, siguiendo a Miranda, borrarle la alegría a los sátrapas de la opresión. Volvamos a él, justamente en este 28 de marzo, cuando hace doscientos treinta años que surgió del vientre de la madre, de la madre española, pero en los brazos de la madre tierra americana, ya lejana esta de la metróoli en aquella hora de su tránsito a la eternidad. Tornemos a él para entenderlo en su grandiosidad procera, veterana de viajes por diez o más inmensas regiones del universo, con sólidas nacionalidades. Pongamos la mirada y el corazón en él, que hasta tuvo un oído severo de auscultarle el pulso a una espada combatiente en su brazo que no tembló ni en la estepa rusa, ni en la pradera norteamericana, ni en la campiña francesa, ni en los manglares cubanos, ni en la térmica tierra costeña de Venezuela. Que no tiritó nunca porque el miedo se archivaba detrás de su casaca, y allí, aprisionado, por supuesto, se volvía enigma, entre figuras desleídas, porque la libertad mataba desafueros e insufluaba de vítores el subconsciente y de valor la pulsación campeadora.

Volvamos al muerto para que entendamos bien por qué vive aún y seguirá viviendo. José Nucete-Sardi no deja de hablar de él, pero leámoslo, para luego meditar con el amor al viento que todo lo riega y lleva polen más allá de él mismo, del viento. “Aquella actividad prodigiosa –dice el historiador- que se paseara por cuatro continentes, escondido en ocasiones bajo los más diversos nombres para escurrirse al enemigo y lograr el triunfo de una idea, aquella energía que se llamó señor de Meran en Hamburgo, en Suiza señor Meirat; Coronel Martín de Mariland en Roma; en tierras norteñas, Coronel Mirandow, imperial careta rusa; M. de Meroff en la república bátava; Monsieur Meroud por los caminos de Francia; Míster Martín en Inglaterra y Estados Unidos, Gabriel Eduardo Lerroux d’Helander en una disfrazada fuga de París; Don Pancho, Un Peruano o Un Americano en sus salidas a la andanza periodística y era necesaria la clandestinidad; Eleuteriatikos, seudónimo griego para sus cartas sobre arte y política y José Amindra en sus últimos días de prisionero en tentativas de evasión, aquella actividad está ahora sombría, desesperanzada, brumosa de recuerdos y de angustias; todos aquellos personajes que su dinamismo creó, están allí reducidos a uno solo, al que España persiguiera siempre y es ahora un desfigurado Francisco de Miranda”.

Puede ya El Precursor expresar: duermo y existo, porque el músculo al alba, con la diana de los libres, no permite que se entumezca el alma y que el sístole o la diástole dejen de ser soberanos en el procerato de la sangre por las venas de los protagonistas que definen la libertad. Y Mi randa no sólo fue El Precursor de la Independencia Americana desde sus anhelos de venezolano enamorado, sino que vinculó a la patriecita minúscula en aquel tiempo, al terrón natal casi enano, al respiradero de tulipanes y azahares, aquí, a las faldas del Ávila, con los salones de la Rusia Imperial, con la Zarina de azúcar y de cal, y de canto e imponente; con Danton y Robespierre, con Washington y Lafayette, con el Arco de Triunfo y con las ciudades y la deidad intelectual de casi todos los países de Europa.

Dilatado y fecundo su arrebato por el combate vertical y ecuánime. Largo y eterno. Desde 1771 hasta 1816. Corta y cruel, injusta y pesarosa la prisión desde el 31 de julio de 1812 al 14 de julio de 1816, y sin tener ya fuerzas para ello, la vital actividad creadora culmina justo con la muerte. Sólo en la partida definitiva y ya sin conciencia, cesa el anhelo, la lucha por la independencia. Qué perezosos se van los años de la cárcel y qué de prisa los de la faena genitora.

Ya significamos que hubo un impreciso sarcasmo en la vida de Miranda. “No se me ha permitido le haga exequias ningunas” escribió su amigo Pedro José Morán, quien agrega que “en los términos que expiró con colchón, sábanas y demás ropas de cama, lo agarraron y se lo llevaron para enterrarlo”. Era tan grande pues, que ya frío y tieso, ido del mundo, los amedrentaba con su radiante estela y con su osadía persistente de inclaudicable revolucionario y demócrata, Ni siquiera permitieron para él un ataúd, y tal vez mejor, así creció más en sus periplos. Era demasiado grande para ser encuadrado entre tablillas de una urna cualquiera. Pesaba inmoderadamente. Tenía calados entre pecho, espalda, cerebro y corazón cuatro continentes y la sabiduría de seculares escuelas ecuménicas. Todo lo cargaba consigo desde siempre y a esa hora, y todo lo había repasado en los años de calabozo en las Cuatro Torres de La Carraca, donde, como dice José María Pemán, “El Precursor alumbraba sus vigilias soñadoras con el humilde cabito de vela tembloroso”.

