septiembre 25, 2009

LAS MUDANZAS Y LA GENTE DEL PUEBLO

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Siempre me ha intrigado la cantidad de sitios dentro y en las cercanías del pueblo, en donde habité bajo la rígida y provechosa disciplina de mis padres y en compañía de ellos, mis hermanos y mis hermanas, a veces mi tía Eugenia, o Leopoldina Viloria, una prima de mamá, y Ángela primero y, luego, Juana, las dos muchachas que ella formó y que luego, casaderas, nos dejaron aferrados al llanto a raíz de esas ausencias. ¿Por qué nos mudábamos tan frecuentemente si otras familias no?, pues recorro la geografía espiritual de la región y encuentro que don Eugenio Montilla siempre vivió con familia y pulpería en El Alto de Esticayí y después, quizás por 1948 –ya yo estaba por Boconó- se trasladó a la casa grande de la entrada hacia El Alto de Las Bruscas y El Valle Abajo frente a la de don Domingo Montilla que, además, albergaba en la parte de atrás, como en otra vivienda a la familia Olmos que por cosas del destino estuvo distanciada de la mía, pues en los mismos días en que yo nací allá en El Blanco, venía al mundo en este hogar una niña a la cual bautizaron Isabel, cuyo papá no era otro que el mío; don Rodulfo Andrade al costado del sitio anterior, hasta su muerte y su casa de familia, la de mi madrina doña Georgina Altuve de Andrade, por allí mismo, quien en 1944 se mudó para una vieja mansión de dos pisos en una parte, donde había muerto súbitamente la maestra carachera doña Romelia Aponte de Pacheco, entre la Casa de Corredor y la Iglesia.

Siempre en todos los tiempos tuvieron la misma residencia, don Emilio Pacheco, su esposa doña Juliana y su hijo Nicolás, pues Matilde se casó con don Octaviano Barreto, quien puso casa aparte; lo mismo Melecio Pacheco y sus hijas Zoila y Angélica, que después ésta casó con Benito Briceño; que por ahí está la descendencia, Miriam en especial, también educadora, dinámica facilitadora social y cronista del pueblo con ética y moral; la de doña Clarisa de Andrade con la compañía de la señora Olimpia y sus hijos, en especial José Felipe, también ejemplo en la didáctica y en la pedagogía y, en esta misma casa Braulio Andrade y sus hijos Ernesto y Braulio; desaparecida doña Clarisa, años después la ocupó Ramón Vale, de los Vale de doña Elba González, la cual ocupó vivienda al lado de la de doña Blanca Cooz, aunque sus hijos Juan Antonio, Cesar y Celia hicieron casa aparte, en especial la dama que casó con Emigdio Perdomo y habitó la misma vivienda hasta sus días finales; la de José Miguel Cortés y Teresa Villegas su consorte, que allí se le incendió la cunita a la niña Ligia, de apenas meses de nacida y sobrevivió gracias al Ser Supremo y a Efigenio Castellanos Pérez, mi padre. Lo mismo la de doña Fidelia Castillo de Artigas, la de Ño Pedrón, que así llamaban a don Pedro Torres y sus hijas, amigas y compañeras de mamá auxiliándole en el lavado y planchado de la ropa; la de don Rufino Sequera y su esposa, mi tía abuela Isabel Pérez González; la de don Wenceslao Cortés Angarita y su consorte mi también tía abuela Victoria Pérez González; también la de Baldomero Pérez y su compañera Eulalia Materán, con sus hijos, Simplicio Antonio, Petra, Andrés, Ramón y Baldomerito, ya hablaré de esta insigne mujer.


