septiembre 29, 2009

LOS QUE SE QUEDARON

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A los primeros los catalogan de aventureros y ambiciosos; arriesgados e inclementes se empeñaron en sembrar las instituciones consagratorias, pero también los vicios foráneos, la inclemencia, la muerte y la organización social, aunque excluyente. Solo así lograron imponer nuevas modalidades a un ambiente ajeno a las innovaciones. Tras de ellos los misioneros de la fe cristiana, algunos piadosos e ilustrados, otros obsesionados por la imposición de las disciplinas éticas a garrotazo vil con exaltada ceguera monopolista del pensamiento y de las ideas. Un poco más tarde las mujeres y los niños a revolverse con las de aquí y con los nacidos mestizos de las mezcla del blanco y de la indígena, que ya traerían los colonizadores la fuerza africana para la esclavitud infamante que daría paso al zambo y al mulato. Aquellos y los que luego irían llegando se quedaron. Sus osamentas sembradas a la saga de los caminos, aunque algunas reposaron en las iglesias que surgían con los nuevos pueblos, ciudades, fortines y fortalezas.

Pasaron siglos y el acontecer universal siguió trayendo rostros nuevos, ideas dinámicas, posturas revolucionarias en las artes, las doctrinas y el pensamiento social Ejemplo: la Sociedad Económica de Amigos del País que para 1829 era un nidal de integración: extranjeros y nativos, todos ya venezolanizados, se empeñan en hacer un diagnóstico de nuestras fallas, problemas y adosamientos y luego recomendar los abrevaderos. La mayoría de los participantes en los años posteriores han sido conducidos hasta aquí a raíz de diferentes sucesos: la caída de la Republica Española y la dramática guerra civil; la segregación en gobiernos totalitarios, la Segunda Guerra Mundial, las tiranías brutales en España y en nuestro continente. Vinieron y sembraron la simiente para no retornar, y aquí están, con los mismos vínculos, pues desde los comienzos, allá en el siglo XVI, la interrelación se fue acrecentando hasta llegar al siglo XXI cuando han recibido carta de ciudadanía venezolana miles de hombres y mujeres de todas las latitudes geográficas que esperaron hasta por más de treinta años.

Antes hubo buen acercamiento entre la cosmogonías indígenas, llenas de lo mágico maravilloso, hasta las concepciones cristianas que no le dieron cabida a los ritos africanos ni a la idolatría del moján y del yerbatero, pero que se empeñaron en lo metafísico y en lo moral; desde las orientaciones que fueron exaltadas por los blancos para despotricar de la magia y de la superstición de los que llegaron esclavos y esclavos se quedaron; sin embargo el gran todo se fue constituyendo con migajas de una y otras cepas medulares y originó un nacionalismo creador y una novedosa participación social: el ideal bolivariano, pues que desde la chamanería y la brujería, desde las profundas meditaciones teológicas y desde la filosofía que cada maestro pregona, hemos llegado a través de muchas épocas y de hombres y mujeres de aquí y de allá, a recoger en crisol de pueblo las bondades de la independencia, el pensamiento de lo autóctono purificado y exaltado hasta llegar a una verdadera justicia popular que nos cobija. En tema tan dilatado pudiéramos hablar de personajes muchos y sin embargo se escapan centenares aún con hechos revelantes; sin embargo tratemos de hacer algunos menciones encomiables.

CULTURA DE IMPRENTA Y LIBROS

En cuanto a la imprenta en Venezuela, la prensa y los libros, así como la venta y distribución de estos, hablemos de los pioneros, de los cuales no hay casi datos biográficos. Fracasada la expedición mirandina de 1806 los irlandeses Mateo Gallanger y Jaime Lamb adquieren en Trinidad la imprenta que el Generalísimo traía y pronto en 1808 circula la Gaceta de Caracas que tendría participación en la nacionalidad hasta 1822. Lamb permaneció en Venezuela pero se ha extraviado su filiación. Entrambos, lo mismo sirvieron a la causa real que a la patriota en estos años de dura crisis política y social.

Pronto apareció el francés Juan Baillio, impresor independentista que sirvió desde 1811 y militó en el ejército de Bolívar siendo unos de los oficiales en la Expedición de Los Cayos. Se dice que murió en el país. Otro francés, Luis Delpech, también tiene figuración en la misma tarea pues aunque era pulpero y tenía tienda o canastilla por 1811, fue socio de aquel. Cierra este ciclo Juan Gutierrez Díaz, español, con sus empeños de librero e impresor entre 1818 y 1821; otro vendedor de libros e impresores Juan Pey quien tuvo un taller tipográfico y es fundador de una de las primeras librerías de Caracas en 1820; Francisco Isnardi, natural de Turín (Italia), periodista, político, comerciante, pensador y filosofo. En 1810 con Andrés Bello planificó la primera revista caraqueña, El Lucero, pero la idea murió muy joven. Los realistas lo apresaron en 1812 y lo remitieron a España, habiendo logrado la libertad ocho años después, mas de su regreso poco se sabe, aunque luego actuó y murió en Venezuela.

La apreciación sobre estos adalides es interesante para la comprensión de los años de afianzamiento de la personalidad nacional y provechoso y útil para el análisis de la producción impresa sobre el pensamiento republicano. Bien lo dice el bibliógrafo Pedro Grases que este aporte.

Bien dice el bibliógrafo Pedro Grases que “muy bien puede considerase como símbolo elocuente del periodo constructivo de Venezuela.” Otro es Antonio Damirón Perayón (Macon, Francia 1794- Caracas 1-4- 1876) quien llegó a nuestra tierra en 1827 y apuntaló lo que sería la litografía al hacer la primera impresión a colores en1830 de la baraja española, con sus cuarentas cartas y en cantidad suficiente para las necesidades del momento.

Damirón fue el editor de la Gaceta de Venezuela de 1832 a 1836 e imprimió en 1839 a colores algunas planchas de los paisajes que elaboró el Barón Gros. George Francisco Devisme, del cual se dice que procedía de Francia, fue tipógrafo y le correspondió editar la Colección de documentos para la vida pública del Libertador (1827-1833) cuyos autores son Cristóbal Mendoza, Francisco Javier Yanes, Diego Bautista Urbaneja y Antonio Leocadio Guzmán; además para la Sociedad Económica de amigos del País imprimió la Memoria de 1831.

Desde 1844 y casi por una década existiría el Gabinete de Lectura,de José Solves (París,1801- Caracas 1856) una institución que repartía premios a los más aplicados en la interpretación de los textos y a los mejores en las tertulias; mientras que Pedro Nuñez de Cáceres, (Santo Domingo 2-4-1800-Caracas 24-2-1860) pasaría a la posteridad por sus libros autobiográficos y entre ellos sus Memorias que Caupolican Ovalles y Ramón J Velásquez publicaron en 1993 y en las cuales se hace una radiografía inclemente de la conmocionada sociedad política de entonces. Le seguiría un español radical, iconoclasta, editor, librero, antologista y político, Evaristo Fombona, (Luanco España, 1817- Caracas, 1885) quien para vivir y conformar su destino intelectual entre nosotros dejó clara herencia a prestigiosos intelectuales; como Alberto Zéreaga Fombona, Jacinto Fombona Pachano y Rufino Blanco Fombona; Félix Rasco posiblemente español, lítografo que mucho tuvo que ver con nuestras primeros sellos postales y con los denominados de “Escuelas”, ideados por Guzmán Blanco para favorecer su programa de educación popular gratuita y obligatoria en 1870, a la par que el alemán Alfred Rothe quien editó muchas obras que las comercializaba en su librería, identificada con el escudo prusiano en la puerta y quien quiso emular con sus ediciones de piezas teatrales, dramas en general, zarzuelas operetas a José María de Rojas, (Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana 24-3-1793- Caracas 8- 10-1855) cuya muerte privó al pueblo trujillano de Betijoque de su primer médico rural y fundador de la Biblioteca Pública, el doctor Arístides Rojas, uno de sus hijos. Llegó en 1822 y ya en 1826 desarrollaba actividades comerciales; dirigió entre 1836 y 1843 y El Liberal en 1855 El Economista. Fundador en 1838 de la empresa Almacen de J. M. de Rojas, con una librería anexa que se transformó con el tiempo en editorial, habiendo sido el gran proveedor en todo el pais de obras didacticas, de narrativa y de ciencias durante cincuenta años.

Después serían noticia el español Fausto Teodoro de Aldrey (La Coruña, 1792- Caracas, 2 -4-1886) fundador de El Porvenir (1864) y del gran diario La Opinión Nacional que se inicia el 14 de noviembre de 1868) y concluye el del 6 de octubre de1892 cuando algunos exaltados entre las fuerzas de La Revolución Legalista, saquean y destruyen todo aquel gran emporio. También dos colombianos participan en la misma edificación intelectual: Ricardo Becerra, (Bogotá 24-10-1836-Puerto España, 4-4-1905), director que fuera de El Federalista, entre 1865 y 1869; venezolano por naturalización en 1868. Escribió las biografías de Francisco de Miranda, Juan Uslar, José Tadeo Monagas y Carlos Soublette pero por sobre todo fúe un furioso polenista. Otro neogranadino de enorme participación es Ananías Cote (Bogota, 1840- Barquisimeto 1917), doctor en Ciencias Políticas y Sociales, maestro de primeras letras, Director de la Escuela Normal de Institutores de Barquisimeto, de 1882 a 1885, autor del Libro de lectura según el sistema de Pestalozzi, para la enseñanza combinada de la lectura, la escritura y el dibujo, editado en la misma ciudad, Tipografía Insausti, 1890.

También fueron representantes del meollo de la cultura a través del libro, la imprenta y la prensa, Manuel N. Dagnino, (Roma, 3-1-1834- Maracaibo 3-4-1901) quien además de medico fué educador, periodista, biógrafo y benefactor de instituciones sociales; el dinamarqués Christian Federico Witzke (Hjortoln 24-4-1856 Caracas-11-1-1921), Director del Museo Nacional en 1906; fundador de la Gaceta de los Museos en 1909; proyectista y primer Director del Museo Bolivariano (1911) cuya edificación sufragó de su propio pecunio. Fué también escritor, periodista, banquero y empresario especialista en líneas ferreas.

Entre otros también el francés José Luis Faure Sabaut (París, 1889- Maracaibo, 1939?) educador, autor de Lecciones de Sistema Métrico Decimal y otros textos que estuvieron vigentes hasta mediados de los años cincuenta.

No podemos dejar a un lado a Eduardo Crema, (Montagna, Padua, 20-12-1892- Caracas- 18- 12- 1974), eminente profesor, escritor, y crítico literario.

Llegó en 1927 y ejerció la docencia en el Instituto Pedagógico Nacional de 1939 a 1965; autor de varios trabajos de vital importancia la historia de las ideas en Venezuela; Agustin Millares Carlo (Las Palmas- Canarias,10-8-1893-Las Palmas,8-2-1980). Vino a Venezuela en 1959 después de veinte años de labor docente en México; fundador del Centro de Investigaciones Humanísticas de la Universidad del Zulia, y dueño de densa bibliografía sobre tema de bibliografía, archivologías y ensayo; Angel Rosenblat (Wengrow-Polonia, 6-12-1902- Caracas, 11-9-1984) filólogo; profesor universitario desde su llegada a Caracas en 1946, fundador de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela; autor de importantes monografías y, en especial de los volúmenes Buenas y malas palabras.

Cerraremos esta apreciación con dos maestros de profunda; el profesor Pedro Grases (Villafranca de Panandes,-1909-Caracas,- 2004), llegado en 1937 y de inmediato incrustado en el destino literario nacional para compactar con ilustres venezolanos por nacimiento, el poder pedagógico de las obras de Andrés Bello, además de transformase en un guía, tutor, camino y rumbo de varias generaciones. Su aporte bibliográfico es tan denso que sus Obras Completas tienen más de veinte volúmenes. Igual tratamiento merece el también hombre de la docencia Manuel Pérez Vila (Gerona, España, 3-9-1922-Caracas, 8-5-1991), historiador, académico bajo cuya egida como director de la Fundación Boulton se editaron los números del Boletín Histórico, asi como fue el impulsor y director príncipe edición del Diccionario de Historia de Venezuela, de la Fundación Polar (1986).

DE LA GUERRA A LA PAZ Y A LAS LUCES

El procerato en la larga contienda por la independencia comprometió a cientos de extranjeros que se dieron por entero al ideal americanista, más apenas vamos a pasearnos por escuetas citas de Francisco Javier Yánes (Puerto Príncipe –hoy Camguey- Cuba, 12-5-1777 – Caracas,17-6-1842), militar, abogado, historiador y periodista. Se vinculó en 1811 al movimiento libertario y asumió posiciones en El Publicista. Coautor de la Colección de documentos relativos a la vida pública del Libertador (1827-1833) y autor del Manual político del venezolano (1840) y del Compendio de historia de Venezuela (1840-1842). Otro es el general de brigada Daniel Florencio O’Leary (Cork, Irlanda, 1801-Bogotá.24-2-1854), héroe de muchas batallas, compañero de Bolívar y gran archivero de la libertad, pues recogió miles de documentos y dio origen a las Memorias de O’Leary, crisol imprescindible para conocernos, editadas en 34 tomos. Uno más: el coronel Agustín Codazzi (Lugo, Italia, 12-7-1793- Espíritu Santo, Colombia, 7-2-1859) a quien debemos el primer Atlas Geográfico del país, la mejor Geografía de Venezuela de todos los tiempos, que luego a más de cien años compulsada y actualizada por otro paladín, el profesor Pablo Vila (Sabadell, España,26-6-1881- Barcelona España, 15-8-1980), y emparejada después por su hijo Marcos Aurelio Vila (Barcelona, España 1908- Caracas,2001) y más recientemente por el también geógrafo Pedro Cunil Grau (Santiago de Chile, 1935-venezolano en hermanda creativa).

