julio 31, 2010

RAFAEL RAMÓN CASTELLANOS, GRAN PULPERO DE LIBROS

.
.
“El librero tendrá siempre su espacio y futuro económico”


Miles de textos ordenados rústicamente, polvo, humedad, clientes en busca de cultura y tres asistentes, son los elementos que componen una de las librerías más necesarias de Caracas, el sueño hecho realidad de Rafael Ramón Castellanos, un librero singular.


El contraste entre dos culturas se hace latente en Chacaíto. A sólo una cuadra del Boulevard de Sabana Grande, donde miles de personas pasean a diario entre los puestos de buhoneros, agobiados por el denso aire, el ruido que genera la libre competencia entre vendedores de CD’s piratas, la basura y la falta de orden público, se encuentra el sótano donde reposan, en viejos anaqueles o en cualquier espacio libre, 650 mil ejemplares de libros, cada uno con su historia, envueltos en el polvo que pareciera darles valor y ubicados en la lúcida memoria del doctor Rafael Ramón Castellanos, el librero de La Gran Pulpería de Libros.

Sentado en un viejo sillón de semi-cuero deteriorado por el uso, al lado de un escritorio de los años 70, cubierto por libros, folletos, papeles, una calculadora Casio, un Lápiz Mongol con la punta desafilada y una libreta de facturas con un sello que lleva el nombre de la librería, todo ello rodeado por libros, muchos libros llenos de invisibles ácaros, y ambientado con una tenue iluminación y una suave música de piano bar, el doctor Castellanos -Rafael Ramón para sus amigos-, recibe a cada uno de los clientes que frecuentan el lugar: intelectuales, estudiantes, bohemios, políticos, profesionales y personajes influenciados por las artes y el espectáculo, y los guía en la búsqueda de la información requerida. Toma el micrófono de un altavoz conectado en una pared cercana para solicitar la presencia de cualquiera de sus tres asistentes (Yuliana, Henry o Janet) a fin de que atiendan a los visitantes. Orientados por el director-gerente bajan las escaleras, y como a él le gusta decir “descienden hacia la cultura”. Así, entran en el mundo de las letras, en la magia de los libros.

La pulpería de Don Eugenio Montilla en los años 40 fue su inspiración. De pequeño, allá, en su Trujillo natal, en los suburbios de Santa Ana, el pueblo donde se abrazaron Bolívar y Morillo, soñaba ser como el admirado comerciante: independiente, dueño de la pulpería y útil a muchos. Llega a Caracas en 1954, cuando comienza los estudios de Periodismo en la universidad Central de Venezuela, una pasión que nunca ejerció. Más tarde, siguió los cursos de Derecho (no presentó la tesis) y, por si fuera poco, Filosofía y Letras.

Más allá de la admiración que manifiesta por reconocidos venezolanos: José Gil Fortoul, Pedro Grases, Rufino Blanco Fombona, Laureano Vallenilla Lanz, y demás escritores y poetas nacionales e internacionales, expresa su inmensa devoción por una pequeña bisnieta, cuya dulzura, bondad y paciencia no dejan de recordarle a su madre.

-¿Cómo nace la librería La Gran Pulpería de Libros?
- Cuando llegué a Caracas conseguí un trabajo en un puesto a 100 metros de aquí, de un ex Embajador Argentino. Era la librería Viejo y Raro que se había fundado en 1952. Más tarde, en 1962, creé mi propia librería con los conocimientos que había adquirido: Librería de Historia, ubicada en la Esquina del Carmen en el Centro de Caracas. La vendí a mis hermanos 1976. Pedro murió, pero Jonás continúa encargándose de ella. Enseguida, compré el local en el edificio Pasaje Zingg, donde se fundó La Gran Pulpería de Libros y permaneció durante 20 años. El 1 de septiembre de 2001 la mudé para acá, a la tercera transversal de las Delicias de Sabana Grande con Avenida Solano López, cerca de donde comencé este edificio.

Don Rafael interrumpe la conversación. “Aquellos personajes que se encuentran en el fondo de la librería, ¿los conoce?”. [Una toz seca, producto de las 5 cajetillas de cigarro que fumaba diariamente cuando joven, se convierte en una constante]. “Se trata de Gerónimo Carrera Damas, hermano del historiador; Manuel Delgado, economista; Max Robinson, profesor canadiense y apasionado defensor de la revolución cubana; y Alejandro Gerendas. Como verás la derecha y la izquierda se mezclan en ese debate. Ellos vienen a conversar con frecuencia. Así hacen muchos. Aquí les ofrecemos café y galletas y se quedan horas discutiendo sobre historia o política”.

-¿Quién es el que más frecuenta la librería?
-Manuel Caballero y Simón Alberto Consalvi viene muy seguido. Son dos grandes personajes. En realidad vienen de todas partes y de todas las inclinaciones políticas. Aquí he tenido encuentros muy bonitos, desde los militares de la plaza Altamira, hasta el general Lucas Rincón. Yo me llevo bien con todos, con los civiles y con los militares, con los de izquierda y con los de derecha.