Así, sucesivamente, la de Pablo Antonio Andrade, don Elías Sánchez, Rafael Sánchez Pacheco, Juan Pablito Vásquez, Débora o Dionisia Andrade que crió a José Ángel, a quien recuerdo nervioso, hiperquinético, cazador de conejos en el cementerio viejo; la de Tonino Sánchez, Luciano Caldera, Rita Villegas y Eloisa Caldera en la vía de El Limón, Pedrito Sánchez, Ceferina Andrade, Victoriano Pacheco, Francisquita Montilla, que su hijo adoptivo, Gonzalito casó con Ramona Valbuena, la cual enviudó pronto y tiempo, después formó hogar con el artista y maestro Ulises Ferrini por la calle Páez frente a la casa actual de mi prima hermana Espíritu Sánchez, viuda de Godoy. Ramona era hermana de Teófilo Valbuena, a quien siempre le colaboramos, pobremente, en su ceguera total y en sus angustias de ermitaño; la de Antonio Artigas que bajó de El Vitoró, al lado del cementerio de los pomarrosales y se ubicó enfrente del cuarto de Juan Ramón Briceño; en su casa que fue vecina de una de las que ocuparíamos los Castellanos Villegas, falleció una mujer joven, negra preciosa y afanosa que un mal día amaneció en un alarido que nos trastornó a todos, pues así padeció durante meses hasta que se alivió con la muerte; al frente un cuarto de estudio, porque era realmente estudioso, de Juan Ramón Briceño Paredes; y de allí hacia el norte ni una casa sino gruesos tapiales que llegaban casi hasta el patio de la vivienda de Ceferina; abundaban en este sitio los conejos de monte, las perdices los jumíes, impasibles pájaros negros, y los cardenalitos, pues que el cableado de la luz eléctrica y del telégrafo era escenario de cientos de golondrinas. La de los Mazzey, que fue morada de Juana Antonia Paredes de Castellanos, viuda que era de tío abuelo José Antonio Castellanos Perdomo, con sus hijas Ana Jacinta, Ramona y Consuelo.

Al frente de la de mis primas la de don Francisco Capozzoli y su esposa doña Amelia Vale González; la que tenía alquilada Ramón Godoy Castillo, en donde murió de parto primerizo su esposa Socorro Montilla, esbelta, larga y bella, muy parecida a una vecina que casaría con Pablo Antonio Andrade y que bien pronto también moriría de igual motivo, la Casa Verde de doña Victoria Villegas Pacheco de Sánchez Pacheco, la del catire Emiliano Sánchez, la de tienda de don Miguel Tálamo regentada por don Pablo Azuaje, la de Victor Muñoz al frente, calle por medio del negocio de don Fernando Toro y por la calle de atrás, donde se mira hacia El Hato desde los solares, la de Margarita Villegas, José Rafael Villegas, Elbano Caldera, la pulpería de Eustasio Gudiño, pariente mío por parte de madre; la de Ricardo Gudiño; en la esquina a El Limón, diagonal a los gruesos tapiales de un solar grande de los Sánchez y al pie del cafetal de Susana, la madre de Víctor Pacheco, siempre silencioso y paciente y después maestro de escuela de labor constante; en la otra calle de atrás, con vista a Escun y El Páramo, la de Modesto Villegas y Mariana; cuesta abajo la de Lorenzo Sánchez Pacheco. De la de Margarita Villegas hacia El Albañal, la de Ramón Godoy con sembradíos conucales; un poco más arriba la de Santos Castillo a quien le decían Santos Cayeto, fabricante de empanadas inmejorables.

También siempre fue la misma residencia la de don Faustino Flores y su esposa doña Blanca Cooz, la de doña María José de Godoy, la cual era un Ateneo florido con hijas e hijos artistas del pincel y de la música; la del señor Quevedo, casado con Isaura Villegas, en donde después vivió don Carlos Queremel, coriano, músico y telegrafista, la de las Castillo, con Diega, Isabel y Agapito, así como Josefina Sequera, a la cual criaron y de quien nació un hermano mío de nombre Francisco Sequera -Chico Malo- entre enconos, disparos, refriegas y un carcelazo para el intruso Efigenio Castellanos Pérez; la del citado Tálamo y doña Fabriciana Pacheco, su esposa; la de la señora María Antonia Valderrama, viuda de Castellanos; por cierto que al pie del solar, de estos últimos, en la calle Páez, las residencias de Eustasio Rodríguez, Adela Rodríguez y la prosapia de otro familiar por parte de mamá al que más que por su patronímico conoceremos como Juan Rico, la de los Tálamo Santander; la de don Domingo Ferrini y familia, la de las hermanas Santander, hacendosas y de sensibilidad artística también; así como Francisco, hermano de ellas, quien tenía casa aparte por El Limón; ellas criaron a Crisanta Materáno; que allí tuvo a su niño Emiro, hijo de un hito de amor con el maestro Enrique Canelón Cestari; la de don Fernando Toro Sánchez y doña Crisanta; la de don Miguel Gudiño, indio puro e inmaculado y de su esposa doña Narcisana Villegas, con varias hijas, y entre ellas Santos, camarada en la escuela, y un único varón, Miguel Enrique; la de las Fernández al frente, cuyos nombres eran Hilda, Reginita y un nombre que se me escapa; las que no sé porqué llamaban Las Taparitas que criaron a José Hilario García, poeta locuaz y malabarista; la de doña Regina de Cooz, casa de familia y de pensión, de fonda y de jolgorios navideños; la de Ramón Pérez y familia, la de Juan María Villegas y la señora Pastora con la familia, la de Bernardo Acevedo, el peluquero, la de las Rodríguez, quienes criaron a Antonio Ramón Paredes; las casas grandes de mi abuelo materno, que en apresurada partición se perdieron, situadas una al lado de la de los Gudiño y la otra, frente a las Rodríguez; la de don Francisco Cestari, la de Guillermo Vásquez, su venta de carne, con sus hijos Juan, el guitarrista y Vale Toño, don Félix Segovia, su esposa e hijos que una de las hembras María Balbina fué compañerita en la escuela.