El general Carlos Luis Castelli (San Sebastiano pó, Turín, Italia, 18-12-1790- Caracas, 8-2-1860), prócer también. Ministro de Guerra y Marina en 1848, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Venezuela en la Nueva Granada en 1855. Nuevamente Ministro del mismo Despacho en 1858 es sustituido por el también prócer de la guerra magna, el general de brigada Carlos N. Minchín (Dublín, Irlanda,9-2-1797- Caracas,3-6-1879).

Otros, entre muchos con tarea fundamental en el período de consolidación de la republica son el coronel Vicente Campo Elías (Villa de Soto, España,1772-San Mateo, Aragua, 17-3-1814); capitán de navío Renato Beluche (Nueva Orleáns, Estados Unidos, 28-12-1783-Puerto Cabello, Carabobo, 4-10-1860). Segundo del almirante Luis Brión en la Expedición de los Cayos consolidó mando y poder navales años después; comandante Raimundo Rendon Sarmiento, (Santo Domingo, Rep. Dominicana, 31-3-1788- Caracas, 10-8-1863), ante es el calígrafo del Acta de la Independencia y luego en campaña con el Libertador en varias oportunidades; coronel Guillermo Smith (Edimburgo, Inglaterra, 1794- Caracas, 11-4-1857), Tesorero de Ejército y Hacienda en 1827, Ministro de Guerra y Marina en 1837 y de Hacienda y Relaciones Exteriores en 1839; capitán de navío Juan Daniel Daniels (Baltimore, USA, 1786) actuó desde 1818 y continuó en la Armada durante muchos años; coronel Manuel Antonio López (Popayán, Nueva Granada, 2-7-1803- Bogota, 11-8-1891) residió, contrajo matrimonio e hizo obra histórica en Tocuyo de la Costa y San Felipe 1834 a 1841, autor de Las Tardes de un Panteón y de una obra fundamental Campaña del Perú por el ejercito libertador de Colombia, publicado en Caracas en 1843; coronel Manuel Echeandía (Guaranda, Ecuador, 20-4-1783-Caracas, 1-4-1850) Reglamentador de aduanas, Ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores en el gobierno del general Carlos Soublette (1837); capitán de navío Francisco Hernáiz (Puerto Rico, 4-10-1797 Caracas, 23-2-1886), sirvió el Ministerio de Guerra y Marina varias veces; general Antonio Valero Bernabé (Fajardo, puerto Rico, 26-10-1790- Río Negro?, Colombia, 7-6-1863), de los sitiadores de El Callao (1825), Ministro de Guerra y Marina de Páez en 1830, pero renuncio inmediatamente y se fue al exilio porque el Congreso de Valencia decreto medidas de excepción contra el Libertador; coronel Manuel Ruiz (Valladolid, España, 1763- Caracas, 30-8-1834), llegó a nuestras costas en 1799 y participó en la lucha por la soberanía y la independencia. Cerramos el episodio con el general Victor Barret de Nazaríos (Isla de Guadalupe, posesión francesa, 1799- Santa Cruz de Aragua, 3-1-1891) congresista, escritor, periodista, secretario de la Presidencia del general Joaquín Crespo (1884-1886) y luego Ministro de Interior y Justicia en el bienio guzmancista (1887-1888).

LOS CIENTIFICOS Y LOS FILOSOFOS.

Fray Alonso de Briceño (Santiago de Chile, 1587- Trujillo, 15-11-1668) fue décimo obispo de Venezuela, lo cual ya es interesante, pero el teólogo, el escritor y el filosofo traspasaron las fronteras continentales y fue calificado como el segundo Scoto o sea un Máximo Maestro, autor de las Diputaciones Metafísicas, texto aun hoy en las escuelas de lógica y pensamiento filosofal. Anotó y corrigió la monumental obra Política Indiana de Juan de Solórzano y Pereira, el libro más completo al respecto y dejó en Trujillo una buena biblioteca, no tan importante como la que en Caracas tuvo y legó a la cultura nacional el también Obispo de Venezuela Fray Antonio González de Acuña (Lima, 8-6-1620- Trujillo, 22-2-1682), también filósofo, teólogo, y educador.

No podemos dejar a un lado a otro prelado, el Obispo Mariano Martí (Bráfil, España, 14-12-1721- Caracas, 10-2-1792). amante de las letras nos legó la Memoria de su larga visita pastoral alrededor de toda la Diócesis celebrada entre 1771 y 1784, además de haber dejado su residencia como un monumento a la posteridad, pero que con el tiempo transformada en la tenebrosa Cárcel del Obispo, por allá por El Guarataro Arriba. Vendrían después Adolfo Ernst (Silecia, Alemania, 6-10-1832- Caracas 12-8-1899), doctor en filosofía, científico, organizador de la Gran Exposición Nacional del Centenario del Libertador (1883); Director de la Biblioteca de la Universidad Central y uno de los fundadores de la Escuela Positivista. Su Obras Completas en diez volúmenes son un monumento a la cultura. Otros serian el eminente Juan David García Bacca (Pamplona, España, 26-5-1901-Quito, 6-8-1992). Profesor de filosofía en la UCV y en el instituto Pedagógico, fundador del Instituto de Filosofía y traductor de las obras completas de Platón en una de las versiones más admiradas en el universo; el padre Ignacio Burg (Nuremberg, Alemania, 24-1-1905- Caracas, 2-7-1984), sacerdote, filosofo, psicólogo, y analista y difusor del pensamiento de Santo Tomás de Aquino y Copérnico; Manuel García Pelayo (Corrales del Vino, España, 13-5-1909- Caracas, 25-2-1991), doctor en ciencias jurídicas, especialista en política y derecho internacional, filosofo, docente universitario, fundador del Instituto de Estudios Políticos y Administrativos de la UCV y Juan Nuño (Madrid, 27-3-1927- Caracas, 3-5-1995) ensayista, profesor universitario, doctor en filosofía de nuestra Alma Mater y de La Sorbona, Director del Instituto de Filosofía y notable conferencista.

MEDICINA, COLONIZACION, INDIGENISMO

Alexander N. Benitz (Endingen, Alemania, 19-11-1813- Colonia Tovar, Aragua, 15-11-1865. Organizador del grupo fundador de este pueblo constituido en 1843 por 358 agricultores y artesanos, grabador para el Atlas de Codazzi; Cesareo de Armellada o fray Jesús Maria García Gómez (Armellada, España, 1-2-1908- Caracas, 10-10-1996) llego a Venezuela en 1933 consagrándose al estudio de nuestra familia indígena; Jaime Suriá (San Salvador de Gunyoles, España, 1882- Caracas, 23-5-1975), sacerdote que vino en 1915 y se especializó en la organización y funcionamiento del Archivo Arquidiocesano de Caracas; Johann G. Siegert (Grosswalditz, Alemania, 22-11-1796- Ciudad Bolivar, 13-9-1870), médico, cirujano del ejército patriota en 1819, descubrió y patentizó el Amargo de Angostura; Henry F. Pittier (Bex, Suiza, 13-8-1857- Caracas, 17-1-1950), conservacionista, botánico, creador y organizador del Parque Nacional que lleva su nombre; autor del Manual de plantas usuales; Williams Henry Phelps (Nueva York, 14-6-1875-Caracas, 1-12-1965), fundador de la primera emisora de radio del país, coleccionista y estudioso de nuestra aves y mariposas; Juan Antonio Perdomo (Guarachico, Canarias, 15-9-1737- Puerto de la Cruz, Canarias, 12-1-1800), médico y libre pensador reconocido, quien aplicó aquí la vacuna antivariólica; perseguido por el Tribunal de la Santa Inquisición, residente en La Victoria donde ejercio su apostolado; Joaquín Esteva Parra (Santiago de Cuba, 3-4-1830- 28-4-1905), cirujano, que utilizo el cloroformo como anestesico, Rector del Colegio Federal del Zulia de 1869 a 1870 y, por ahora, porque el listado es grande, la mención de los científicos, médicos y naturalistas Eugenio P. de Bellard Maldonado, León N. Croizat, Lorenzo Campins y Ballester, fundador de la enseñanza médica en Venezuela, Pierre G. Bourgoin, Luis Daniel Beauphertuy y paremos, porque, son muchísimos los que quedan pendientes del recuerdo.
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Rafael Ramón Castellanos
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MENSAJE A ROGELIO GIL

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Llegué a Mitón el 15 de enero de 1949 y me hospedé en casa del educador Pablo Luis Zárate, quien era el Director de la Escuela, personaje popular e idóneo que disfrutaba de hacer pregón de su color bastante oscuro. Mis primeros amigos fueron Modesto Román, hombre recio, con un valor a toda prueba; don Andrés González y toda su familia; la señora Leonor Román, viuda de Valera, con sus hijas Aminda y Carmen y sus hijos José Miguel? y Heber Valera Román; allí hacía las tres comidas diarias al igual que otros comensales; Rafael Calderón, el viejo, su esposa y sus hijos Rafael, Pedro Régulo, Etelvina y la menor, Aída? Por cierto que Etelvina quiso enseñarme a bailar sin haber podido lograr su objetivo, pues que no fui favorecido con buen oído musical. Mis inclinaciones de romántico campesino fijaron la mirada en la joven María del Rosario Arráiz, lo que me causó serios problemas con la dueña, ama o protectora de la niña, ya que movió los resortes de sus amistades para sacarme del cargo de maestro de la Escuela Federal Graduada “Roberto Gabaldón Irragory”, lo cual no logró sino más bien la sustituí, en su otro cargo de enfermera del dispensario del pueblo, pues era, además, dinámica educadora, bella y gentil. Yo sabía poner inyecciones, suturar heridas y los elementales mecanismos del caso, tal como aplicar vacunas, así como usar algunos medicamentos calmantes, pues el médico despachaba en Chejendé y acudía a Mitón cada quince o veintiún días.

El Director de plantel, Pablo Luís Zárate, me llamó una mañana, muy preocupado porque alguien había llevado al pueblo un periódico de Valera denominado Crisol, correspondiente al mes de enero de 1948 y allí aparecía mi nombre en una noticia desde Boconó en la cual me felicitaban por mi actividad comunitaria y como integrante de la juventud comunista. No podía negar lo escrito en esa columna de dicho semanario y no atiné a darle al colega Zárate una satisfacción al respecto. En la noche llegué de visitante a casa de don Andrés González, el Jefe Civil, con quién había hecho amistad a primera vista porque se me parecía mucho a don Rafael Antonio Pérez, un médico sin título que de Pampán iba a Santa Ana a ver enfermos y a curarlos; me alarmé cuando me llamó hacia un ventilado corredor detrás de la sala y me dijo “¿Qué le parece? quieren maestro Castellanos sacarlo del pueblo; muchachas hay muchas y es mejor que deje de andar mirando a la niña María Rosario, pues la comadre Cantalicia es muy delicada”.

Traté de hacerle a don Andrés algunas consideraciones sobre el asunto para mí no tenía importancia, pues había tantas muchachas agradables en que el pueblo, pero no concreté nada porque me tenía muy conturbado lo que me había planteado el Director Zárate y comencé a contarle al señor Jefe Civil, quien me cortó al instante para decirme que ya le habían mostrado el periódico Crisol y que él tenía una solución salomónica, que me inscribiera en Copei y así se acabaría el rumor en cuanto a que iban a pedir mi destitución. De su casa salí con carnet verde.

Al Director y amigo Zárate no pude dejar de narrarle lo acontecido; fue a la hora del recreo del siguiente día: “Uy – me dijo – eso está peor que lo otro, qué irá a pensar Cantalicia”. No hablamos más ni de uno ni de otro caso. Las clases, la diversión y mis poemas fueron el gran sedante.

Al poco tiempo se ampliaron mis contactos y formé un equipo de beisbol del cual hacíamos dos bandos y jugábamos, incómodamente en la plaza, pues el declive era muy acentuado hacia la parte de la casa del señor José Trinidad Semprún, pero de allí salimos a un terreno atrás de la escuela, pero a la derecha del camino que conduce del pueblo para La Montaña, La Loma, Bolivia, Las Virtudes y Santa Ana; allí practicábamos y jugábamos los domingos, pero don Andrés González dejó de ser Jefe Civil y lo sustituyó don Enrique Gásperi, quién prohibió el juego de béisbol en ese sitio y me hizo llamar “a su despacho” para amenazarme si continuaba con esas prácticas.

