agosto 20, 2009

PONENCIA EN EL I SEMINARIO DEL NUEVO PENSAMIENTO MILITAR VENEZOLANO

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Para la conformación del pensamiento militar venezolano necesario es buscar el ejemplo en los aciertos y en los errores en tiempos pasados, y en este caso en los siglos XVIII y XIX, especialmente en este último donde a la tradicional nomenclatura de comando y ejércitos a la usanza de la borbónica España, colonialista entonces, se opuso una nueva e interesantísima realidad social, política y económica a través del Ejército Libertador que paseó nuestra idiosincrasia y nuestra valía libertadora por toda Sudamérica y, si el tiempo les hubiese sido favorable al Libertador y al Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, también hubiesen dejado de ser colonias Puerto Rico, Cuba y otras islas caribeñas.
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Y en estos episodios independentistas ya podemos ver un sentimiento de nacionalidad hacia el logro de una organización armada capaz de mantener la grandeza de los principios de soberanía y libertad. La rebelión de José Leonardo Chirinos en Coro trasunta el espíritu francés de “fraternidad, libertad e igualdad” y alienta a la conformación de un núcleo armado hecho de pueblo y condescendiente con ese mismo pueblo.
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La revolución de 1797 de Manuel Gual, José María España y Juan Bautista Picornell, tanto en Caracas como en La Guaira tiene como baluartes a militares españoles y criollos que ya sueñan con la libertad de todos los pueblos sojuzgados bajo la férula de imperialismos colmados de avaricia.
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Civiles y militares están en el conato de rebelión de 1808 en Caracas y ya entre las militares regladas hay incertidumbre por la vigilancia a la cual son sometidos algunos de los oficiales de comando y también algunos sargentos y cabos. El germen de la unidad cívico militar se robustece.
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La guerra de independencia en Venezuela de 1811 a 1821 y en el resto del subcontinente de 1820 a 1825 nos muestra una férrea unidad pueblo-ejército, tan todo un pueblo como que las rabonas seguían a las tropas hasta la jornadas ineluctables, iban con sus muchachitos, sus utensilios para el rancho y una carga de enseres para las emergencias antes, en y después de las batallas. Era pues la unidad, el arte de compartir, el preclaro deseo de servir a las patrias nacientes.
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El Libertador Presidente ha mirado con detenimiento la fortaleza patriótica y telúrica de sus generales y desde 1822, respectivamente, fija los ojos en Francisco de Paula Santander para encargarlo de la Presidencia de la Gran Colombia quien debería despachar desde Bogotá; en José Antonio Páez para los Departamentos de Venezuela y Casanare; en Juan José Flores para el Departamento de Quito y Azuay (Ecuador todo) y en 1825 en Antonio José de Sucre para Presidente de Bolivia, electo luego por voluntad del Congreso de la Libertad; pero tras de todo esto había un gran ejército bolivariano que respondía a los ideales mirandinos puestos en vigencia por Simón Bolívar, los cuales contemplaban una América hispana integracionista con una inmensa república desde el Sur de los Estados Unidos hasta la Patagonia, y una Fuerza Armada de unificación nacionalista y ya compuesta por el Ejército y la Marina de Guerra.
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Mas los intereses personalistas comienzan a hacer la unidad. Intereses económicos que más que otra cosa han robustecido una nueva visión del imperio naciente, la Doctrina Monroe, con una sustentación desviada hacia el expansionismo territorial y dogmático: “America para los americanos” que no era otra que las pretensiones imperialistas que no han cesado: “América para los americanos del norte”; y de todo esto viene a resultar una penetración de satrapía que golpeó las instituciones militares. En el Perú un venezolano, el coronel José Bustamante, se revela contra el Libertador y contra la integración republicana; en Venezuela, alentado por doctos líderes en el derecho y en la Teología inducen a Páez ha iniciar la rebelión separatista; en Bolivia dos intentos de golpe de estado y un atentado contra el Gran Mariscal Presidente Antonio José de Sucre desmejoran y resquebrajan la unidad militar y la perversa maniobra del magnicidio, alimentada y llevada a frustrada ejecución por Santander como autor intelectual del atentado bogotano del 25 de septiembre de 1828, quien ha logrado comprometer a altos Jefes del Ejército, de la Marina de Guerra y de la dirigencia política que divide a la Nueva Granada en Bolivarianos y liberales santanderistas. Sin embargo, la Fuerza Armada resquebrajada tiene en su seno una mayoría relativa hacia el orden constitucional integracionista, pero ello no es suficiente. El Gran sueño del generalísimo Francisco de Miranda y del ejército de ese gran proyecto de la República Incaica, el Libertador, se viene al piso, aunque el tiempo dará lo suficiente para volver ahora hacia la unidad latinoamericana.