Al frente una casa de pocos metros de frente, pero alargada hacia el fondo donde las fiestas patronales del mes de julio era ocupada por sus dueños, así lo suponíamos, y ello causaba protesta virulenta del cura párroco Bertolomé Ocanto, de las familias de los alrededores y hasta de la misma policía, pues llegaban las señoritas complacientes que aunque de allí mismo, vivían en Trujillo o en Valera ¡Qué de altercados! Y los contusos y los heridos los atendía Efigenio Castellanos Pérez, a 30 metros, pues ya tenía botica y el Dispensario en la esquina diagonal a la Casa de Corredor, donde antes instalaban una buena tienda, entre junio y agosto, Santiago y Lorenzo Artigas Castellanos, primos hermanos de mi padre y prósperos comerciantes en la ciudad de Valera; la de los Villegas, nueve hermanos entre mujeres y varones y la de doña Victoria González de Pérez, mi bisabuela y algunos de sus hijos e hijas; teniendo en la esquina, separado de la casa grande por una gruesa pared y una puerta “condenada” las habitaciones mi tío abuelo Benjamín Pérez González, viejo capitán de nuestro ejército; más hacia el sur, la vieja Casa de la Cárcel, Jefatura Civil y callejón por medio las hermanas Paredes, al frente la familia de Ana Dília Vásquez y a un lado de la de estas, la de Rafael Vergara y su familia.

Atrás de la iglesia, hacia el fondo de La Joya un inmenso caserón escondido entre árboles y camburales, donde habitaba el padre Bartolomé Ocanto, quien también disponía de la Casa Cural que, según los entendidos, le disputaba a la casa de los Perdomo, descendientes de un prócer civil de la independencia, Matías Perdomo, el privilegio de haber sido el hospedaje tanto del Libertador como del general Pablo Morillo aquel 27 de noviembre de 1820; en esta vivienda murió hace poco tiempo la pariente Julia Perdomo de Montilla. En la calle de más al fondo, entre la iglesia y un callejón hacia El Tanque, la casa de una señora a la que llamaban La Chonga, más a la izquierda la que después fue de Modesto Castellanos, mi primo, viejo, achacoso y un poco “extraño” y, metida entre el monte y un cerrito la de la señora Leal, con sus hijos Nicolás, del cual hablo en otra parte, a quien llamaban El Moreno, otro que se fue para la Marina, nominado El Mozo, el cual murió en un navío de guerra y Justiniano, El Chiche, que casó con Victoria Segovia. Por el lado de la calle Sucre, al pie del solar de éste la de Ramón Lameda, la de otra partera a quien Pedro y yo llamábamos Mama Angustias, quien era abuela de uno de mis compañeros de travesuras Juan Estrada; más abajo la de las Valera: la niña Olimpia, la niña Fidelia y Mano Goyo, que quizás nunca supimos que de pila su nombre era José Gregorio Valera. Hacia la iglesia la de Rosita Pineda que crió junto con sus hijas a Omar Pineda después extraordinario periodista y Rosalía Pineda, a José, Manuel y Fermín, hijos de Sinforiano Cáceres, quien había enviudado de una hija de la matrona de la casa, la cual vivía con sus otras hijas Ana Cristina, Carmen y Josefa, cerquita, solar por medio, la de don Ramón Segovia y Dídima Montilla, su esposa, la cual murió de parto creo que en 1943 y ahí está el niño de entonces, “el compadre Jonás Segovia Montilla” como dice mi hermano Jonás José Castellanos Villegas, casa que ocuparía después Carmen Antonia Segovia Montilla; la de la familia Terán que cuánto recuerdo a Adelis y su lealtad; la de Isabel Sequera Castillo, con sus hijos Servando y Antonio, casada ya con un fotógrafo ambulante de apellido Vetencourt, quien pasaba la vida de pueblo en pueblo, siempre visitante durante los días de las fiestas patronales; luego la de don Antonio Antequera, esposa e hijos e hijas y entre estas, Inés, una de mis compañeras en la escuela y el varón y al que conocíamos como Antequerita, el Toñeco. La de don Máximo Vásquez y más tarde, colindante, la de mi padrino Rafael Perdomo y su consorte, mi madrina Soledad Andrade Altuve -Solita entre los más íntimos-.