Recuerdo que vinieron a acompañarme a la citación los alumnos Omar y Adolfo Vergara, Esteban Palma, y Humberto que vivía entre El Peonío y La Joya y del cual, no se porqué, olvidé su apellido a pesar de ser compañero de excursiones por el campo. He de decir, que estos muchachos y algunas de las damas alumnas, eran para mí algo así como condiscípulos más que alumnos y alumnas, pues cuando llegué al pueblo, tenía de edad 17 años, 5 meses y 8 días. Qué odisea, fue aquella que libré con el admirado profesor Antonio Cortés Pérez, Supervisor Escolar del Estado Trujillo, para que me nombrara, pese a que desde 1946 yo era maestro alfabetizador y luego maestro de aula en el Centro de Alfabetización “Félix Berbecí Pérez” en Boconó. Ya tendré oportunidad de relatar los acontecimientos, pues el joven bachiller que venía del Colegio Federal de Boconó era, además de menor de edad, un participante político extremista que había recibido adoctrinamiento casi familiar de los médicos Humberto González Albano, en Santa Ana, y Héctor Anzola Espinoza en Boconó, así como del ex trabajador petrolero Patricio Valero.

Me he extendido en un preámbulo de evocación después de haber leído las apreciaciones de Aída Vergara, Jesús Valera, Gledys Infante, Alejandro Gil y especialmente Omar Vergara, de cuyo humilde hogar y de su familia tengo vivo el espíritu comunal y el pocillo de peltre para el café, en la cocina, y de la sonrisa pícara y maliciosa de Adolfo, su hermano, que juntos ellos dos, mi hermano Pedro, quien fue a visitarme al pueblo y el suscrito, con otros más bajamos un domingo a un sancochito por allá más hacia el sur de La Callecita, lugar donde estaban las casas de los Perdomo y de los Patiarroy y muy cerca de la del catire Blas Infante. Cómo recuerdo aquellos palos de miche, que para todos creo que eran los primeros y el desarrollo de una borrachera que nos afectó el ágape porque mi hermano sacó a relucir un cuchillito, que no era nada extraño en mi tierra natal y nos costó mucho neutralizarlo, a pesar de la garra muscular de Omar. No digo nada, por ahora, de mi compañero entrañable Pedro Régulo Calderón porque ya tendré oportunidad de hacer, una crónica sobre él, su familia, sus aventuras y su partida de Mitón sin despedida alguna y sin causas aparentes.

Cómo recuerdo también a Carmen Cáceres, su tío Luis, su mamá y sus tías; de ella supe que se desempeñaba como enfermera en el pueblo de La Cejita a donde acudí por allá por el año 1994 a visitarla, pero sin suerte de dar con su persona. Qué grato sería que para el 15 de enero del 2009 pudiéramos hacer una tenida cívico cultural en Mitón, con ciertos visos de retorno. Yo aprovecharía para conmemorar los sesenta años de mi iniciación como docente de escuela graduada, poeta, investigador de la historia, novelista y HOMBRE, que es la única gran profesión que no nos la brinda la universidad. Seguiré evocando al calor del recuerdo de aquella Escuela Federal Graduada “Roberto Gabaldón Iragorry”, personaje del cual hablé en 1961 en Asunción del Paraguay, en un homenaje a su hijo, el embajador y doctor en medicina Francisco Gabaldón Mazzarri, quien terminaba su misión y a quien sustituí, interinamente, por dos años, del 15 de enero de 1960 al 15 de enero de 1962, cuando fui destituido por ya no tener el respaldo oficial del doctor Ignacio Luís Arcaya, quien en gesto notable había renunciado al cargo de Ministro de Relaciones Exteriores.

Se agolpan de pronto los recuerdos, como si se despertaran al compás de la meditación, mientras reflexiono sobre el ámbito de la geografía espiritual que lo mismo exalta los valores humanos o la luz mañanera, o los árboles, los sitios o la alfombra de hojarasca de las haciendas de café ¿Qué habrá sido de aquellos sembradíos entre árboles inmensos en la finca del señor Trompetero en la vía hacia Chejendé, por allí por San Felipe, si no me equivoco? y aquellos cafetales hacia La Montañita, donde vivía y laboraba mi grande amigo Melquíades? Perdomo, de los Perdomo de La Callecita, donde Medardo Perdomo, tenía una pulpería y el viejo Facio Patiarroy también y éste con su casa de habitación en la parte lateral, como también estaba en la otra orilla del camino, de frente, un poquito más hacia el sur, la casa de habitación, de afecto y de cariño imborrable de Francisco Perdomo, de quien tengo que decir que me muerde mi ingratitud hacia él y pido perdón, pues en 1972 siendo yo Cónsul General de Venezuela, pasó por Bogotá su hijo Pedro y no acerté a atenderlo ni siquiera en un apéndice de la cordialidad y de toda aquella bondad con que me trató su padre, a quién le quedé muy mal, pues que en agosto de 1950 me hizo un prestamito para mi despedida y el avío y para pagarle a Horacito Gil que le debía el valor de algunos coroticos. Le quedé mal a Francisco, tan mal que estando yo en Trujillo en 1953 en ejerciciodocente, ya casado, con dos niñas y las necesidades muy prósperas, fue muchas veces a mi hogar el simpático y amable Blás Infante con tanta decencia siempre y simplemente me preguntaba que si tenía algo para Francisco y siempre se iba con las manos vacías.

El negocio de Horacito Gil – debería haber otro Horacio para que usáramos el diminutivo - y la gallera quedaban al frente de la casa de dos plantas en que vivía esa dulce, amorosa, tierna y sufrida, Betsabé Briceño, la niña Betsabé, que debería tener entonces algo así como setenta años y en donde como yo, era huésped también un magnífico señor de nombre Alfonzo Pichardo, ya casi octogenario entonces; casa de recepciones familiares la de ella cuando para las fiestas patronales de marzo y de agosto venían de los campos petroleros zulianos la familia de don Blás Román y de Barquisimeto la de don Maximiliano Briceño, cuyas esposas eran hermanas de la dueña de la casa, así como eran también hermanas la señora de Gelvis, en El Peonío, madre de Mercedes y Ángel Custodio y doña Sara Briceño de Gásperi, y hermano de ellas el secretario de la Jefatura Civil, Antonio Briceño, de quién contaré en otra oportunidad cuánto nos unía y qué nos alejó en 1958.

A este hogar de la niña Betsabé acudía mucha gente en las tardes o los domingos; recuerdo las dos muchachitas de Manuel Amaya, una Elba y la otra Consuelo; las niñas del señor Aguiar y en especial la mayor Vianney y si no me equivoco otra de nombre Dinaura; el señor Víctor Valera y su montón de hermosas y bellas hijas y entre ellas la catira Zoila y la morena Georgina; pero en toda la esquina era asiduo penitente Ramón ¿Bravo?, hijo de don Andrés González, quién desde allí vigilaba activo e inquieto el hogar del albañil y maestro de obras Miguel Zambrano, padre de la dinámica y ferviente educadora que regentaba la escuela de La Loma, Sacramento Zambrano y de la cual estaba prendado el joven amigo.

Los chismes sobre mis inquietudes bolcheviques y referente a la joven María del Rosario, la cual nunca estuvo cerca de mí, pues la veía apenas cuando salía a la huerta familiar, llegaron a la Supervisión Escolar, en Trujillo, a donde fui llamado, lo cual me preocupó mucho, casi que me desesperó; bien recuerdo que Félix Carrillo, el versado conductor del autubucito que cubría la ruta Mitón-Valera, notó mi inquietud y en la parada para el cafecito mañanero en Las Rancherías, más allá del Chejendé, desde donde comienza el descenso hacia la llanura de Monay, me dijo que qué me pasaba y le conté que yo no quería irme de Mitón, pero sospechaba que me iban a quitar el cargo, “Encomiéndate a Dios y a la Vírgen, y todo te saldrá bien” me expresó. Así fue que cuando el profesor Cortéz Pérez me reprendió por mis acciones políticas comunistoides, me acordé de don Andrés González, el Jefe Civil, y saqué el carnet que me acreditaba como inscrito en Copei, se lo pasé al gran educador, quién lo miró apenas y me preguntó luego que si era verdad que yo “ejercía de chamarrero” y le expresé que lo que hacía era colocar inyecciones a quien me necesitara y le expliqué, además, que era enfermero porque a enfermero también había aprendido con Efigenio Castellanos, mi padre. Me citó para después del medio día y no tuve oportunidad de decirle que el autubucito que manejaba Félix pasaba por La Concepción de Pampanito a las cuatro de la tarde, cuando iba de regreso a Mitón.

La espera fue una gratísima sorpresa: el Supervisor me mandó a la Gobernación, al Despacho del Dr. Parilli, Director de Sanidad y Asistente Social. Este me recibió con gran cordialidad, no me hizo preguntas de ningún género y me indicó que esperara el nombramiento de enfermero en Mitón. ¡Increíble sorpresa! Dos cargos a la vez, pero ello acarreaba un compromiso: llevarle un oficio a la colega Cantalicia Pichardo en el cual se le participaba que había sido reemplazada por mí en sus funciones de enfermería. Sudé frío y me entró una cierta inquietud por misión tan desagradable. A la siguiente mañana emprendí el regreso a Mitón. Me presenté ante la atractiva y bella colega y le hice entrega de la correspondencia. A ella no le preocupó en nada el asunto y me manifestó, con una dulce sonrisa llena de ironía, “muy bien… muy bien, le va a entregar la llave del dispensario el compadre Antonio”, que no era otro que mi amigo el Secretario de la Jefatura.

Ya yo conocía el cuartico que servía de dispensario, situado debajo del Juzgado del Municipio, cuya sala la había transformado en dormitorio el sargento (retirado) del ejército Pedro Bastidas, quien había llegado al pueblo para ejercer de juez, pero resultó ser más belicoso que nadie, con gran valor personal, arriesgado y arbitrario. En el dispensario había poca dotación de medicamentos y en una escapadita que me hice hasta Santa Ana de Trujillo, traje, de la botica de mi imparangonable papá, Quinina para los enfermos de paludismo, Quenopodio para desparasitar muchachitos barrigones y muchachitas barrigonas, Kavitin para las hemorragias, Etilfen para tranquilizar a los angustiados, gasa, algodón, yodo, mercurocromo, e inyectadoras ¡Cuánta generosidad la del boticario Efigenio Castellanos, quién sin tener recursos económicos se llenó de complacencia porque cada día me parecía más a él en su darse por entero a la comunidad.

Cuando dos semanas después correspondió la visita al doctor, quién llegó de Chejendé, no le gustó mi decisión del surtido que tenía en un estante, como creo que no le había gustado mi nombramiento, pues había llegado a la casa de la colega Cantalicia. Me recriminó y me dijo que mi tarea era exclusivamente cumplir con sus indicaciones. Tenía toda la razón y le presenté excusas, pero seguí atendiendo a humildes habitantes que me pedían ayuda y el médico quién lo supo inmediatamente, fue excesivamente tolerante. Recuerdo que en su segunda o tercera actuación en Mitón tuvo trabajo el doctor, pues que enfermó una de las muchas hijas, bellas y lindas, de don Víctor Valera, viejo conversador muy ameno que sabía tantas historias de las gentes de mi pueblo, de Las Virtudes y de Bolivia que siempre tuve la sensación que si no era santanero, sí debían ser paisanos los padres o los abuelos. Bien, para ver a la paciente el doctor me manifestó que debía acompañarlo y así lo hice, más el joven galeno me obligó, con mucha prudencia, a que le llevara el maletín como si le diera pena recorrer la tierrosa calle con su implemento de trabajo a cuestas. Caminamos al lado de don Víctor, pasamos por el monumento a la Santa Cruz de la Joya y llegamos al sitio ¿Casa alta, de zinc los techos y el nombre del lugar El Chorro, El Chorrito, La Aguada?, realmente ahora no lo visualizo en mi geografía espiritual.

Don Víctor era también el padre de Ángel María Valera, con muy buen negocio en casa contigua a la de la niña Betsabé, pero menos comunicativo que su progenitor; seguidamente de su establecimiento estaba la casa de los Gabaldón que ocupaba don Andrés González y su familia y calle por medio la pulpería de un paisano de allá de mi pueblo, Crisóstomo Rodríguez, padre de Pedrito que creo que era blanco, muy blanco, cuya madre, la esposa del aludido pulpero, la señora Oliva, quien no parecía paisana, pero la cual hablaba, de vez en cuando, de los pomarrosales de La Arenita, en Santa Ana de Trujillo. No sé que relación había entre Crisóstomo y las fiestas patronales del 7 y 8 de agosto en homenaje a Santa Filomena, como no sé tampoco cuales eran los vínculos del viejo gigante aterrador- sólo por la estatura, pues era un San Francisco de Asís – llamado José de la Trinidad Semprun con la celebración de las otras fiestas patronales, las del papá del Niño Dios, la del carpintero San José, pero algo nos unía con estos símbolos de las celebraciones cristianas y apostólicas, así como también ese mismo algo los acercaba cuando se dañaba el motor de la energía eléctrica, que alumbraba el pueblo; constituían un equipo comunal para proceder a soluciones adecuadas, peso que no pocas veces, teníamos que pasar muchos días dándonos luz con velas esteáricas.