Hemos venido a decir, y decimos, del apolonida que arropó con su capa el universo todo, en todas las disciplinas y las teorías, los dogmas y las acciones, y elaboró la doctrina del mirandino; hemos venido a decir, y decimos, valga la repetición, solamente conceptos que recorren un mundo, pero enmarcados en los momentos más duros de la vida del héroe y hasta la hora de su deceso. Pues bien, oportuna es la ocasión que me brinda esta Gran Logia de la República de Venezuela, de vieja data histórica, pues fue instalada el 24 de junio de 1824, justamente apadrinada por el concurso de ideas, virtudes y acciones del caraqueño a que he venido refiriéndome; oportuna ocasión, reitero, para exponer criterios sobre la misión y la acción de aquel mortificador de omnímodos y estadista que impregnó todos los derroteros de una culminante comunión de principios para fomentar la lid por la independencia de América.

En Grafton Street, número 27, su residencia londinense, que era, más que un lugar de reposo y de calma un núcleo de los arquetipos de la revolución gestó la corporatura libre de un continente. “desde Méjico hasta Cabo de Hornos acudían los correligionarios que le escuchaban como a oráculo, lo consideraban como el decano de los patriotas y le miraban como el apóstol de su causa” para expresarlo con el léxico de miraban como el apóstol de su causa” para expresarlo con el léxico de Lucila L. de Pérez Díaz, la cual anota que la casa de Miranda en la capital de Inglaterra “se convertía entonces en un centro de reunión de todos los espíritus revolucionarios de América. Allí acudían todos los suramericanos distinguidos que recorrían el Viejo Continente, en viaje de estudios o de simple recreo a oir la prédica elocuente del célebre compatriota. Allí llegaban en tropel los proscritos de las colonias españolas a llevar noticias de la patria al gran patriota y a elaborar nuevos proyectos a favor de la emancipación americana, agrupándose alrededor del que ya todos reconocían como Jefe. Y allí se dirigían los conspiradores de Indias a tomar órdenes y recibir instrucciones del hombre que tenía en sus manos los hilos de todas las maquinaciones encaminadas a dar libertad al mundo de Colón. Todo el que sentía interés por esta magna causa, visitaba a Miranda que le abría de par en par sus puertas y le invitaba a misteriosas tertulias”.

Allí estuvieron reunidos una vez, en ese sagrado recinto londinense, tres varones sobre los cuales recae todo el orgullo y la satisfacción de nuestra independencia. Casi se diría que de nuestra identidad nacional: Francisco de Miranda, El Precursor; Simón Bolívar. El Libertador y Andrés Bello, también Libertador; Libertador Cultural del Continente. Nunca más, ni antes tampoco, los tres genios, los tres pilares de la Venezuela inmarcesible, concurrirían juntos a la cita con el futuro de las nacionalidades americanas.

Y a oír las pláticas, y a pedir consejos, y a fabricar consignas libertarias, a esa casa de miranda habían asistido y apelaban jóvenes paladines que llevaban, en el instinto cenital de mil campañas, signada la estrella del procerato. Entre otros, los granadinos Antonio Nariño, Francisco Antonio Zea y José María Vergara y Lozano; el gaditano Francisco Iznardi; los chilenos Bernardo O’Higgins, José Cortés Madariaga, Manuel José de Salas, Juan Antonio de Rosas, Gregorio Argomedo, Juan Antonio Rojas y José Manuel Carrera; los quiteños Carlos Montúfar, Vicente Rocafuerte, Juan Pío de Montúfar; los peruanos Pablo de Olavide, José del Pozo y Sucre, Bernardo Monteagudo; el cubano Pedro José Castro; los argentinos José de San Martín, Mariano Moreno, Carlos María de Alvear, José María Zapiola; el mejicano Servando Teresa de Mier; el centroamericano José Cecilio del valle, y los venezolanos Simón Bolívar, Andrés Bello y Luis López Méndez.