Sería larga la mención de todas estas viviendas en mi época de niño porque la geografía espiritual si no se cultiva tiene zonas que se van achicando y se hace poderoso el olvido, mas continuemos: en la calle Páez, la de Merceditas Cooz y su ejemplo fundamental en los hijos José Jesús, Alejandro y Rosaura; la de Agapito Terán y su esposa Carlina Perdomo, quienes dieron entre su progenie a dos insignes médicos Juan Bautista y Antonio Terán Perdomo; la de Juan Briceño, que más lo conocíamos como Juan Ciénaga, pues venía de este sitio en los alrededores de La Becerrera y sus hijos Roseliano, Edelmira, Angélica, Elide e Isidra, quienes después harían familia aparte, especialmente el varón con su matrimonio con doña Josefina Andrade y la última de las damas, sacrificada mujer de mil méritos, casada con un primo hermano de papá, Segundo Castellanos Saavedra, tan lleno de irresponsabilidad familiar; la de las Santiago, especialmente Julia, a la que tanto quise porque sabía estimularme en mis largos cuentos de lo mítico maravilloso; pero volvamos a la Calle Arriba, que de la casa de Corredor hacia el sur así la distinguíamos pues era la Calle Abajo, la que terminaba en la casa de Ceferina Andrade, donde comenzaba El Vitoró; esta Calle Arriba llegaba hasta la vivienda y tienda de don Hilario Sequera, ya que aquí comenzaba Santa Rita.

En esta Calle Arriba, que era la calle Bolívar, citemos las viviendas del señor Amador Godoy; la del señor Juez, don José Manuel Barreto, y sus hijas Ramona y Daría, ésta casada con el súbdito italiano don Víctor Siervo, pero también ésta era la residencia de Tito González y su familia, a veces, así como de Marcos Ortiz que casado luego con Griselda Andrade Altuve hizo hogar en la casa de El Limón, y son los padres de Chemaría Ortiz, a quien le gustaba que lo llamaran El Chaco, que así molestaba a sus tías, especialmente a doña Josefina Andrade Altuve de Delgado.

En medio de estas dos viviendas estaba un patio con rosas, pensamientos, hortensias y tu y yo, que llamaba la atención y al fondo la morada de doña Toña Román de Flores y entre sus descendientes Chela que casaría con Antonio Álvarez un personaje que llegó al pueblo como Jefe Civil en ¿1946?; también Alba Marina, pero en especial allí vivía una dinámica facilitadora de actividades culturales que hacía veladas, que organizaba sesiones de teatro, canto, manualidades, cestería, cerámica, clases de pintura y dibujo y tantas cosas más: era Victoriana Flores, esposa del señor Quintilio Román y familia también de la niña Lucía Flores quien era la Directora de la Escuela de Corte y Costura junto con Conchita Tálamo, Subdirectora; muy cerca la de doña Adelaida Matheus y su hijo José Jesús, quien sería un eximio educador, sitial donde después vivió Tomás Barreto y su esposa y pared de por medio una casa que le construyó Demetrio Villegas a Imelda, de la cual hablamos en otro lugar, pero este personaje y ella, ya con prole, se fueron del pueblo, entonces la ocupó el telegrafista Valera Ochoteco.