-¿Qué nos puede decir de sus simpatías políticas?
-Hoy en día no comparto los criterios de la oposición. En 1998, le escribí una carta al presidente Herrera Campins, con quien trabajé durante su gobierno, donde explicaba mis razones para dejar de apoyar a Irene Sáez y unirme al movimiento del presidente Hugo Chávez. También trabajé con el presidente Caldera, y el presidente Velásquez, y ejercí algunos cargos diplomáticos durante sus gobiernos.

De pronto aparece un joven barbudo de aproximadamente 35 años, entra a la librería y busca una cámara Leica de los años 60. Se presenta como Jorge Díaz y dice que lleva un programa de televisión y otro sitio de radio. Se dirige al doctor Castellanos:
-Vine ayer y me conseguí esta cámara entre la cantidad de objetos que están a la venta, pero me dijeron que el único que le puede poner precio es usted, ¿Cuánto le calcula?
-Vamos a ver…, contesta de manera pausada Don Rafael.

-¿Qué escribe en este momento?
-Un libo sobre Simón Rodríguez como pensador universal. Lo estoy terminando. Posiblemente lo publique el año que viene. Es el libro número 64 que escribo. [Una sonrisa sutil demuestra en tanto de nostalgia]. El primero era de poesía, lo publiqué en 1951. Se llama Canto Azul.

-¿Le ha dado lástima alguna vez la venta de alguno de sus libros?
-El otro día vendí Los Primeros Tratados de Teología, de 1557. Me dio mucho dolor venderlo. Yo tengo una colección de libros antiguos. Son mis preferidos.

-¿Nunca ha pensado en comenzar una base de datos electrónica, no cree que pueda ser necesario en un futuro?
-Sí, se ha hecho dos veces, pero ambos proyectos han fracasado por fallas humanas. En el primero se contrato a unos muchachos, se fueron con las claves, nunca regresaron y no hubo manera de recuperar las informaciones. El segundo también fracasó, no se le dio seguimiento y se perdieron los datos. Tenemos una lista para facilitar la ubicación de cada uno de los libros, pero debemos actualizarla.

-¿Todo está en la memoria?
-Pues si, en la mía, en la de mis asistentes y por su puesto, en la de mi hijo Rómulo. Él se encarga junto conmigo de la librería. Es abogado pero no ejerce. Le gusta escribir y es analista político. Hoy domina la librería tanto como yo.

Con la amabilidad que desborda de su personalidad, hace un silencio y ofrece un almuerzo sencillo, unos pollos a la brasa de un negocio cercano. AL rato llega Yuilana e informa que está servido. Ahora la entrevista cambia de escena. Tras atravesar los húmedos y estrechos pasillos, aparece un letrero que dice “no pasar, sólo para el personal de la librería”. Una vez adentro, un escritorio similar al anterior, dos platos y dos refrescos sobre él, rodeado de una colección de botellas y latas antiguas, son ahora el nuevo escenario. Una llamada a su celular capta ahora toda la atención.
-Si ya te averiguo, ahora te devuelvo la llamada… [Castellanos cierra el celular y aclara tras ingerir un sorbo de la gaseosa].
-Era el presidente de un reconocido instituto del estado, quiere regalarle una colección de lujo de Los Miserables de Víctor Hugo al Presidente de la República. [Continúa con un bocado de pollo cubierto de guasacaca].

-¿Cuál cree usted que es la mayor falla de las nuevas librerías ubicadas en los centros comerciales?
- El caso venezolano es muy malo en ese sentido. En esas librerías no hay libreros, son vendedores de libros. EL CENAL ha intentado entrenar a libreros, pero ha fracasado. Las nuevas tecnologías en vez de beneficiar en ese aspecto, lo que hacen es perjudicar. No hay interés. Se ha dado una involución. El cliente llega a cualquiera de ellas y el vendedor se basa tan sólo en lo que le dice la máquina, no va más allá.

-El librero La Caverna de José Saramago se refiere a aquellos oficios u ocupaciones que con los desarrollos y las nuevas influencias del mundo moderno se tornan inútiles, ¿cree que el de librero podría ser uno de ellos?
-El librero tendrá siempre su espacio y futuro económico. Si se sabe cultivar al cliente y lograra que se entusiasme con la lectura, con los clásicos, y así sepa escoger más allá de los best Sellers, de lo que han llamado las hamburguesas literarias, las letras para las masas, entonces es posible que esta profesión nunca muera. La Gran Pulpería de Libros tendrá siempre su público, esa numerosa clientela interesada por las obras de calidad.

Entrevista realizada por María Alexandra Sucre, el 1 de diciembre de 2004.
.
.
.