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Las prédicas de El Venezolano de 1841 a 1845 son realmente revolucionarias. Su director Antonio Leocadio Guzmán aboga por unas Fuerzas Armadas al servicio del pueblo. Vendría el año de 1846 y es acusado de conspiración para así frenar su popularidad por sus predicas revolucionarias. Es detenido y sentenciado a muerte (marzo de 1847) debido a la inmensa presión de los grupos más conservadores del ejército y de los dirigentes de la economía y grandes hacendados cacaoteros. El Presidente de la República, que toma el poder al siguiente mes, el general José Tadeo Monagas, reacciona en un momento de difíciles reflexiones e indulta a Guzmán, pero ya lamentablemente, se había cumplido la condena a pena capital de otro acusado por el mismo delito, Rafael Flores, apodado Calvareño y había escapado del mismo destino fatal Ezequiel Zamora por haberse fugado de la prisión.
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El acierto en los razonamientos del general Monagas que hace diplomático consular en Curazao al estadista Antonio Leocadio Guzmán (15 de febrero de 1848) ya ha tropezado con el escandaloso suceso del “asalto al Congreso” explotado el asunto inmisericordemente por la oposición como si ello hubiese sido obra del general José Tadeo Monagas, quien había chocado con una parte del ejército seguidora de los grupos oligárquicos conservadores que quisieron presionarlo para que adoptase medidas impopulares, lo que no aceptó, entonces aquellos logran que ese Congreso de la República estudie una propuesta para su destitución por supuestas violaciones a la Carta Magna, lo que va a desembocar, lamentablemente, en una contra-ofensiva peligrosa como fue la de las masas desenfrenadas ante aquella campaña perversa y las cuales en un momento de extremada agitación y duro trepidar de las pasiones asalta la sede de dicho Congreso (24 de enero de 1848) con el triste saldo de varios diputados y senadores lesionados y entre ellos el muy ilustre diplomático y académico doctor Santos Michelena; pero el ejército volvió a la unidad y dentro de los principios de la nueva disciplina liberal.
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Disuelta la Gran Colombia, Venezuela comienza a padecer la angustia de la anarquía que contamina también al ejército y no menos a la Marina de Guerra y esa fractura es la Revolución de las Reformas de 1835 que ha de haber inquietante el distanciamiento entre el pueblo y el ejército que ayer nomás era monolítico y unitario. Los mismos capitanes de la era independentista lo habían dividido y lo apartaban del pueblo del cual la mayoría provenía, fenómeno que se proyecta así hasta 1863 cuando con el tratado de Coche, que depara una formidable época en la sociología política nacional. Un ejército nuevo, con rabonas y niños y amalgama de clases sociales fundidas en un todo sustituye a la tradicional fuerza armada despedazada en tropas personalizadas tales como el ejército de Páez, el de Monagas, el de Julián Castro, distantes de las comunidades y de la fe nacionalista, transformado en piquetes embayonetados con postulados regionales egocéntricos.
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Capeado el temporal con soluciones apenas en cimiente, se alza contra la Constitución y las leyes bajo el pretexto del problema del Congreso (10 de febrero de 1848) pero el veterano caudillo llanero se equivoca ya que había olvidado la lección en cuanto a que la gloria no da razones para mal utilizarla y su convocatoria de rebelión no encuentra sino tímido respaldo en el ejercito y la marina de guerra y es derrotado en la batalla de Los Araguatos (10 de marzo de 1848).