Todos fueron sus alumnos y la generalidad de ellos escaló el pináculo de la consagración por la independencia. Su vivienda fue, pues, escuela para hacer patrias sin cadenas y repúblicas sin vicios. Es bueno explicar que ese centro en Grafton Street, número 27, existía desde las postrimerías del siglo XVIII. El historiador colombiano Américo Carnicelli anota que Miranda organizó allí un gremio de complexión patriótica revolucionaria, “de tendencia republicana, de la cual se constituyó en Gran Maestro. Los fines de esta sociedad de carácter masónica eran los de emancipación de las Colonias Españolas en América. Fundó la primera logia filial en la misma ciudad de Londres, con el fin de atraer a su seno a todos los criollos suramericanos que aspiraban a prestar su ayuda a la revolución para la independencia de su patria. También creó logias filiales de la Gran Reunión Americana en París y en Madrid, con el nombre de Juntas de las Ciudades y Provincias de la América Meridional y otra en la ciudad de Cádiz, con el nombre de Sociedad de Lautaro o de los Caballeros Racionales. Como este puerto era la entrada a la Península española, gran centro de movimiento comercial con las colonias de América, los criollos de éstas afluían a dicho lugar y se relacionaban con los afiliados de la logia que había fundado allí el General Miranda”.

Esta Gran Reunión Americana es, al decir de Bartolomé Mitre, “iniciadora de la revolución de Sud América; fue el tipo de las sociedades secretas del mismo género, que trasplantadas al terreno de la acción, imprimieron su sello a los caracteres de los que después fueron llamados a dirigirla y decidir de sus destinos. Ellas le inocularon el sentimiento genialmente americano, que sin determinar fronteras no darse cuenta de los obstáculos, confundía colectivamente a toda las colonias esclavizadas en una entidad, en una aspiración idéntica, en un amor único, y hasta en un odio solidario contra sus amos. Este resorte moral dio a la revolución americana su cohesión continental por la solidaridad de causa, su unidad por la propaganda recíproca y simultánea, y aseguró el triunfo por la comunidad de esfuerzos. Este era el gran punto de contacto entre los criollos que habitaban las colonias hispanoamericanas y de los que lejos de ellas, en otro medio y bajo otras impresiones, trabajaban por la independencia y por la libertad. Esto explica también el sincronismo de sus primeros estremecimientos a pesar del aislamiento de las colonias, en que las mismas causas morales producían idénticos efectos por misteriosas afinidades electivas… Miranda, como Prócida, buscó el apoyo del mundo entero para interesarlo en la causa de la independencia hispanoamericana”.

Nos detenemos pues, para impulsar la idea y difundir el por qué los gritos de independencia, la rebelión organizada contra el imperio ibero, se redondearon en un breve ciclo del almanaque. Fue toda la obra del espíritu de Miranda, la cátedra de Miranda, la escuela de Miranda. Sólo ello puede hacer posible que en Caracas se rebelen los patriotas para el 19 de abril de 1810; en Bogotá para el 20 de julio del mismo año; en Buenos Aires el 25 de mayo; en Chile el 18 de septiembre; en Quito el 10 de agosto de 1809; en El Salvador el 5 de noviembre de 1811, aunque fracasó el movimiento; en Paraguay el 14 de mayo de 1811; y en Uruguay también en el mismo año. Razones más categorías y convincentes, ningunas. Fue el resultado de la orden moral de este hombre para que los demás deshojaran de la colineta conquistadora y colonizante del Imperio, pétalos que se volvieron rosas y rosas que se transformaron en praderías de colores por donde los soldados de la libertad comenzaron a transitar con el derecho de poder asimilar su credo y pregonarlo a quien fuera el audiente y escribir su lección a quien pudiera y quisiera leer. ¿Cómo olvidar pues, a francisco de Miranda, creyente acaso, iconoclasta a la vez, varón desde todos los ángulos del existir y del humanismo? Nos formó las nacionalidades, desde Méjivo hasta la Patagonia, pues con el buril de su pensamiento y el cincel de su enciclopedismo, amén de su cultura clásica, modelo, esculpió e hizo a los caudillos primogénitos de la independencia de todo el Continente. Qué más decir entonces. Francisco de Miranda tomó en sus manos todos los hilos del gran mapa de la América Meridional y desde su casa en Londres, supuso las patrias, las creó, las multiplicó y aunque nadie pudiese estar pensando en el, aquel día aciago de su defunción, tal vez media humanidad, subconscientemente, habría de repetir lo que el amanuense carcelero anotaba en el libro de defunciones: “En catorce de julio de mil ochocientos dieciséis falleció en el Hospital de Real Arsenal de La Carraca, el particular de causa pendiente y Reo de Estado, Francisco de Miranda… No texto, recibió el Santo Sacramento de la Extrema Unción y su cadáver fue sepultado en el Campo Santo de este Distrito, de que certifico”.

Un muerto cualquiera en la larga lista de victimas de Las Cuatro Torres, presidio de La Carraca, en Cádiz, España. Un muerto sin títulos, sin gloria y sin deudos. Un muerto más.
.
.
Rafael Ramón Castellanos
.
.