Al frente del negocio de Ángel María Valera estaba el caserón donde residía el Director de la Escuela, Pablo Luis Zárate, con su familia integrada por la servicial y humilde María y tres niños; aquellos serían bien pronto mi compadre y mi comadre, pues apadriné a Pablo hijo. A un lado vivía otra familia, muy del entorno de la niña Betsabé y donde Mercedes Gelvis Briceño encontró en un viejo baúl un libro pequeñito e inmenso que yo conocía ya, gracias a haberlo ojeado en mi pueblo en los anaqueles de la biblioteca doña Victoria Villegas Pacheco de Sánchez Pacheco, parienta de mi admirable, recia y piadosa Evangelina Villegas de Castellanos, mi madre. Me lo obsequió y creo que lo conservo: Dafni y Cloe, de Longo, novela pastoral de hace mil seiscientos años. Son tantas y tantas las satisfacciones y los recuerdos que escribiré más crónicas al respecto. Gran abrazo, amigo Rogelio Gil, Extensivo hasta tu familia, las mitoneras, los mitoneros y todos y todas aquellas personas que laboren allí o sean transeúntes. Bolivarianamente.
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Rafael Ramón Castellanos
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EDUARDO BARRY BOLIVARIANO ESTADOUNIDENSE DEL SIGLO XIX

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Descubrir a un gran bolivariano y amigo de la causa de los libres, estadounidense y traductor trascendente, es una gran satisfacción, pues que, además, este personaje de nombre Eduardo Barry Cambreleng era un revolucionario, a su manera y dentro de su concepción de lo que sería en el tiempo la revolución industrial. Descubrirlo ahora es una gran suerte, pues que entramos al año 2009 que es el año de la enmienda constitucional y del referendo que nos colocará entre el argumento y la necesidad de alargar en el tiempo y en la acción la rectoría moral que ejerce en el país, en el continente y aun más allá, el comandante Hugo Chávez Frías, líder indiscutible del proceso revolucionario que conmueve a toda la América, por lo que debemos prepararnos con énfasis creador y sustancial para ratificar en el 2012 el apoyo masivo que ha de recibir el proceso revolucionario y socialista al abrigar la necesidad de la continuación al frente de los destinos de la república de este indiscutible líder del pueblo y bienaventurado escultor de la dignidad de los pobres, de los desamparados y de los que siempre han estado a la saga porque son la mayoría infinita de los que creen en el apostolado de Jesús, el Redentor.

Pero volvamos al meollo de la crónica ya que el estadounidense Eduardo Barry, natural del Puerto de la Cruz, en Tenerife, islas Canarias y residente en La Guaira en la víspera del 19 de abril de 1810, pues que era uno más de los comerciantes angloamericanos de la región. Por cierto que en la Gaceta de Caracas, del 9 de abril de 1809 leemos un curioso anuncia relativo a la venta de algunos útiles del hogar y otros enseres, puesto que nuestro personaje pensaba partir hacia otras latitudes, liviano de equipaje y ansioso de secundar cualquier movimiento social de independencia entre las Antillas, el Caribe y los dos grandes océanos. Leamos:

“En la casa de D. Eduardo Barry, (inmediata a la del Sr. Intendente) de este vecindario y comercio, hay porción de muebles y adornos de casa en pinturas finas con sus marcos dorados y cristales; cómodas, tocador y mesas de caoba; escaparates para ropa y papeles, mesas y un escritorio de cedro; espejos, sillas de 3 clases; un baño grande; un reloj de campana con adornos dorados, mármol bronce y guardapolvo de cristal; un Claricordia muy superior; un arpa de resortes; una caja de hierro; una vajilla de china azul inglesa, etc, etc. Las personas que quieran comprar podrán ocurrir a dicha casa”

¿Por qué se marchaba? Asuntos de discrepancias entre otras varias razones, las comerciales por una parte, las sociales por la otra, pero principalmente porque había factores ideológicos de por medio, pues su suegro, el también comerciante Francisco Caballero Sarmiento ya hacía demostraciones palpables de un sometimiento incondicional al Rey de las Españas, cautivo de los franceses, mientras que Barry se inclinaba a favorecer a los criollos que ya desde 1808 estaban tramando un proceso de cambio hacia la independencia de estas provincias.

Pero adelantémonos para luego volver a este episodio. Barry se va a Filadelfia donde continúa sus negocios comerciales y navieros en general y allí reaviva el contacto con unos y los inicia con otros de un grupo de venezolanos que el destino político ha llevado por etapas largas o menguantes, a esa metrópoli, capital política de los Estados Unidos, siendo sus amigos, además de muchos otros suramericanos los venezolanos Manuel García de Sena, Telésforo de Orea, Juan Vicente Bolívar, Manuel Palacio Fajardo, José Rafael Revenga, Pedro Gual, Juan Germán Roscio, Mariano Montilla, Lino de Clemente y Juan Paz del Castillo, todos y cada uno figuras ejemplares de principalísima acción creativa en el proceso independentista de Venezuela. Además son parte del grupo que ha sido calificado por el investigador Pedro Grases como El Círculo de Filadelfia al cual ha estado vinculado el periodista, editor, dueño del semanario La Aurora, el coronel estadounidense William Duane, apoyo y sostén del ideario independentista de los suramericanos y autor de un famoso libro relativo a sus experiencias por la América de Sur, titulado Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823, impreso en inglés en Filadelfia en 1826 por Thomas H. Palmer. Este factor “de emigrados hispanoamericanos constituía un núcleo importantísimo en los medios sociales, políticos y diplomáticos de la gran ciudad norteamericana”[1]

Eduardo Barry que, es además buen conocedor de los clásicos griegos y latinos domina el inglés, el castellano y el francés y se ha especializado en traducir obras determinantes en algunos aspectos de la sociología política, además de ser Venerable Maestro masón, por ello pone los ojos en un texto interesantísimo, el Espíritu del despotismo que es una obra trascendente que se había escrito y publicado en Londres en 1795 durante la guerra de Inglaterra contra Francia, pero de la cual circularon apenas muy pocos ejemplares, pues se perseguía cruelmente a quien lo leyera o lo poseyera. Posiblemente a mediados de 1820 aparece una nueva edición, también en inglés, en la cual se lee “que llegó el tiempo ya de someterla a la inspección del pueblo británico; pero la necesidad exige que el autor y los motivos que le impidieron su publicación en aquel tiempo queden aun desconocidos… Londres, febrero 3 de 1821”.

Eduardo Barry toma un ejemplar e inmediatamente se dedica a vertirlo al español, mientras sus amigos venezolanos ya han alcanzado el 24 de junio de 1821 la ansiada independencia con el triunfo de las armas de la libertad en el campo de Carabobo, Dedica la traducción en esta forma: “Al Excelentísimo señor Don Simón Bolívar, Presidente de la República de Colombia. “¿Qué mejor protección puede implorar este humilde esfuerzo que la de aquel hombre magnánimo que ha contribuido en tan alto grado a la felicidad de una porción tan considerable de la raza humana?

“Cuando los habitantes de Venezuela, agobiados del peso de la tiranía y opresión, sólo esperaban un caudillo que les guiase a la victoria Vos como un Ángel tutelar aparecisteis y rompisteis las cadenas que forjó el castellano orgulloso. Delante de vuestra espada triunfante huyó el DESPOTISMO, y al fin resplandeció el Sol de la LIBERTAD y esparció sus rayos benéficos por la REPUBLICA DE COLOMBIA.

“¡Guerrero valiente! ¡Conquistador generoso! Completad la gloriosa obra que habéis emprendido, difundid la sabiduría y las luces por el SUELO COLOMBIANO; enseñad a sus ciudadanos que EL HOMBRE nació libre e igual a los ojos de DIOS; entonces cuando se concluya vuestra carrera mortal descenderéis a la tumba, colmado de las bendiciones de TODOS LOS VIRTUOSOS del género humano; pero viviréis eternamente en los corazones de los millones que sacasteis de la opresión y esclavitud; y los padres mostrando a sus hijos el sepulcro donde reposan vuestras cenizas, regándolo con lagrimas de amor y de reconocimiento exclamarán AQUÍ YACE NUESTRO PADRE EL LIBERTADOR DE COLOMBIA, EL RESTAURADOR DE NUESTROS DERECHOS”.

El texto del Espíritu de despotismo es una denuncia sobre la educación, los modales, el aborrecimiento a la independencia y a la libertad. Allí se hace juicios sobre la venalidad de la imprenta, las invectivas usadas contra la filosofía, la razón y la lealtad porque “el espíritu despótico se inclina a desanimar el comercio como opuesto a sus intentos, se despliega en la vida privada y desde allí se apodera de la iglesia y de los militares y es inclinado a aprovecharse de los espías delatores, testigos falsos, conspiraciones supuestas y asociaciones interesadas de patriotismo afectado”. Esto entre muchos otros aspectos que bien justifican por qué el traductor le dedicó a nuestro Libertador este libro famoso en los anales de la lucha contra la tiranía.

Manifiesta Hernández González que “Esa petición que Barry hacía a Bolívar de difundir la sabiduría y las luces por el suelo colombiano, para de esa forma enseñar a sus ciudadanos de que el hombre nació libre e igual ante los ojos de Dios, está plenamente relacionada con el carácter universalista e hispanoamericanista de su propuesta. Difundir los ideales del hombre nuevo, las nuevas concepciones de la ética y la praxis personal están implícitos en su pensamiento. Desde esa perspectiva, los postulados masónicos ocupan un lugar trascendental dentro de ese papel que Barry desarrolla desde Filadelfia.[2]

Ningún biógrafo del Libertador ha estudiado este libro y el impacto que pudo haber causado al Grande Hombre, pero se ha dicho que la primera edición en inglés del año 1795 fue estudiada y analizada por el gran patriota doctor Juan Germán Roscio quien publicara también en Filadelfia su obra consagratoria El triunfo de la Libertad sobre el Despotismo en la confesión de un pecador arrepentido de sus errores políticos y dedicada a desagraviar en esta parte a la religión ofendida con el sistema de la tiranía. Su autor J. G. R., ciudadano de Venezuela en la América del Sur. Filadelfia, en la imprenta Thomas H. Palmer, 1817, 406 p.

Desde el punto de vista de lo intelectual su biógrafo, el historiador canario Manuel Hernández González, expresa en un denso trabajo de investigación que ha dado luces sobre Eduardo Barry que “No tenemos conocimiento de las actividades de Eduardo Barry en los años anteriores a 1822. Pero es a partir de ese año cuando comienza su actividad editora. En ese año publica en castellano cuatro importantes obras cuyo interés esencial es su proyección hacia la América insurgente. Barry es consciente del papel que desempeña un centro cultural y económico de la talla del de Filadelfia como difusor de las nuevas ideas. Apuesta claramente por él. Dos de los trabajos que imprime son obras relacionadas con la masonería.

“Su obra más significativa y que ejemplifica las claves de su pensamiento y su fe en los cambios revolucionarios que estaban aconteciendo en las nuevas repúblicas es su traducción de una obra impresa clandestinamente en Inglaterra. Nos referimos a El espíritu del despotismo, un tratado liberal radical en el que pone la primacía del poder civil, la libertad de imprenta como principio indiscutible del régimen liberal y se desacredita el sistema parlamentario inglés abogando por un activo republicanismo.

“Obra de clara influencia roussoniana, en la que se enjuicia al hombre civilizado como consecuencia directa de su educación, propugna un activo protagonismo de las clases bajas y medias en el parlamento. Se invoca su activa participación en la lucha por el poder, para así obstaculizar la opulencia de los ricos, que por su avaricia y boato cercenan el desarrollo del progreso material de los pueblos y coartan el bienestar que proporciona el comercio. Demuestra el carácter democrático y pactista de un Barry partidario de la profundización de la revolución burguesa, incorporando al proceso político a las clases intermedias y bajas de la sociedad. Encabeza la obra la cita de Erasmo: Las riquezas están acompañadas del lujo, y el lujo termina en el despotismo.[3]

Pero su proyección hacia el mundo suramericano como bien lo asienta Hernández, González no es un azar, ni una mera inquietud pasajera en Eduardo Barry, quien sentía como suya la América hispánica, ni es exclusivamente de carácter político e ideológico esta pasión, pues también tradujo la novela El solitario o el misterioso del monte, del francés Charles Victor Prevot, la cual vierte del inglés en 1821, ya que la obra apareció en francés, idioma de origen del autor. Más apunta su biógrafo lo siguiente:

“Su labor difusora de las nuevas ideas en la América española continuó. Fruto de ello es su traducción al español de la obra de David Ramsay La vida de Jorge Washington comandante en jefe de los ejércitos de los Estados Unidos, en la guerra que estableció su independencia, su primer presidente, impresa en Filadelfia en 1826. Las intenciones de Barry en este sentido son notorias, difundir entre los hispanoamericanos el prototipo más significativo de una concepción del mundo nueva, de una fuente de moralidad de la que emanaba el modelo del guerrero, del político y del ciudadano de una nación nueva que se liberaba de las trabas del colonialismo.