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Exilio y búsqueda de auxilios foráneos para volver en Venezuela. Logra a medias el primer objetivo y luego hace insubordinar desde Curazao toda la Provincia de Coro. Por el gobierno va a combatir el general portorriqueño y prócer de la independencia suramericana, general Antonio Valero quien antes de entablar pelea con los rebeldes les envía una misión de paz que rechazan y el 6 de abril de 1848 en la batalla de Taratara triunfa el gobierno y sensitivamente entre los vencedores están dos jóvenes comandantes, Ezequiel Zamora y Juan Crisóstomo Falcón.
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No ceja el general Páez y entra por La Vela de Coro el 2 de julio de 1849 y logra ocupar posiciones y subvertir el orden, pero ya en tierras cojedeñas pueblo de Macapo Viejo tiene que capitular el 15 de agosto siguiente y no se aceptaron sus condiciones porque se había transformado en reo de traición a la Patria. El 2 de septiembre era trasladado de l Cárcel Pública de Valencia a la similar de Caracas. De allí al castillo de San Antonio del Golfo y de aquí (24 de mayo de 1850) al exilio.
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Cuatro años después un nuevo suceso de reconciliación une a la familia venezolana: el decreto de libertad de los esclavos (24 de marzo de 1854). Nadie no objetó, pues a los esclavistas se le pegarían aquellos en forma conveniente y los libertos se pusieron a la orden del gobierno y muchísimos pasaron a formar parte de la Milicia Nacional ya constituida en fuerza de entendimiento social. El espíritu ideológico del Libertador de estampado en el Manifiesto de Carúpano de 1816 se había cumplido al fin.
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Sin embargo los tentáculos de las ambiciones imperialistas actúan desde Europa y el caribe y el nuevo Jefe de Estado tiene que enfrentarse a las pretensiones holandesas sobre la Isla de Aves con el pretexto que en Coro se había lesionado intereses económicos de súbditos de origen judíos. Es el primer bloqueo a nuestras costas, pero entre la diplomacia y el coraje judíos. Es el primer bloqueo a nuestras costas, pero entre la diplomacia y el coraje venció el nacionalismo creador junto al pueblo. Ya vendría una nueva sacudida imperial contra nuestras cosas, pues pretextando que el golpe de estado del general Julián Castro contra el ya indeciso régimen del general José Tadeo Monagas que de pronto había dado la espalda al pueblo y aunque había habido una reforma a la constitución se acercaba un pálpito revolucionario federalista que ya se veía y que representa nada más y nada menos que la ideología guzmancista tan enfática desde 1841 hasta 1845 en las páginas de El Venezolano.
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El general Julián Castro obliga a renunciar al general José Tadeo Monagas (15 de marzo de 1858) quien se refugia en la legación de Francia. Surge un serio impasse diplomático y la potencia que había sido centro de la Revolución de 1789 ahora es imperialista con grandes apetencias de colonización. Un segundo bloqueo cierra nuestros puertos, aunque la diplomacia evitó males peores, pero quedó ya un sedimento de rechazo a las posiciones extremas de ocupación territorial por parte de otros países, lo que ha causado un trauma impresionante pues unos connacionales ya en el confuso gobierno del general Páez, llamado la dictadura, que ha sustituido el período provisional de Manuel Vicente Tovar (1859-1861) y el muy corto del doctor Pedro Gual (1861) tienen la osadía de hacer una petición infamante a la dignidad venezolana. Lo expresa el historiador Federico Brito Figueroa en su obra tiempo de Ezequiel Zamora quien apunta que el 22 de noviembre de 1861 “una comisión formada por Manuel Felipe Tovar, Pedro Gual, Nicomedes Zuloaga, Juan José Mendoza, Francisco La Madriz, Federico Núñez de Aguilar y Aureliano Otañez redactó un documento implorando la intervención armada de la Gran Bretaña, ofreciéndole parte del territorio nacional a cambio de imponer orden y el respeto a sus propiedades amenazadas”, más no hemos encontrado fuente documental probatoria de este suceso, aunque expresa el periodista Servando García Ponce que “Brito Figueroa acota que una copia de este documento estuvo en poder de José Félix Soto Silva, quien a su vez se lo pasó de Don Vicente Lecuna y, en el archivo particular de este historiador, lo consultó el escritor José Santiago Rodríguez en 1933. Por su parte, el también escritor Carlos Irazábal informó que recibió una copia de manos de Don Manuel Segundo Sánchez. Aun cuando, tanto Brito Figueroa como Irazábal y Rodríguez lo publicitaron, sobre el mismo se ha tejido una conjura de ocultamiento alcahueta”.