La del coronel Benjamín Marín y su familia, la del señor Juan Villegas Angarita, la de las señoritas Julia, Josefa y Conchita María Domínguez; la de Parmenia Villegas, pariente por parte de mi madre con su hijo Julio Luis Andrade, al cual reencontraría en Caracas en 1954 al lado de Elio Villegas y entrambos en actividades fílmicas con Bolívar Films; por cierto que en esta casa vivió mi padrino Rito Briceño, quien como digo en otra parte murió de extraña enfermedad, de la cual fallecieron después, ya que la vivienda la ocupó mi tío abuelo Luis Felipe Pérez González, dos o tres de sus lindas hijas; la de Juan María Santiago, viejo juez, con su familia, especialmente don Pedro León; en la esquina, calle por medio de la de Ramón Colmenares, que después ocuparía Manuel Graterol, la de mi tía abuela Isabel, la cual era madre de Otoniel, ejemplo de buen comportamiento ¿Sería verdad que este primo era hermano por parte de padre de don Pedro León Santiago?; por los lados de El Tanque la de Jacinto Benítez, con negocio que antes fuera de Sebastián Villegas Marín; la de una elegante señora solitaria, cuyo hijo se había marchado hacía Caracas, la cual no se porqué la llamábamos La Malacantana; la de José Dolores Quevedo y otras viviendas más de cuyos moradores he perdido la remembranza, la de Nicanor Fernández casado con una hermana natural de mi madre, Dolores Aldana.

Al lado de la Casa Cural o Casa Parroquial, la vivienda del maestro carpintero Rafael María Castellanos Perdomo y de Carolina Pérez González de Castellanos, mi abuelo y mi abuela paternos; vieja casa que ocupara el bisabuelo Saturnino Castellanos de La Torre y que perteneció a los Castellanos hasta el año 2000; más allá la de las Santiago y en las cercanías la del también maestro carpintero Pedro Aldana, a quien ví una tristísima mañana de mayo salir del pueblo amarrado junto a todos los de su hogar, uno detrás del otro y, así, sucesivamente, entre policías y guardias nacionales, y con ellos Pedrito, mi compañero de escuela, a quienes a pie se los llevaron para Trujillo desde donde, dicen, los sumaron a la caravana de enfermos que llevaban para la isla de Providencia, en el lago de Maracaibo; poco más adelante estaba la casa del señor Pedro Ocanto, quien llegado de su escondite en las montañas de La Pica y El Pie, en un arrebato de locura, pues se le perseguía supuestamente por ser lazarino, apuñaleó a la esposa, la cual murió en el acto. Creo que esto fue en enero de 1940; callejón de por medio la casa de Aquilino, compañero en la escuela alguna vez, repartidor de la correspondencia que llegaba a la Estafeta de Correos y de cuya familia no tengo otros recuerdos; ya aquí la calle tenía y tiene al frente el alto muro de la Plaza Armisticio. A 50 metros hacia el sur, que es la vía hacia El Pozo, El Llanito y Los Guamos se unen las calles Bolívar, Sucre y Morillo que así está en la nomenclatura la de El Tanque.

Por el otro costado de la calle, al lado de la del señor Amador Godoy, la de mi tío abuelo Alfonso Pérez González, siempre llorando la muerte de su esposa, casa que después fue la de mi padrino Guillermo Andrade y de doña Nice, la esposa, de la cepa de los Villegas Román cuya familia vivía más hacia la Casa de Corredor y de los cuales recuerdo a Luis que una vez llegó para la navidad, uniformado, pues ya era subteniente de nuestro Ejército; su gorra con escudo y ribetes dorados me la puso Teresita, una hermana de él, pero, por sobre todo vuela mi memoria a una tragedia que mi hermano Pedro y yo la vivimos en la alborada dominguera después de haber asistido a la misa, pues junto a la iglesia jugaban béisbol y el primer altercado sucedió en la almohadilla de primera base que la cubría mi compañero de aula Fernando Toro Sánchez, pues al batear Nino Artigas corrió sin éxito para embasarse y cómo resultó ao (out) tomó dicha almohadilla, que era un ladrillo, y golpeó en la espalda al contrario, mas con la intervención de Juvenal, el sacristán, se solventó el asunto; sin embargo más tarde cuando bateaba Juan Vicente Ocanto se le escapó el madero y golpeó en el pecho a Benjamin Villegas, quien cayó al suelo, pero se recuperó inmediatamente. Pasaron los días y al amanecer del lunes, siguiente a la inauguración de una exposición de manualidades en la Escuela Federal Graduada “27 de noviembre de 1820” alguien buscaba a papá, de urgencia, porque “Benjamincito no puede respirar”; fueron inútiles los desesperados esfuerzos del práctico médico chamarrero y de toda la familia, pues el joven amigo moriría antes de caer la tarde. Soportó dolores y penalidades sin decir nada hasta cuando ya no resistió más.