“La exaltación de los valores morales y éticos de la vida republicana norteamericana, considerada como un modelo a imitar por la América española insurgente, es el objetivo de Barry al traducir y al difundir entre los lectores de habla española una obra apologética del más certero exponente de la primera revolución americana triunfante, un personaje cuyo paralelismo con Simón Bolívar es nítido en las intenciones del canario.

“El intento de plasmar y estimular las ideas revolucionarias republicanas de los Estados Unidos en la América española es una idea que se puede apreciar en toda. La obra de Barry. Incluso sus libros sobre la masonería, como más adelante veremos, tratan de servir de cobertura a esos conceptos ideológicos.”[4]

Esta pasión de Barry por la libertad de los pueblos del sur del continente le abre las puertas del mundo consular y diplomático y es así como después del 17 de septiembre de 1822, fecha en la cual los Estado Unidos reconocen la independencia de la República de Colombia, o la Gran Colombia, éste país designa al escritor y político José María Salazar como su Primer Enviado Extraordinario y Plenipotenciario ante la nación del Norte, suceso que tiene lugar el 18 de agosto de 1823, fecha en la cual ya se desempeñaba Eduardo Barry “como agente del Gobierno de Colombia en los Estados de Pensylvania, Delaware y parte occidental de Nueva Jersey, posición que le ratifica Salazar. A este efecto Hernández González apunta lo siguiente “A partir de esas fechas Eduardo Barry desarrolla una activa labor mercantil, ideológica y política encaminada a mejorar las relaciones comerciales entre los Estados Unidos y la Gran Colombia y a consolidar políticamente un país envuelto todavía en una guerra contra su antigua metrópoli. Desde esa perspectiva firma contratos con empresarios norteamericanos para suministrar armamentos a Colombia y desarrolla una labor diplomática conducente al afianzamiento de la causa independentista en Norteamérica. John Hamilton, cónsul de la Gran Colombia en Baltimore, lo calificaría en 1825 como el celoso, el activo e inteligente agente en Filadelfia. Barry le manifestó a su salida de los Estados Unidos sobre el grave problema del contrabando en la Gran Colombia que sabía positivamente que la introducción ilícita se llevaba hasta en grado vergonzoso en muchos puertos de Colombia, y particularmente en Portocabello”.[5]

Por este año de 1823 Barry mantenía su firma comercial en Filadelfia y, por ende, con relaciones de este tipo con la firma Barry &. Co., de La Guaira, una sociedad mercantil de su hermano Juan, que ahora era John M. Barry, con William Thomas. Manifiesta la historiadora venezolana Catalina Banko que aquel Eduardo Barry “cumplía hasta 1825 la función de agente comercial de Colombia en los Estados Unidos y se encargaba de otorgar los certificados correspondientes a todos los que efectuaran negociaciones con la República de Colombia”[6] según la relación de agentes comerciales de Colombia que publicó en Bogotá el 30 de noviembre de 1825 el periódico El Colombiano,[7] pero tenemos entendido, según veremos en otro aporte que aun estaba en esas funciones en 1826, año éste en que su hermano John liquida su negocio en Caracas y se reintegra al seno familiar en Filadelfia, quedándose su socio William Thomas en el puerto litoralense, donde aun estaba en 1828. [8]

Barry cumplió una delicada y fecunda misión al lado del eminente periodista y hombre de ideas muy avanzadas, el representante de Colombia ante el pueblo y gobierno de Estados Unidos, José María Salazar y creemos que aun estaba a su lado y con él en la actividad consular para 1828, pues el Ministro Plenipotenciario, sin hablar de su subalterno, le escribe al Libertador lo siguiente: “He acabado mis Memorias Colombianas y otras bagatelas literarias que tengo listas para la prensa (en las cuales sin hablar mal de nadie, hago honor a quien lo merece) temo que queden en el tintero por falta de fondos. No sucederá así con un folleto que he dado a la imprenta sobre nuestras reformas políticas (en español y en inglés) y que enviaré a usted en la primera ocasión. Le ha sido favorable el juicio de los literatos, mas temo la censura de mis compatriotas”. [9]

Salazar le coloca a esta carta una curiosa posdata: “En dicho folleto he procurado conciliar los extremos con un medio prudente para establecer un gobierno sólido y verdaderamente nacional, libre de pormenores, único arbitrio que me parece practicable en el estado actual de la opinión pública para impedir la Federación de Estados Soberanos”,[10] lo que interpretamos como que para evitar la desmembración de la Gran Colombia.

Hay un detalle de notoria importancia en otra correspondencia del mismo Salazar para el Libertador, fechada a 11 de octubre de 1828, sin que olvidemos que el atentado infame de la oligarquía colombiana y del general Francisco de Paula Santander contra el Padre de la Patria se había sucedido apenas quince días antes, el 25 de septiembre. Leamos: “Sigue por contraste al anterior, un asuntillo desagradable que verá V. E. en el adjunto artículo tomado del Morning Courier de Nueva York, y que se ha repetido en otros diarios. Desde que las prensas de los Estados Unidos, pasando de amigos a hostiles, están insultando a Colombia desde la Florida hasta Maine, me ha parecido que opiniones de formas de gobierno, cargos vagos, y gratuitas aserciones, sin prueba, e inventivas sin moderación y sin decoro, solamente aplaudidas por la maligna propensión del hombre a divertirse con la calumnia de que no es objeto, no merecían otra respuesta qu el desprecio con pocas excepciones.

“Así fue que sólo un artículo que escribí en Washington, con el Doctor Thornton, amigo de Colombia y de V. E. y otro que di en la principal gaceta de Baltimore, constante amiga nuestra, y que estará en esa Secretaría, no he tomado la pena de estar contestando tonterías e insultos groseros, de que así el Presidente como también el Vicepresidente de Colombia, (considerado su antagonista político) han sido alternativamente objetos principales.

“Cuando Adams y Jackson han sido tratados como delincuentes por los más insolentes libelos, cuando los escritores públicos les han reprochado en una especie de guerra a muerte, y de mutua retaliación, acciones que si fueran ciertas, más los harían merecedores de un presidio que de la silla presidencial, ¿qué mucho, he dicho que los Magistrados de Colombia sean tratados del mismo modo?[11]

Pero volvamos a Eduardo Barry, porque esa traducción del ensayo de Salazar tiene relación directa entre ambos personajes. El historiador Hernández González anota que “José María Salazar publicó en 1828 en Filadelfia en castellano sus Observaciones sobre las Reformas Políticas de Colombia. En esta obra de 31 páginas se recogen las opiniones del embajador colombiano sobre la situación política de la Gran Colombia y se aboga por una república federal, en la que sea condición indispensable la integridad del territorio. La idea central de Salazar en esta obra es la de consolidar un sistema político que armonice el vigor y la dignidad del centralismo político y los principios liberales del federalismo, que garantice las libertades de prensa y expresión y que restrinja los poderes del ejército, desterrando el poder autoritario que caracteriza una etapa en la que era necesaria esa unidad para derrotar al enemigo.

“Admiración por las fórmulas liberales, federales y republicanas de los Estados Unidos a los que siempre estima como el único ejemplo a imitar, el único modelo desde el que se debe proyectar los nuevos estados independientes; pero conciente también de las diferencias y de no uniformizar e imitar miméticamente ese modelo en sociedades y ámbitos geográficos netamente diferenciados. Ese propósito plasmado por José María Salazar en su obra destinada a sus compatriotas en un momento decisivo para el porvenir de la frustrada Gran Colombia es el mismo que le lleva simultáneamente a Eduardo Barry al traducir al inglés directamente del manuscrito las observaciones de Salazar. Difundir entre los norteamericanos ese punto de vista sobre los problemas por los que atravesaba la Gran Colombia y las vías políticas que estimaba correctas para solucionarlos con la inspiración de la experiencia federalista y republicana norteamericana fue la motivación de la que bebió la traducción de Barry.

“La completa asunción y compromiso de Barry con los ideales políticos de la Gran Colombia se tradujo en su vida cotidiana en graves problemas personales y económicos. Buena prueba de ello fue el haberse convertido en 1825 en fiador del cónsul colombiano en Baltimore, Juan Gualberto Ortega, por la elevadísima cantidad de 5.000 dólares cuando éste tuvo un incidente con Hilario Rivas y Salmón, encargado de Negocios de España, al que asaltó en una sombrerería. Al huir del país el inculpado, Barry debía de satisfacer ese dinero. Él mismo confiesa que su fianza la efectuó en honor del gobierno al que representa, pues Ortega era un desconocido para mí fuera de su cargo oficial. El sacrificio no fue hecho por lo tanto por amistad sino porque se concibió como una obligación. Ante la imposibilidad de hacer frente el pago de tan elevada suma, Salazar solicita el 1 de mayo de 1826, mediante carta al secretario de Estado, Henry Clay, que se paralice la obligación del pago de tal suma. En ese escrito expone como origen de esta embarazosa situación que su celo por lo que creyó servicio de Colombia lo haya comprometido. Considera convincente la solicitud de Barry por las razones que expresa, su notoria honradez, el empleo que ejerce, la circunstancia de estar ligado con una de las principales familias de Filadelfia y el triste estado de su fortuna. Desconocemos qué respuesta obtuvo Barry, pero el incidente es un certero exponente de las ideas y las penurias por las que atravesaba en esas fechas y que le llevaron años más tarde a abandonar Filadelfia y dejar al parecer de forma definitiva sus empresas comerciales”.[12]

Además, Barry ha venido siendo un difusor de las ideas bolivarianas en los Estado Unidos. Hernández González lo proyecta en este orden, aunque es de notar que como buen canario, nacionalista, no acepta que su biografiado sea de los Estado Unidos y en todo momento lo rescata como paisano y súbdito en el gran archipiélago del Teide. Veamos otra manifestación sobre el asunto:

“Esas fuentes liberales y masónicas contribuyeron a afianzar en Eduardo Barry ese concepto filantrópico y cosmopolita que explica su solidaridad y su militancia en pro de la emancipación de la América española, seducido por lo que de consagración de las nuevas ideas y de victoria de la revolución liberal suponía a los ojos de sus contemporáneos la independencia de la América española frente al yugo colonial español. Es esa atmósfera revolucionaria que Bolívar y los libertadores americanos supieron infundir en liberales como Barry que veían en la América insurgente el portaestandarte de las nuevas ideas frente al absolutismo del Antiguo Régimen que parecía delatar el colonialismo español.

“Dos son las obras que Barry publica en español en Filadelfia referentes a la masonería. Ambas fueron editadas en 1822 en la misma imprenta, la de H. C. Carey e I. Lean. Las dos responden a una misma finalidad, servir de vehículo de difusión de las ideas masónicas en la América española. La primera de ellas, Jachin y Boaz o una llave auténtica para la puerta de Francmasonería tanto antigua como moderna..., la atribuye a un supuesto caballero de la Logia de Jerusalén. La segunda, editada en dos tomos, es una traducción de la obra de Samuel Cole La Librería Masónica, general Ahiman Rezon; conteniendo principios de Francmasonería especulativa y operativa, religiosa y moral. Compilada de los escritos de los autores más aprobados con notas y observaciones casuales.

El propósito de Eduardo Barry al dar a la luz estas obras, como él mismo dice en la portada de Jachin y Boaz, es el de brindar una obra que recopile los postulados de la masonería a través de su historia, calculada no solamente para la instrucción de todo masón nuevamente hecho; pero también para la información de todos los que quisieren entrar en la hermandad. Barry confiesa que la intención que le motiva al abordar esta empresa es el respeto que profesa a la sociedad y al público en general, dándoles la posibilidad de adentrarse en sus secretos una oportunidad de reflexionar bien las ventajas y perjuicios que las obligaciones y juramentos que les ligan.”[13]

Eduardo Barry es pues un patriota, un revolucionario que se abraza a las ideas de un grupo grande de nuestros máximos dirigentes durante los antecedentes, en la guerra de la independencia y en la constitución de la Gran Colombia. Concluyamos con otra manifestación de Hernández González:

“El objetivo de Barry con estas dos obras es fundamentalmente divulgativo. Pretende difundir las ideas masónicas acercándoles el gran público, para desmitificar su leyenda negra que se había desarrollado a partir de la promulgación en 1738 por Clemente XII de la bula In Eminenti que las condenaba. Las ideas masónicas representaban una moral y una filantropía nueva, un instrumento para extenderla en aquellos momentos en el mundo occidental en oposición al absolutismo que de una manera u otra era simbolizado por Fernando VII y la continuidad de la dependencia colonial española.

El contenido didáctico del texto nos muestra el interés primordial de Barry, acercar al mundo hispánico, y en particular a la América española, a las nuevas corrientes de pensamiento, desmitificándolas y haciéndolas comprensibles. Frente al vacío y a la manipulación interesada que ofrece el desconocimiento, Barry toma partido por la pedagogía y por la divulgación para tratar de acercarse a los hispanoamericanos, a los principios masónicos. Era una respuesta al carácter oscuro y demoníaco con que había sido vista la masonería en América española hasta la fecha, un ataque frontal, desde la explicación sencilla y rigurosa de sus principios y finalidades.