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Y el bloqueo sigue siendo una motivación de aliento para los que reclaman desde sus respectivos países como de los que en el nuestro aspiran a que sean los extranjeros que arreglen nuestros asuntos internos. Ya vendría a mediados de octubre de 1863 a hacerse presente en La Guaira, amenazante, el buque de guerra US Vanderbild para obligar al gobierno venezolano, en momentos de apremios económicos a ponerse al día en los pagos atrasados a las empresas estadounidenses Philo S. Shelton Sampson and Tappan, y Lang and Delano “víctimas” del desalojo que la Armada Venezolana había hecho en Isla de Aves de propiedades de aquellas que no estaban debidamente registradas en nuestros país.
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Siguen años de duras luchas, aunque el poder de las ideas junto al pensamiento militar liberal y popular se volverá una fuerza imbatible que triunfa. Es la Revolución Federal con las ideas de Antonio Leocadio Guzmán bien dirigidas y bien difundidas por quien lo sustituiría en la misión de entendimiento con el pueblo, el general Ezequiel Zamora y el pueblo se vuelve gobierno con un ejército y una marina de guerra populares.
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El gobierno del pueblo lo encabeza el nuevo Presidente de la República, Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, quien pronto se encuentra la oligarquía agazapada y al acecho y los hombres de la Revolución Federal egoístas, sectorizamentes e indisciplinados.
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Su actuación está tambaleante en 1868 cuando la Revolución Azul con en aproximaciones a grupos paramilitares auspiciados por lo más reaccionario del ente político conservador cuales se identifica como los lincheros, quienes en la búsqueda de la eliminación física del general federalista Antonio Guzmán Blanco, máximo dirigente de la Revolución Federal, obligan a este a salir al destierro; magnífico que va a refundar nuestro glorioso ejército sobre las bases del Ejército Libertador bolivariano y de los principios guzmancistas (de Antonio Leocadio Guzmán) y zamoranos del general del pueblo soberano Ezequiel Zamora; los factores sociales contrapuestos se hacen de un sólo estandarte y de una sola misión: la patria nueva, la patria bolivariana, la educación popular, la estadística nacional con los primeros censos y la verdadera universalización del nombre de una Venezuela Federal y revolucionaria la uniformidad para el desarrollo urbanístico, la unidad monetaria nacional: El Venezolano oro y El Bolívar plata; la siembra de los valores sustentivos en los factores soberanía e identidad nacional, especialmente al transformar la canción Patriótica “Gloria al bravo pueblo” en Himno Nacional de Venezuela, fomento de la economía nacional; haciendo la visible a gentes de otros países como con la Gran Exposición Universal (1883), las redes ferrocarrileras, la industria mineral, el uso de los caminos del mar y las empresas de navegación marítima fluvial. El Septenio (1870-1877) de El Quinquenio (1879-1884) y del incluso Bienio (1886-1888) del largo período del general Antonio Guzmán Blanco, a regímenes personalistas una vez más.
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Ya se había legislado mucho sobre el Ejército y la Marina de Guerra, no cabe duda, pero es el general Guzmán Blanco quien se ocupa de mirar lejos en cuanto a la organización armada y en lo referente a la cultura, pues en el mensaje de 1873 expresa que “la educación como asunto de interés nacional no había ocupado en Venezuela la atención de ningún gobierno anterior al presente” y reactiva un compromiso socio-militar, ya que aunque la Milicia Nacional había sido decretada desde el 2 de octubre de 1830 como la reserva del ejército y que con atribuciones de defensa local en una emergencia podría reemplazar a la fuerza permanente si esta fuera golpeada en acción, no fue sino hasta 1882 cuando el progresista Código Militar guzmancista, que se le dio verdadera condición de Ejército de Reserva, así como favoreció el Jefe del Estado el fomento de todas aquellas instituciones destinadas a la formación de oficiales, a la capacitación al máximo de los mismos y a la enseñanza del arte de la lectura y la escritura en los cuarteles.