Al lado de la morada de mi padrino Guillermo puso un negocio de vida efímera Ramón Ocanto, quien a raíz del suceso trágico que ya narré, se quitó este apellido y simplemente comenzó a hacerse llamar Ramón Méndez; pronto este lugar fue ocupado por un comerciante corpulento, áspero, fuerte y rudo llamado Bonifacio Vásquez, compadre de papá, casado con Mariíta Castellanos Saavedra, mi prima segunda; la casa contigua era la doña Filomena Sequera, casada con Justiniano Paredes, personaje que se había marchado del pueblo y la dejó con dos hijas a las que muy bien supo criar, Carmen que casaría con Ezequiel Andrade y Dulce María que sería la esposa de Demetrio Azuaje.

Seguidamente la casa grande de Fernando Castellanos Perdomo, hermano de mi abuelo, casado con doña Carmelita Saavedra y quienes vivieron a la espera del regreso del hijo mayor, Benigno, el cual un día cualquiera se ausentó sin dejar huella; mas en la subida hacia Santa Rita la casa de aquel viejo de barbas blancas, alto, ojos azules y gran jugador de bolos, del cual nada más recuerdo y enseguida la vivienda de Rita Terán, con varios hijos e hijas, a los que bien formó labor de afanosa hacedora de aliados, especialista en materia prima para el mondongo dominguero, en aderezar vísceras de res y en hacer exquisitas morcillas; por allí mismo, la vivienda de alguien a quien conocimos como Eusebión, del cual se tejían historias de su valor, de sus venganzas y de su arriesgado temperamento y entre muchas otras casas más hacia la ruta a Trujillo la de Chico Sánchez, su pulpería y su familia; de aquí en adelante el camino hacia La Plazuela, con una vivienda en El Pozo, que pertenecía a otra mujer trabajadora la cual ya cité, María Pragedes; del Llanito de las Mujeres sólo evoco la fracasada curtiembre de Justiniano Paredes y años después la casa y el negocio de Salvador Artigas.

Casas de los aledaños, casas campestres sobre la majestad limítrofe del pueblo, más allá de las últimas del callejón de El Peladero, llegando a la quebrada la de Ceferino Vitorá, al cual me unió el cariño de siempre, de uno de sus hijos, el valiente, peligroso, rápido y calculador José Vitorá, a quien siempre le aplicamos el mote de Estoraque y quien, para mal y para bien, tuvo una agitada vida entre cárceles –hasta la de El Dorado- y lances personales. Otra amenísima casa de campo, la de Efraín Andrade, en San Pablo, zanjón hacia El Hato, donde había flores, conuco, muchas matas de guaje y berros en las orillas de la cristalina corriente; otra, la del pariente Ramón Pacheco, entre La Arenita y El Blanco, que un poquito más abajo construyó vivienda Santos Pacheco cuando casó con Esther Caldera; la casa escondida entre maizales y cujíes de Ramón Táchira, hacia El Cujizal; la de Patricio Villegas, de memoria extraviada el pobre pariente, allá abajo en El Zarzal o El Espinero, de la vivienda de mama Rita Villegas hacia el Cangilón de La Joya; así como la de Pragedes, en El Pozo, de la cual, en la sabana que seguía al patio, basamentó un campo de beisbol, Omar Fonseca, con un hermano de Josefina Blanco, quien tenía vivienda frente a la de don Victorio Infante, que Omar lo había criado donde Epifanio González, peluquero, agricultor y rezandero, mientras que su hermano, Pablo González, el trabuquero de las fiestas patronales residía en la vecindad de mi abuelo Rafael María Castellanos Perdomo y, por último, aunque se me han perdido en la memoria muchos nombres y muchos sitios, la de Arturo Morales, casado con una hermana de Vicente, Concho y Pancho Ferrini, que unos tenían vivienda frente a las Castillo y las Tálamo y él último por el lado de la Cruz de Mayo, en la calle de atrás, al pie del solar de doña Victoria de Sánchez Pacheco; por esos límites de El Pozo con la vieja Caja de Agua también vivía Jesús Salvador González Ferrini hacia El Quemao, que por esta Caracas anda y labora su hijo, Rafael Antonio Montilla, con quien recuerdo siempre a su tío Ulises, filósofo, poeta y loco y a sus tías María Ángela y Diocasta.