“La finalidad didáctica de Barry debe interpretarse en la globalidad de su pensamiento. La difusión de la masonería es un elemento de vital importancia para la penetración de las nuevas ideas liberales en las naciones emergentes de la América española. Contribuye a exportar hacia los nuevos países el mensaje de una revolución atlántica, un elemento fundamental de los nuevos cauces de expresión ideológica y social que estaban en los principios de la Revolución Norteamericana y de los que Barry se convierte en un divulgador.

“Dentro de esa divulgación, destaca la preocupación de Barry por explicar los aspectos simbólicos de la masonería y sus principios básicos, tales como la logia o el templo. De la descripción pormenorizada de todas las insignias y figuras emblemáticas de la masonería desde los dos pilares, nombrados Jachin y Boaz, el primero significando fuerza, y el segundo de establecer en el Señor.

Los numerosos dibujos que ilustran la obra explicitan también esa finalidad. En ella, como en Cabral de Noroña, se plasma la intención del autor, no detenerse en los orígenes míticos y sí abordar su finalidad práctica. Por eso en su primera parte, cuando habla del origen de la masonería, especifica que se dice haber dimanado de un cierto número de personas que formaron una resolución de reedificar el templo de Salomón. Esto aparece de la historia de la orden al tiempo de hacer un masón”. Pero seguidamente afirma que “me inclino a creer que el principal intento del establecimiento es el de enmendar el corazón, informar la mente, y promover las virtudes sociales y morales de la humanidad, decencia y buen orden, lo más posible, en el mundo, y algunos de los emblemas de Francmasones confirman esta opinión, tales como el compás, la regla, el Cuadro, etc.

¿Cuál fue la proyección de la obra de Barry en Hispanoamérica? Es para nosotros una pregunta difícil de responder. La historia de la masonería en la América española, como ha estudiado el profesor Ferrer Benimeli, ha sido claramente instrumentalizada. Los tópicos y las tergiversaciones a menudo nos muestran una notable confusión entre las sociedades secretas cuya finalidad era la independencia nacional, apoyándose únicamente en sus formas externas, y la masonería propiamente dicha. Sólo futuros estudios con más rigor científico podrían ir profundizando en su alcance real.

Nosotros pensamos, y es una hipótesis solamente, expresada exclusivamente por indicios de la vida de Eduardo Barry, que la desazón ante la marcha de los acontecimientos fue un hecho que motivó su retirada de las actividades diplomáticas. Sucesos tan negativos como los anteriormente relatados con la traición del agente consular colombiano de Baltimore tuvieron necesariamente que influir en su definitiva separación de las mismas en torno a 1829-1830. Pensamos a la luz de sus proyectos y de sus realizaciones cómo los mismos no fueron confirmados en la evolución política de la Gran Colombia tras el fracaso del Congreso de Panamá de 1826. El Bolívar en el que puso sus esperanzas de revolución social y cultural en 1822 quizás distaba bastante del que más tarde ejercería el poder en la América triunfante frente al colonialismo español. La postura crítica y restrictiva de Bolívar frente a un régimen liberal democrático o frente a la masonería así lo podrían explicitar. [14]

No podemos soslayar que esto último es un juicio de Hernández González comprometido con su forma de ver ciertos acontecimientos sin observar el trasfondo y la influencia que después ejercieron para bien como en el caso del Congreso Anfitriónico de Panamá y para mal en lo atinente a la separación de Nueva Granada Ecuador y Venezuela. Mas, es satisfactorio haber encontrado a Eduardo Barry como un defensor de la independencia, de la libertad y, ante todo, un amigo estadounidense de Simón Bolívar, el Libertador.

[1] GRASES, Pedro. Obras. Caracas, tomo 3. pp. 281, 444.
[2] HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel. p. 354
[3] HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel Masonería norteamericana y emancipación en Hisponoamérica: la obra del canario Eduardo Barry. En: Anuario de Estudios Atlánticos. Madrid-Las palmas, 1991. No. 37. p. 348
[4] Ídem. pp. 350-351
[5] Ídem. p. 350
[6] BANKO, Catalina. El capital comercial en La Guaira y Caracas (1821-1848). Caracas : Academia Nacional de la Historia. Serie “Fuentes para la historia republicana”, 1990. p. 415
[7] Ídem. p. 353.
[8] Ídem. p. 430.
[9] O´LEARY, Daniel Florenciao. Momorias del General… Caracas : Ministerio de la Defensa, 1981. tomo 9. p. 419
[10] Ídem. p. 421
[11] Ídem. p. 421.
[12] HERNÁNDEZ GONZÁLEZ. Op. Cit. p. 352-353
[13] Ídem. p. 356.
[14] Ídem. pp. 359-360.

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Rafael Ramón Castellanos
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septiembre 25, 2009

DR. HUGO CESAR CABEZAS BRACAMONTE

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GOBERNADOR DEL ESTADO TRUJILLO
TRUJILLO


Apreciado Hugo, camarada y paisano, hermano en la lucha por la trujillanidad y el decoro revolucionario:


Le escribo con la presunción que sabrá poco de mí y si acaso que he sido vetado en los años anteriores por la Dirección de Cultura de ese Estado para los efectos de las ediciones de libros míos, que los hay sobre varios temas del terruño y que podrían ser de utilidad en lecciones de periodismo y de racionalidad, sin más derechos de autor que el orgullo telúrico de servirle a la colectividad..

Le escribo, repito, por varias razones, pero en especial por cuanto el decreto último con respecto a ese progresista maestro de juventudes que tiene por mensaje y nombre Mario Briceño Iragorry, es un gravísimo error político y, conste, apreciado Gobernador, que no tengo vínculo alguno con la familia de tan conspicuo Maestro, porque poco honor le hacen con militancia ultrosa y acciones pitiyanquis. Sin embargo no puede usted dejar a un lado el aporte de este coterraneo a la identidad nacional y a la valoración de lo autóctono en Alegría de la tierra, Mensaje sin destino, Aviso a los navegantes, Diálogo de la soledad y tantos otras manifestaciones revolucionarias, antiimperialistas, cristianas, filosóficas y de humanismo solidario y nacionalista que todo puede verse en los 24 volúmenes publicados hasta ahora de sus Obras Completas. Le cuento que desde 1999, por los lados donde vivo, aquí en Caracas, hemos sostenido Servando García Ponce, Juan Rafael Perdomo y muchos más una campaña tratando de llegar a convencer a los organismos referentes de darle el nombre de Boulevard Mario Briceño Iragorry a lo que no sé porqué razón se denomina Boulevard Raúl Leoni, como si no pesaran todos los desaparecidos, asesinados y encarcelados durante su gobierno.

Me han pedido declaraciones para medios de comunicación oral y escrita sobre el caso; nó sólo me he negado sino que he dicho que algunos de los que han tomado como bandera contra el proceso revolucionario y socialista y contra el Comandante en Jefe y Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, son mecías (palabra que viene de mesada o sueldo de la CIA), anhelantes de un retroceso, de una invasión foránea, de una masacre cuantiosa y a esos, apreciado Gobernador, por un equívoco fácil de rectificar, usted les está tendiendo la mano y les está brindando pendones para el ataque, sencillamente porque parece ser que quiere usted otorgarle una complacencia, que la considero peligrosa, a quien ha inventado nombres de heroínas que no existieron y que, lamentablemente, no podemos presentarlas, como lo desearíamos, para ejemplo y numen de nuestras dignísimas y múltiples camaradas a quienes veo siempre en las noticias, apoyándolo y con ello apuntalando esta acción socialista de interpretación bolivariana y de destino solar que nos ampara.

Para ahorrarle indagaciones le manifiesto que soy campesino de El Blanco, en Santa Ana de Trujillo, que hice bachillerato en Trujillo y en Boconó, donde tuve de amigos y compañeros entre los cuales Fabricio Ojeda; que he sido funcionario en el área educativa, en el ámbito editorial y en el cuerpo diplomático durante años, que en el lapso 1979-1983 tuve el honor de ser Director de Publicaciones de la Presidencia de la República, al lado de mi amigo y sencillo representante de la justicia social, Luis Herrera Campins; que en 1993-1994 hice lo mismo al lado del Presidente Ramón J. Velásquez y que en este último año publiqué el libro Los fantasmas vivientes de Miraflores, donde planteaba la posibilidad de Hugo Chávez Frías como el gran líder revolucionario del futuro, y que, además, pregono el leiv motiv de la revolución con obra realizada, con bibliografía positiva, con luz de la didáctica y el aprendizaje. Le pongo en antecedentes para que no le suceda lo que le han planteado en cuanto a Mario Briceño Iragorry, remitiéndolo a que fue Director de Política del gomecismo en 1927, pero olvidándose del Maestro de la docencia revolucionaria desde el modernismo hasta su muerte en aras de la libertad, de la soberanía y de la autodeterminación de los pueblos.

Este mensaje es muy personal, pero su difusión la creo necesaria y conveniente, pues jamás le he tenido temor a los arúspices, agoreros y mitómanos, que en sus cercanías revolotean unos que otros.

Reciba, apreciado camarada Hugo, mi palabra de condolencia por la desaparición inesperada e ilógica de Luis, dinámico bolivariano y revolucionariamente Alcaldes boconés.
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Rafael Ramón Castellanos

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Cuycas Periodismo regional. Trujillo, septiembre, 2009. Nº 5, p. 5

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LAS MUDANZAS Y LA GENTE DEL PUEBLO

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Siempre me ha intrigado la cantidad de sitios dentro y en las cercanías del pueblo, en donde habité bajo la rígida y provechosa disciplina de mis padres y en compañía de ellos, mis hermanos y mis hermanas, a veces mi tía Eugenia, o Leopoldina Viloria, una prima de mamá, y Ángela primero y, luego, Juana, las dos muchachas que ella formó y que luego, casaderas, nos dejaron aferrados al llanto a raíz de esas ausencias. ¿Por qué nos mudábamos tan frecuentemente si otras familias no?, pues recorro la geografía espiritual de la región y encuentro que don Eugenio Montilla siempre vivió con familia y pulpería en El Alto de Esticayí y después, quizás por 1948 –ya yo estaba por Boconó- se trasladó a la casa grande de la entrada hacia El Alto de Las Bruscas y El Valle Abajo frente a la de don Domingo Montilla que, además, albergaba en la parte de atrás, como en otra vivienda a la familia Olmos que por cosas del destino estuvo distanciada de la mía, pues en los mismos días en que yo nací allá en El Blanco, venía al mundo en este hogar una niña a la cual bautizaron Isabel, cuyo papá no era otro que el mío; don Rodulfo Andrade al costado del sitio anterior, hasta su muerte y su casa de familia, la de mi madrina doña Georgina Altuve de Andrade, por allí mismo, quien en 1944 se mudó para una vieja mansión de dos pisos en una parte, donde había muerto súbitamente la maestra carachera doña Romelia Aponte de Pacheco, entre la Casa de Corredor y la Iglesia.

Siempre en todos los tiempos tuvieron la misma residencia, don Emilio Pacheco, su esposa doña Juliana y su hijo Nicolás, pues Matilde se casó con don Octaviano Barreto, quien puso casa aparte; lo mismo Melecio Pacheco y sus hijas Zoila y Angélica, que después ésta casó con Benito Briceño; que por ahí está la descendencia, Miriam en especial, también educadora, dinámica facilitadora social y cronista del pueblo con ética y moral; la de doña Clarisa de Andrade con la compañía de la señora Olimpia y sus hijos, en especial José Felipe, también ejemplo en la didáctica y en la pedagogía y, en esta misma casa Braulio Andrade y sus hijos Ernesto y Braulio; desaparecida doña Clarisa, años después la ocupó Ramón Vale, de los Vale de doña Elba González, la cual ocupó vivienda al lado de la de doña Blanca Cooz, aunque sus hijos Juan Antonio, Cesar y Celia hicieron casa aparte, en especial la dama que casó con Emigdio Perdomo y habitó la misma vivienda hasta sus días finales; la de José Miguel Cortés y Teresa Villegas su consorte, que allí se le incendió la cunita a la niña Ligia, de apenas meses de nacida y sobrevivió gracias al Ser Supremo y a Efigenio Castellanos Pérez, mi padre. Lo mismo la de doña Fidelia Castillo de Artigas, la de Ño Pedrón, que así llamaban a don Pedro Torres y sus hijas, amigas y compañeras de mamá auxiliándole en el lavado y planchado de la ropa; la de don Rufino Sequera y su esposa, mi tía abuela Isabel Pérez González; la de don Wenceslao Cortés Angarita y su consorte mi también tía abuela Victoria Pérez González; también la de Baldomero Pérez y su compañera Eulalia Materán, con sus hijos, Simplicio Antonio, Petra, Andrés, Ramón y Baldomerito, ya hablaré de esta insigne mujer.