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Un trato preferencial para los altos oficiales del Ejército y de la Marina de Guerra, al lado de los jerarcas de la economía que había consolidado la Oligarquía Conservadora originó que en 1899 un soldado de las armas y de las ideas revolucionarias, tomara el poder con un lema popular “nuevos hombres, nuevas ideas, nuevos procedimientos”. Nace la Revolución Restauradora.
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Ya el viejo imperialismo europeo sediento de usufructos económicos, despiadados y funestos, de la mano con el joven y fogoso imperialismo estadounidense, comienza a socavarle las bases al nuevo régimen del desafiante líder social y Presidente Constitucional general Cipriano Castro. Ciertos grupos de extranjeros, hambrientos de las riquezas de la tierra y del erario, auspiciaron, proyectaron, conformaron y echaron hacía la carnicería de la guerra civil impresionante y mortífera a los venezolanos que se dividieron en dos bandos irreconciliables: los partidos del comando nacionalista restaurador con un ejército de 8.000 hombres leales al país, a la nación y a la autodeterminación de los pueblos y otro ejército conformado con los disidentes antipatriotas, con los resentidos y con tropas particulares de caudillos regionales; era el ejército de la mal llamada Revolución Libertadora que a fuerza de dinero de banqueros alemanes, ingleses e italianos había logrado concentrar 16.000 hombres que fueron derrotados en la batalla de La Victoria el 3 de noviembre de 1902. Ya heridos de muerte porque no soñaban patria trataron de reagruparse en Ciudad Bolívar, pero mordieron el polvo del fracaso el 21 de julio de 1903. Ejército y Armada, unidos, pues todos eran soldados del pueblo, tanto como el Jefe de esta gran Jornada, el general Juan Vicente Gómez como la oficialidad y las tropas, sellaron en tumba impenetrable la tragedia de la guerra civil y de los falsos caudillos regionales fáciles de ser asalariados por los imperios que ante este descalabro bloquearon nuestros puertos y causaron graves daños al país desde diciembre de 1902 hasta julio de 1903, pero fueron vencidos. La unidad de pueblo y la Fuerza Armada los aniquiló, especialmente en las acciones de mar y tierra libradas en la Fortaleza San Carlos, frente a la ciudad de Maracaibo, donde dos de los acorazados alemanes sufrieron daños substanciales debidos a los cañonazos de los patriotas venezolanos.
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De aquí hasta 1908 el régimen nacionalista del general Cipriano Castro tuvo tiempo y espacio para consolidar un proceso de positivas realizaciones, más su compañero de causa, El Vicepresidente de la República, general Juan Vicente Gómez se dejó sobornar por intereses nacionales e internacionales y en una desestabilizadora conspiración auspiciada por la New York and Bermúdez Company “y otras compañías norteamericanas y francesas” lo sacó del poder el 19 de diciembre de 1908 cuando se encontraba en Europa en búsqueda de salud.
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Caracas, 28 de noviembre de 2005
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Rafael Ramón Castellanos
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1 comentario:

Isabella Cooz dijo...

Hola señor Rafael, espero se encuentre muy bien. Le escribo porque estaba leyendo algunas cosas en su blog y me di cuenta de que usted sabe algo de la historia de mi familia, y desde hace tiempo que estoy averiguando esa historia. Yo soy nieta del difunto José Jesús Cooz, hijo de Mercedes Cooz, y quisiera saber si usted sabe de dónde proviene el apellido, si el papá de mercedita, es decir el abuelo de mi abuelo, era extranjero. Quisiera saber si puede aclararme esas dudas porque estoy intentando obtener pasaporte europeo y me hacen falta algunos datos. Muchas gracias. Si puede escríbame a mi correo isa_cooz@hotmail.com. Saludos.