Pero si el objetivo era hablar de cómo los Castellanos Villegas nos mudábamos con frecuencia, ahora resulta que he elaborado una especie de censo de población y de urbanismo, en donde, por cierto, ya me han dicho los lectores íntimos, que soy incongruente, pues a unos los cito con el aditivo don, doña o señor y a los más, simplemente, por sus nombres, pero confieso que así aprendí a mencionarlos y a fuerza de costumbre, así los refiero ahora.

No tengo idea de la casa de El Blanco, donde nací, sino cuando ya niño de cuatro años, llegaba mi madre hasta el sitio y daba infinitas gracias a Dios por haber nacido allí yo, después de varios abortos; y gracias daba también a las Andrade y a mi tía Eugenia, y “al compadre Aparicio” y al pariente Ramón Pacheco y “al compadre Rodulfito”. ¡Cuántas veces la vi llorar allí, arrodillarse y besar el piso de la vieja casa! Tampoco tengo pensamiento alguno que me acerque a la siguiente vivienda que ocupamos más tarde al lado de la casa de las Andrade, donde después vivió don Eugenio Montilla al bajar desde El Alto. Igual me acontece con el sitio de El Hato, donde el 26 de noviembre de 1932 nació mi hermano Pedro. Ahora ya penetro a la razón de los recuerdos firmes: la casa frente a la de La Arenita, un poco más abajo, en la esquina diagonal al cementerio. Allí quizás vivimos algo más de un año y allí nacieron Dora y Gloría, las gemelas, el 7 de octubre de 1934.

Como bajando de la cima porque El Alto es una cima, pasamos a vivir en la casa frente al botalón, al ambiente de la caballeriza de las mulas de los Sánchez, en la punta de La Vereda, frente al declive hacia el sitio de protección de la mula de Pablo Antonio Andrade y frente al cuarto de tienda de la casa de los Sánchez. Año y seis meses allí y en 1937, otra vez bajamos para ocupar la casa del recodo, al lado de la de Ceferina Andrade, donde vino a la vida Jonás José el 19 de junio de 1937, vivimos hasta que surgió un inconveniente cuando el doctor Antonio Sánchez Pacheco asumió la defensa de un sujeto de nombre Lucas Lugo, o Terán, o Montilla, quien al asalta la vivienda campestre, cerca de El Llanito de las Mujeres, apuñaló por doce veces a mi tía Ana Rafaela Castellanos de Osechas, cuyo esposo Francisco, Pancho Osechas era el guardalíneas del telégrafo y estaba ausente; entonces papá resolvió distanciarse de los Sánchez.

Ahora nos tocó mudarnos al otro extremo, allá al final de la calle Páez, a un lugar de mucha paz, tranquilidad, sociego y soledad, la casa de El Peladero, con buen solar y pisos de cemento -qué suerte- que habían desocupado el profesor Antonio Cortés Pérez y su esposa, Aura Canelón Cestari, quienes se marchaban del pueblo. Buena vecindad como a cien metros la vivienda de Eduvigis y su familia y hacia la quebrada, la de Ceferino Vitorá. Allí nació el 26 de agosto de 1939 el penúltimo de la familia, Arturo Luis.

En 1942 -y eso sí que lo tengo bien claro- porque en la escuela hubo tareas especiales por el centenario del traslado de los restos del Libertador a Caracas- pasamos a vivir en la casa que había desocupado Ramón Pérez, quien con su familia se había marchado del pueblo; ahora teníamos de vecina a doña Regine Cooz a la derecha, pues a la izquierda estaba una edificación abandonada, propiedad de mamá; en esta vivienda vino al mundo el 30 de noviembre de 1942 Liria Lourdes, es eslabón final de la génesis Castellanos Villegas. Dos años después nos fuimos a la casa que ocupara don Octaviano Barreto, frente a la de don Pedro Briceño y su esposa Josefa Paredes, de aquí la familia Castellanos Villegas tomó rumbo hacia Boconó en la búsqueda de educación para todos. ¡Cuánta tristeza! Al dejar la patria chica, definitivamente, aunque papá estaría año y medio más en el pueblo, del cual, al igual que mi madre y yo, jamás nos separamos nunca.
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Rafael Ramón Castellanos
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Cuycas Peridismo regional. Trujillo, septiembre, 2009. Nº 5. p. 10
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