Así, sucesivamente, la de Pablo Antonio Andrade, don Elías Sánchez, Rafael Sánchez Pacheco, Juan Pablito Vásquez, Débora o Dionisia Andrade que crió a José Ángel, a quien recuerdo nervioso, hiperquinético, cazador de conejos en el cementerio viejo; la de Tonino Sánchez, Luciano Caldera, Rita Villegas y Eloisa Caldera en la vía de El Limón, Pedrito Sánchez, Ceferina Andrade, Victoriano Pacheco, Francisquita Montilla, que su hijo adoptivo, Gonzalito casó con Ramona Valbuena, la cual enviudó pronto y tiempo, después formó hogar con el artista y maestro Ulises Ferrini por la calle Páez frente a la casa actual de mi prima hermana Espíritu Sánchez, viuda de Godoy. Ramona era hermana de Teófilo Valbuena, a quien siempre le colaboramos, pobremente, en su ceguera total y en sus angustias de ermitaño; la de Antonio Artigas que bajó de El Vitoró, al lado del cementerio de los pomarrosales y se ubicó enfrente del cuarto de Juan Ramón Briceño; en su casa que fue vecina de una de las que ocuparíamos los Castellanos Villegas, falleció una mujer joven, negra preciosa y afanosa que un mal día amaneció en un alarido que nos trastornó a todos, pues así padeció durante meses hasta que se alivió con la muerte; al frente un cuarto de estudio, porque era realmente estudioso, de Juan Ramón Briceño Paredes; y de allí hacia el norte ni una casa sino gruesos tapiales que llegaban casi hasta el patio de la vivienda de Ceferina; abundaban en este sitio los conejos de monte, las perdices los jumíes, impasibles pájaros negros, y los cardenalitos, pues que el cableado de la luz eléctrica y del telégrafo era escenario de cientos de golondrinas. La de los Mazzey, que fue morada de Juana Antonia Paredes de Castellanos, viuda que era de tío abuelo José Antonio Castellanos Perdomo, con sus hijas Ana Jacinta, Ramona y Consuelo.

Al frente de la de mis primas la de don Francisco Capozzoli y su esposa doña Amelia Vale González; la que tenía alquilada Ramón Godoy Castillo, en donde murió de parto primerizo su esposa Socorro Montilla, esbelta, larga y bella, muy parecida a una vecina que casaría con Pablo Antonio Andrade y que bien pronto también moriría de igual motivo, la Casa Verde de doña Victoria Villegas Pacheco de Sánchez Pacheco, la del catire Emiliano Sánchez, la de tienda de don Miguel Tálamo regentada por don Pablo Azuaje, la de Victor Muñoz al frente, calle por medio del negocio de don Fernando Toro y por la calle de atrás, donde se mira hacia El Hato desde los solares, la de Margarita Villegas, José Rafael Villegas, Elbano Caldera, la pulpería de Eustasio Gudiño, pariente mío por parte de madre; la de Ricardo Gudiño; en la esquina a El Limón, diagonal a los gruesos tapiales de un solar grande de los Sánchez y al pie del cafetal de Susana, la madre de Víctor Pacheco, siempre silencioso y paciente y después maestro de escuela de labor constante; en la otra calle de atrás, con vista a Escun y El Páramo, la de Modesto Villegas y Mariana; cuesta abajo la de Lorenzo Sánchez Pacheco. De la de Margarita Villegas hacia El Albañal, la de Ramón Godoy con sembradíos conucales; un poco más arriba la de Santos Castillo a quien le decían Santos Cayeto, fabricante de empanadas inmejorables.

También siempre fue la misma residencia la de don Faustino Flores y su esposa doña Blanca Cooz, la de doña María José de Godoy, la cual era un Ateneo florido con hijas e hijos artistas del pincel y de la música; la del señor Quevedo, casado con Isaura Villegas, en donde después vivió don Carlos Queremel, coriano, músico y telegrafista, la de las Castillo, con Diega, Isabel y Agapito, así como Josefina Sequera, a la cual criaron y de quien nació un hermano mío de nombre Francisco Sequera -Chico Malo- entre enconos, disparos, refriegas y un carcelazo para el intruso Efigenio Castellanos Pérez; la del citado Tálamo y doña Fabriciana Pacheco, su esposa; la de la señora María Antonia Valderrama, viuda de Castellanos; por cierto que al pie del solar, de estos últimos, en la calle Páez, las residencias de Eustasio Rodríguez, Adela Rodríguez y la prosapia de otro familiar por parte de mamá al que más que por su patronímico conoceremos como Juan Rico, la de los Tálamo Santander; la de don Domingo Ferrini y familia, la de las hermanas Santander, hacendosas y de sensibilidad artística también; así como Francisco, hermano de ellas, quien tenía casa aparte por El Limón; ellas criaron a Crisanta Materáno; que allí tuvo a su niño Emiro, hijo de un hito de amor con el maestro Enrique Canelón Cestari; la de don Fernando Toro Sánchez y doña Crisanta; la de don Miguel Gudiño, indio puro e inmaculado y de su esposa doña Narcisana Villegas, con varias hijas, y entre ellas Santos, camarada en la escuela, y un único varón, Miguel Enrique; la de las Fernández al frente, cuyos nombres eran Hilda, Reginita y un nombre que se me escapa; las que no sé porqué llamaban Las Taparitas que criaron a José Hilario García, poeta locuaz y malabarista; la de doña Regina de Cooz, casa de familia y de pensión, de fonda y de jolgorios navideños; la de Ramón Pérez y familia, la de Juan María Villegas y la señora Pastora con la familia, la de Bernardo Acevedo, el peluquero, la de las Rodríguez, quienes criaron a Antonio Ramón Paredes; las casas grandes de mi abuelo materno, que en apresurada partición se perdieron, situadas una al lado de la de los Gudiño y la otra, frente a las Rodríguez; la de don Francisco Cestari, la de Guillermo Vásquez, su venta de carne, con sus hijos Juan, el guitarrista y Vale Toño, don Félix Segovia, su esposa e hijos que una de las hembras María Balbina fué compañerita en la escuela.

Al frente una casa de pocos metros de frente, pero alargada hacia el fondo donde las fiestas patronales del mes de julio era ocupada por sus dueños, así lo suponíamos, y ello causaba protesta virulenta del cura párroco Bertolomé Ocanto, de las familias de los alrededores y hasta de la misma policía, pues llegaban las señoritas complacientes que aunque de allí mismo, vivían en Trujillo o en Valera ¡Qué de altercados! Y los contusos y los heridos los atendía Efigenio Castellanos Pérez, a 30 metros, pues ya tenía botica y el Dispensario en la esquina diagonal a la Casa de Corredor, donde antes instalaban una buena tienda, entre junio y agosto, Santiago y Lorenzo Artigas Castellanos, primos hermanos de mi padre y prósperos comerciantes en la ciudad de Valera; la de los Villegas, nueve hermanos entre mujeres y varones y la de doña Victoria González de Pérez, mi bisabuela y algunos de sus hijos e hijas; teniendo en la esquina, separado de la casa grande por una gruesa pared y una puerta “condenada” las habitaciones mi tío abuelo Benjamín Pérez González, viejo capitán de nuestro ejército; más hacia el sur, la vieja Casa de la Cárcel, Jefatura Civil y callejón por medio las hermanas Paredes, al frente la familia de Ana Dília Vásquez y a un lado de la de estas, la de Rafael Vergara y su familia.

Atrás de la iglesia, hacia el fondo de La Joya un inmenso caserón escondido entre árboles y camburales, donde habitaba el padre Bartolomé Ocanto, quien también disponía de la Casa Cural que, según los entendidos, le disputaba a la casa de los Perdomo, descendientes de un prócer civil de la independencia, Matías Perdomo, el privilegio de haber sido el hospedaje tanto del Libertador como del general Pablo Morillo aquel 27 de noviembre de 1820; en esta vivienda murió hace poco tiempo la pariente Julia Perdomo de Montilla. En la calle de más al fondo, entre la iglesia y un callejón hacia El Tanque, la casa de una señora a la que llamaban La Chonga, más a la izquierda la que después fue de Modesto Castellanos, mi primo, viejo, achacoso y un poco “extraño” y, metida entre el monte y un cerrito la de la señora Leal, con sus hijos Nicolás, del cual hablo en otra parte, a quien llamaban El Moreno, otro que se fue para la Marina, nominado El Mozo, el cual murió en un navío de guerra y Justiniano, El Chiche, que casó con Victoria Segovia. Por el lado de la calle Sucre, al pie del solar de éste la de Ramón Lameda, la de otra partera a quien Pedro y yo llamábamos Mama Angustias, quien era abuela de uno de mis compañeros de travesuras Juan Estrada; más abajo la de las Valera: la niña Olimpia, la niña Fidelia y Mano Goyo, que quizás nunca supimos que de pila su nombre era José Gregorio Valera. Hacia la iglesia la de Rosita Pineda que crió junto con sus hijas a Omar Pineda después extraordinario periodista y Rosalía Pineda, a José, Manuel y Fermín, hijos de Sinforiano Cáceres, quien había enviudado de una hija de la matrona de la casa, la cual vivía con sus otras hijas Ana Cristina, Carmen y Josefa, cerquita, solar por medio, la de don Ramón Segovia y Dídima Montilla, su esposa, la cual murió de parto creo que en 1943 y ahí está el niño de entonces, “el compadre Jonás Segovia Montilla” como dice mi hermano Jonás José Castellanos Villegas, casa que ocuparía después Carmen Antonia Segovia Montilla; la de la familia Terán que cuánto recuerdo a Adelis y su lealtad; la de Isabel Sequera Castillo, con sus hijos Servando y Antonio, casada ya con un fotógrafo ambulante de apellido Vetencourt, quien pasaba la vida de pueblo en pueblo, siempre visitante durante los días de las fiestas patronales; luego la de don Antonio Antequera, esposa e hijos e hijas y entre estas, Inés, una de mis compañeras en la escuela y el varón y al que conocíamos como Antequerita, el Toñeco. La de don Máximo Vásquez y más tarde, colindante, la de mi padrino Rafael Perdomo y su consorte, mi madrina Soledad Andrade Altuve -Solita entre los más íntimos-.

Sería larga la mención de todas estas viviendas en mi época de niño porque la geografía espiritual si no se cultiva tiene zonas que se van achicando y se hace poderoso el olvido, mas continuemos: en la calle Páez, la de Merceditas Cooz y su ejemplo fundamental en los hijos José Jesús, Alejandro y Rosaura; la de Agapito Terán y su esposa Carlina Perdomo, quienes dieron entre su progenie a dos insignes médicos Juan Bautista y Antonio Terán Perdomo; la de Juan Briceño, que más lo conocíamos como Juan Ciénaga, pues venía de este sitio en los alrededores de La Becerrera y sus hijos Roseliano, Edelmira, Angélica, Elide e Isidra, quienes después harían familia aparte, especialmente el varón con su matrimonio con doña Josefina Andrade y la última de las damas, sacrificada mujer de mil méritos, casada con un primo hermano de papá, Segundo Castellanos Saavedra, tan lleno de irresponsabilidad familiar; la de las Santiago, especialmente Julia, a la que tanto quise porque sabía estimularme en mis largos cuentos de lo mítico maravilloso; pero volvamos a la Calle Arriba, que de la casa de Corredor hacia el sur así la distinguíamos pues era la Calle Abajo, la que terminaba en la casa de Ceferina Andrade, donde comenzaba El Vitoró; esta Calle Arriba llegaba hasta la vivienda y tienda de don Hilario Sequera, ya que aquí comenzaba Santa Rita.

En esta Calle Arriba, que era la calle Bolívar, citemos las viviendas del señor Amador Godoy; la del señor Juez, don José Manuel Barreto, y sus hijas Ramona y Daría, ésta casada con el súbdito italiano don Víctor Siervo, pero también ésta era la residencia de Tito González y su familia, a veces, así como de Marcos Ortiz que casado luego con Griselda Andrade Altuve hizo hogar en la casa de El Limón, y son los padres de Chemaría Ortiz, a quien le gustaba que lo llamaran El Chaco, que así molestaba a sus tías, especialmente a doña Josefina Andrade Altuve de Delgado.

En medio de estas dos viviendas estaba un patio con rosas, pensamientos, hortensias y tu y yo, que llamaba la atención y al fondo la morada de doña Toña Román de Flores y entre sus descendientes Chela que casaría con Antonio Álvarez un personaje que llegó al pueblo como Jefe Civil en ¿1946?; también Alba Marina, pero en especial allí vivía una dinámica facilitadora de actividades culturales que hacía veladas, que organizaba sesiones de teatro, canto, manualidades, cestería, cerámica, clases de pintura y dibujo y tantas cosas más: era Victoriana Flores, esposa del señor Quintilio Román y familia también de la niña Lucía Flores quien era la Directora de la Escuela de Corte y Costura junto con Conchita Tálamo, Subdirectora; muy cerca la de doña Adelaida Matheus y su hijo José Jesús, quien sería un eximio educador, sitial donde después vivió Tomás Barreto y su esposa y pared de por medio una casa que le construyó Demetrio Villegas a Imelda, de la cual hablamos en otro lugar, pero este personaje y ella, ya con prole, se fueron del pueblo, entonces la ocupó el telegrafista Valera Ochoteco.

