agosto 13, 2009

NADA NUEVO SOBRE RUFINO BLANCO FOMBONA

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No es un oficio cualquiera el libreo. Por el contrario, se trata de un oficio complejo, difícil, terco, al cual es necesario (me parece) dedicarle la vida. El librero necesita, en primer lugar, una ilimitada pasión y en segundo término una cultura sin límites. El librero siente el tumulto de los libros en sus estantes y, al mismo tiempo, el olor de cada libro. El librero selecciona con pasión éste y aquel libro, lo manosea, lo prueba al hojearlo y ojearlo, lo huele y lo acomoda cuidadosamente. Como el librero Luis Bardón Mesa, quien en su librería de viejo en la Plaza de San Martín, en Madrid, me mostró el único ejemplar de la edición del Quijote de 1647 y me lo traje para la edición facsimilar, muy “donosamente ilustrada” por Maestros Venezolanos, de 1992, y el otro en la Calle León, Madrid de los Austria, donde se encuentra la Real Academia de la Historia, a quien le compré un Diógenes Laercio traducido directamente del griego y editado en 1914.
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Un librero puede ser filósofo como el de la novela Ella que todo lo tuvo, o historiador como mi amigo Don Rafael Ramón Castellanos, en su bien ordenado laberinto llamado La pulpería del libro. Lo traigo a esta página porque en mayo de 1970, en Bogotá, me dedico su libro Rufino Blanco Fombona y sus coterráneos. Es librero y biógrafo en su obra fuera de pote Rufino Blanco Fombona – Ensayo bibliográfico (Ediciones del Congreso de la República, Caracas 1975, 514 págs. 21 cm.).
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Mucho se ha escrito sobre ese clásico del siglo XX en lengua castellana o española, como está expresado en el primer Diccionario de esa lengua nuestra de cada día. Y por supuesto en la leyenda, en el enorme anecdotario sobre su escabrosa vida de conquistador, tal vez no queda más remedio que dejarlo con ese estudio suyo sobre los creadores de estos pueblos que van desde México hasta Chile, cuto, bien hablado, Andrés Bello, Pablo Neruda, Pedro Cunil Grau, donde también se contagió Mariano Picón Salas, y la pobre Argentina de hoy contaminada de peronismo después de haber sido la ilusión de Luis Beltrán Guerrero, con Ernesto Sábato y ese peregrino de las literaturas de nombre Jorge Luis Borges, el de la “biblioteca” ilimitada. El conquistador español del siglo XVI es el fundador de los pueblos y ciudades maravillosas que ya son viejas de quinientos años.
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Pues, sobre Rufino Blanco Fombona hasta este oscuro escritor de provincia, anticaraqueño, pero venezolano de raíz profunda, conoce anécdotas que ya las ha contado en sus conversas en uno y otro lugar allá, en la Gran Vía, que está en Madrid, y en la Sabana Grande limpia de malandros con Caopolicán Ovalles y otros de su temperamento y cultura de la alegría.
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En los años cincuenta, del siglo pasado naturalmente, conocí a Don Rafael Cansinos Assems (1883-1964) en tertulia con un caballero venezolano, gran conversador, ilustrado con la historia política desde Castro y Gómez a Pérez Jiménez, desde Tovar a Caracas, Don Julio Consalvi. Tal vez publicó su anecdotario lleno de picardías y de saberes de alcoba y de palcos. Pero también conversé con Don Rafael en su casa madrileña para anotar en papeletas algunos recuerdos suyos de Rufino Blanco Fombona de quien fue amigo traductor para su Editorial y colaborador. Cansinos Assens escribió novelas, cuentos, ensayos, polígrafo y políglota.
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Estaba el señor Caro en su oficina, al frente de su editorial. Recibe a un americano llamado Rufino Blanco Fombona. No lo conocía. La visita tenía por objeto la solicitud del forastero: que le publique un libro cuyo original le coloca en su mesa. El señor Caro le atiende. El original será considerado. No, es para que me lo publique y aquí está el contrato. Desapareció la editorial Caro Regio y la Editorial América es todavía famosa, como queda demostrado en el ensayo Biobliográfico de Rafael Ramón Castellanos.
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Por supuesto que tengo anotadas otras bravas acciones rufinescas en Madrid. Sólo quería, en realidad, dejar constancia de la lectura que termino de hacer: la última biografía. Se titula Rufino Blanco Fombona entre la pluma y la espada; su autor Andrés Boesner que algo tendrá que ver con un gran señor escritor, profesor, internacionalista, Don Demetrio Boesner. Un libro limpio, quiero decir, bien escrito, bien documentado, sin prisa y sin pausa. Don Rufino, cuyas “fuentes primarias” tengo leídas, seguirá encaramando en la leyenda.

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Artículo de Guillermo Morón. Periódico 2001. Información. Caracas, 4 de agosto de 2009. p. 5
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