La del coronel Benjamín Marín y su familia, la del señor Juan Villegas Angarita, la de las señoritas Julia, Josefa y Conchita María Domínguez; la de Parmenia Villegas, pariente por parte de mi madre con su hijo Julio Luis Andrade, al cual reencontraría en Caracas en 1954 al lado de Elio Villegas y entrambos en actividades fílmicas con Bolívar Films; por cierto que en esta casa vivió mi padrino Rito Briceño, quien como digo en otra parte murió de extraña enfermedad, de la cual fallecieron después, ya que la vivienda la ocupó mi tío abuelo Luis Felipe Pérez González, dos o tres de sus lindas hijas; la de Juan María Santiago, viejo juez, con su familia, especialmente don Pedro León; en la esquina, calle por medio de la de Ramón Colmenares, que después ocuparía Manuel Graterol, la de mi tía abuela Isabel, la cual era madre de Otoniel, ejemplo de buen comportamiento ¿Sería verdad que este primo era hermano por parte de padre de don Pedro León Santiago?; por los lados de El Tanque la de Jacinto Benítez, con negocio que antes fuera de Sebastián Villegas Marín; la de una elegante señora solitaria, cuyo hijo se había marchado hacía Caracas, la cual no se porqué la llamábamos La Malacantana; la de José Dolores Quevedo y otras viviendas más de cuyos moradores he perdido la remembranza, la de Nicanor Fernández casado con una hermana natural de mi madre, Dolores Aldana.

Al lado de la Casa Cural o Casa Parroquial, la vivienda del maestro carpintero Rafael María Castellanos Perdomo y de Carolina Pérez González de Castellanos, mi abuelo y mi abuela paternos; vieja casa que ocupara el bisabuelo Saturnino Castellanos de La Torre y que perteneció a los Castellanos hasta el año 2000; más allá la de las Santiago y en las cercanías la del también maestro carpintero Pedro Aldana, a quien ví una tristísima mañana de mayo salir del pueblo amarrado junto a todos los de su hogar, uno detrás del otro y, así, sucesivamente, entre policías y guardias nacionales, y con ellos Pedrito, mi compañero de escuela, a quienes a pie se los llevaron para Trujillo desde donde, dicen, los sumaron a la caravana de enfermos que llevaban para la isla de Providencia, en el lago de Maracaibo; poco más adelante estaba la casa del señor Pedro Ocanto, quien llegado de su escondite en las montañas de La Pica y El Pie, en un arrebato de locura, pues se le perseguía supuestamente por ser lazarino, apuñaleó a la esposa, la cual murió en el acto. Creo que esto fue en enero de 1940; callejón de por medio la casa de Aquilino, compañero en la escuela alguna vez, repartidor de la correspondencia que llegaba a la Estafeta de Correos y de cuya familia no tengo otros recuerdos; ya aquí la calle tenía y tiene al frente el alto muro de la Plaza Armisticio. A 50 metros hacia el sur, que es la vía hacia El Pozo, El Llanito y Los Guamos se unen las calles Bolívar, Sucre y Morillo que así está en la nomenclatura la de El Tanque.

Por el otro costado de la calle, al lado de la del señor Amador Godoy, la de mi tío abuelo Alfonso Pérez González, siempre llorando la muerte de su esposa, casa que después fue la de mi padrino Guillermo Andrade y de doña Nice, la esposa, de la cepa de los Villegas Román cuya familia vivía más hacia la Casa de Corredor y de los cuales recuerdo a Luis que una vez llegó para la navidad, uniformado, pues ya era subteniente de nuestro Ejército; su gorra con escudo y ribetes dorados me la puso Teresita, una hermana de él, pero, por sobre todo vuela mi memoria a una tragedia que mi hermano Pedro y yo la vivimos en la alborada dominguera después de haber asistido a la misa, pues junto a la iglesia jugaban béisbol y el primer altercado sucedió en la almohadilla de primera base que la cubría mi compañero de aula Fernando Toro Sánchez, pues al batear Nino Artigas corrió sin éxito para embasarse y cómo resultó ao (out) tomó dicha almohadilla, que era un ladrillo, y golpeó en la espalda al contrario, mas con la intervención de Juvenal, el sacristán, se solventó el asunto; sin embargo más tarde cuando bateaba Juan Vicente Ocanto se le escapó el madero y golpeó en el pecho a Benjamin Villegas, quien cayó al suelo, pero se recuperó inmediatamente. Pasaron los días y al amanecer del lunes, siguiente a la inauguración de una exposición de manualidades en la Escuela Federal Graduada “27 de noviembre de 1820” alguien buscaba a papá, de urgencia, porque “Benjamincito no puede respirar”; fueron inútiles los desesperados esfuerzos del práctico médico chamarrero y de toda la familia, pues el joven amigo moriría antes de caer la tarde. Soportó dolores y penalidades sin decir nada hasta cuando ya no resistió más.

Al lado de la morada de mi padrino Guillermo puso un negocio de vida efímera Ramón Ocanto, quien a raíz del suceso trágico que ya narré, se quitó este apellido y simplemente comenzó a hacerse llamar Ramón Méndez; pronto este lugar fue ocupado por un comerciante corpulento, áspero, fuerte y rudo llamado Bonifacio Vásquez, compadre de papá, casado con Mariíta Castellanos Saavedra, mi prima segunda; la casa contigua era la doña Filomena Sequera, casada con Justiniano Paredes, personaje que se había marchado del pueblo y la dejó con dos hijas a las que muy bien supo criar, Carmen que casaría con Ezequiel Andrade y Dulce María que sería la esposa de Demetrio Azuaje.

Seguidamente la casa grande de Fernando Castellanos Perdomo, hermano de mi abuelo, casado con doña Carmelita Saavedra y quienes vivieron a la espera del regreso del hijo mayor, Benigno, el cual un día cualquiera se ausentó sin dejar huella; mas en la subida hacia Santa Rita la casa de aquel viejo de barbas blancas, alto, ojos azules y gran jugador de bolos, del cual nada más recuerdo y enseguida la vivienda de Rita Terán, con varios hijos e hijas, a los que bien formó labor de afanosa hacedora de aliados, especialista en materia prima para el mondongo dominguero, en aderezar vísceras de res y en hacer exquisitas morcillas; por allí mismo, la vivienda de alguien a quien conocimos como Eusebión, del cual se tejían historias de su valor, de sus venganzas y de su arriesgado temperamento y entre muchas otras casas más hacia la ruta a Trujillo la de Chico Sánchez, su pulpería y su familia; de aquí en adelante el camino hacia La Plazuela, con una vivienda en El Pozo, que pertenecía a otra mujer trabajadora la cual ya cité, María Pragedes; del Llanito de las Mujeres sólo evoco la fracasada curtiembre de Justiniano Paredes y años después la casa y el negocio de Salvador Artigas.

Casas de los aledaños, casas campestres sobre la majestad limítrofe del pueblo, más allá de las últimas del callejón de El Peladero, llegando a la quebrada la de Ceferino Vitorá, al cual me unió el cariño de siempre, de uno de sus hijos, el valiente, peligroso, rápido y calculador José Vitorá, a quien siempre le aplicamos el mote de Estoraque y quien, para mal y para bien, tuvo una agitada vida entre cárceles –hasta la de El Dorado- y lances personales. Otra amenísima casa de campo, la de Efraín Andrade, en San Pablo, zanjón hacia El Hato, donde había flores, conuco, muchas matas de guaje y berros en las orillas de la cristalina corriente; otra, la del pariente Ramón Pacheco, entre La Arenita y El Blanco, que un poquito más abajo construyó vivienda Santos Pacheco cuando casó con Esther Caldera; la casa escondida entre maizales y cujíes de Ramón Táchira, hacia El Cujizal; la de Patricio Villegas, de memoria extraviada el pobre pariente, allá abajo en El Zarzal o El Espinero, de la vivienda de mama Rita Villegas hacia el Cangilón de La Joya; así como la de Pragedes, en El Pozo, de la cual, en la sabana que seguía al patio, basamentó un campo de beisbol, Omar Fonseca, con un hermano de Josefina Blanco, quien tenía vivienda frente a la de don Victorio Infante, que Omar lo había criado donde Epifanio González, peluquero, agricultor y rezandero, mientras que su hermano, Pablo González, el trabuquero de las fiestas patronales residía en la vecindad de mi abuelo Rafael María Castellanos Perdomo y, por último, aunque se me han perdido en la memoria muchos nombres y muchos sitios, la de Arturo Morales, casado con una hermana de Vicente, Concho y Pancho Ferrini, que unos tenían vivienda frente a las Castillo y las Tálamo y él último por el lado de la Cruz de Mayo, en la calle de atrás, al pie del solar de doña Victoria de Sánchez Pacheco; por esos límites de El Pozo con la vieja Caja de Agua también vivía Jesús Salvador González Ferrini hacia El Quemao, que por esta Caracas anda y labora su hijo, Rafael Antonio Montilla, con quien recuerdo siempre a su tío Ulises, filósofo, poeta y loco y a sus tías María Ángela y Diocasta.

Pero si el objetivo era hablar de cómo los Castellanos Villegas nos mudábamos con frecuencia, ahora resulta que he elaborado una especie de censo de población y de urbanismo, en donde, por cierto, ya me han dicho los lectores íntimos, que soy incongruente, pues a unos los cito con el aditivo don, doña o señor y a los más, simplemente, por sus nombres, pero confieso que así aprendí a mencionarlos y a fuerza de costumbre, así los refiero ahora.

No tengo idea de la casa de El Blanco, donde nací, sino cuando ya niño de cuatro años, llegaba mi madre hasta el sitio y daba infinitas gracias a Dios por haber nacido allí yo, después de varios abortos; y gracias daba también a las Andrade y a mi tía Eugenia, y “al compadre Aparicio” y al pariente Ramón Pacheco y “al compadre Rodulfito”. ¡Cuántas veces la vi llorar allí, arrodillarse y besar el piso de la vieja casa! Tampoco tengo pensamiento alguno que me acerque a la siguiente vivienda que ocupamos más tarde al lado de la casa de las Andrade, donde después vivió don Eugenio Montilla al bajar desde El Alto. Igual me acontece con el sitio de El Hato, donde el 26 de noviembre de 1932 nació mi hermano Pedro. Ahora ya penetro a la razón de los recuerdos firmes: la casa frente a la de La Arenita, un poco más abajo, en la esquina diagonal al cementerio. Allí quizás vivimos algo más de un año y allí nacieron Dora y Gloría, las gemelas, el 7 de octubre de 1934.

Como bajando de la cima porque El Alto es una cima, pasamos a vivir en la casa frente al botalón, al ambiente de la caballeriza de las mulas de los Sánchez, en la punta de La Vereda, frente al declive hacia el sitio de protección de la mula de Pablo Antonio Andrade y frente al cuarto de tienda de la casa de los Sánchez. Año y seis meses allí y en 1937, otra vez bajamos para ocupar la casa del recodo, al lado de la de Ceferina Andrade, donde vino a la vida Jonás José el 19 de junio de 1937, vivimos hasta que surgió un inconveniente cuando el doctor Antonio Sánchez Pacheco asumió la defensa de un sujeto de nombre Lucas Lugo, o Terán, o Montilla, quien al asalta la vivienda campestre, cerca de El Llanito de las Mujeres, apuñaló por doce veces a mi tía Ana Rafaela Castellanos de Osechas, cuyo esposo Francisco, Pancho Osechas era el guardalíneas del telégrafo y estaba ausente; entonces papá resolvió distanciarse de los Sánchez.

Ahora nos tocó mudarnos al otro extremo, allá al final de la calle Páez, a un lugar de mucha paz, tranquilidad, sociego y soledad, la casa de El Peladero, con buen solar y pisos de cemento -qué suerte- que habían desocupado el profesor Antonio Cortés Pérez y su esposa, Aura Canelón Cestari, quienes se marchaban del pueblo. Buena vecindad como a cien metros la vivienda de Eduvigis y su familia y hacia la quebrada, la de Ceferino Vitorá. Allí nació el 26 de agosto de 1939 el penúltimo de la familia, Arturo Luis.

En 1942 -y eso sí que lo tengo bien claro- porque en la escuela hubo tareas especiales por el centenario del traslado de los restos del Libertador a Caracas- pasamos a vivir en la casa que había desocupado Ramón Pérez, quien con su familia se había marchado del pueblo; ahora teníamos de vecina a doña Regine Cooz a la derecha, pues a la izquierda estaba una edificación abandonada, propiedad de mamá; en esta vivienda vino al mundo el 30 de noviembre de 1942 Liria Lourdes, es eslabón final de la génesis Castellanos Villegas. Dos años después nos fuimos a la casa que ocupara don Octaviano Barreto, frente a la de don Pedro Briceño y su esposa Josefa Paredes, de aquí la familia Castellanos Villegas tomó rumbo hacia Boconó en la búsqueda de educación para todos. ¡Cuánta tristeza! Al dejar la patria chica, definitivamente, aunque papá estaría año y medio más en el pueblo, del cual, al igual que mi madre y yo, jamás nos separamos nunca.
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Rafael Ramón Castellanos
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Cuycas Peridismo regional. Trujillo, septiembre, 2009. Nº 5. p. 10
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